diumenge, 30 de gener de 2011

Poema de la culpa

Yo la amé, y era de otro, que también la quería.
Perdónala Señor, porque la culpa es mía.
Después de haber besado sus cabellos de trigo,
nada importa la culpa, pues no importa el castigo.

Fue un pecado quererla, Señor, y sin embargo
mis labios están dulces por ese amor amargo.
Ella fue como un agua callada que corría ...
Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.

Perdónala Señor, tu que le diste a ella
su frescura de lluvia y su esplendor de estrella.
Su alma era transparente como un vaso vacío:
Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío.


Pero, ¿cómo no amarla, si tu hiciste que fuera
turbadora y fragante como la primavera?
¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
sobre la yerba seca y ávida del estío?

Traté de rechazarla, Señor, inútilmente,
como un surco que intenta rechazar la simiente.
Era de otro. Era de otro que no la merecía,
y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía.

Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño:
Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
Y ella me dio su amor como se da una rosa
como quien lo da todo, dando tan poca cosa...

Una embriaguez extraña nos venció poco a poco:
Ella no fue culpable, Señor ... ni yo tampoco!

La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
y me diste los ojos para mirarla a ella.
Sí, nuestra culpa es tuya; sí, es una culpa amar,
sí, es culpa de un río cuando corre hacia el mar.

Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara,
que sería pecado mayor si no la amara.

Y por eso, perdóname Señor, porque es tan bella,
que Tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella,
Tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
Tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre!
José Ángel Buesa.



La vida es bella

El otro y yo

Cuando el otro no acaba su trabajo, digo que es perezoso.sol.jpg
Cuando yo, no acabo mi trabajo, es que estoy demasiado ocupado.
Cuando el otro habla de álguien, es maledicencia.
Cuando lo hago yo, es crítica constructiva.
Cuando el otro defiende su punto de vista, es un tozudo.
Cuando yo defiendo mi punto de vista, tengo firmeza.
Cuando el otro no me habla, es una afrenta.
Cuando yo no le hablo, es un simple olvido.
Cuando el otro necesita mucho tiempo para hacer cualquier cosa, es lento.
Cuando yo necesito mucho tiempo para hacer cualquier cosa, soy cuidadoso.
Cuando el otro es amable, algo está tramando.
Cuando yo soy amable, soy maravilloso.
atardecer.jpgCuando el otro ve los dos aspectos de una cuestión, es oportunista.
Cuando yo veo los dos aspectos de una cuestión, soy inteligente.
Cuando el otro es rápido haciendo cualquier cosa, es negligente.
Cuando yo soy rápido haciendo cualquier cosa, soy hábil.
Cuando el otro defiende sus derechos, es un egoista.
Cuando yo defiendo mis derechos, demuestro tener carácter.
Cuando el otro hace cualquier cosa sin que se le pida, es un entrometido.
Cuando yo hago cualquier cosa sin que se me pida, tengo iniciativa.
Pues sí que es extraño…

A mi madre le decian loca

A mi Madre le decían loca, pero no era loca, era profesora.
Hablaba diferente. Decía: "Los ojos sirven para escuchar".

Yo tenía diez años de edad. Un niño no comprende el lenguaje vertical y pensaba que quizá mi madre era loca. Cierta vez me armé de valor y le pregunté: ¿Con qué miramos? Mi madre me respondió: "Con el corazón".

Cuando mi madre se levantaba de buen humor cantaba: "Hoy me he puesto mi vestido de veinte años". Yo sabía que no tenía veinte años y la miraba,nada más. ¿Qué puede hacer un niño, sino escuchar?

Si mi madre estaba triste decía estar vestida de niebla. "Hoy tengo ochenta años" -dijo-, cuando desaprobé un curso. Al fin pude terminar la educación primaria. El día de la clausura llegó tarde. Se disculpó diciendo: "Hijito, me demoré porque estuve buscando mi vestido de Primera Comunión, ¿No ves mi vestido de Primera Comunión?". Miré a mi madre y no estaba vestida de Primera Comunión.

Después tuvo ese accidente fatal. Me llamó a su lado, cogió fuerte mis manos y dijo: "No tengas pena, la muerte no es para siempre". Pensé: mi madre no se da cuenta de lo que habla. Si uno muere es para siempre. Era niño y no entendía sus palabras. Ahora tengo cincuenta años y recién comprendo sus enseñanzas.

Sí, Madre. Podemos tener veinte años y al día siguiente ochenta. Todo depende de nuestro estado de ánimo. Los ojos sirven para escuchar porque debemos mirar con atención a quien nos habla.

Para conocer la realidad esencial de una persona, tenemos que mirarla con el corazón. La muerte no es para siempre, sólo muere lo que se olvida y a mi madre la recuerdo porque la quiero. Ahora -en sueños platicamos- nos reímos de su método de enseñanza.

Aprendí a mirar con el corazón.

Una noche me dijo: "He notado que te molestas si tus amigos te dicen loco y eso no está bien. Es natural que el hijo de una loca sea loco". Entonces -por primera vez- repliqué a mi madre y le dije: "Madre, te equivocas, no siempre el hijo de una loca tiene que ser loco; a veces es poeta".
Por eso puedo decir con orgullo: "A mi madre le decían loca, pero no era loca, era profesora. Me enseñó a descubrir la vida después de la muerte".

dissabte, 29 de gener de 2011

Y sin embargo te quiero

Me lo dijeron mil veces
pero nunca quise poner atención
cuando llegaron los llantos
ya estabas muy dentro de mi corazón
te esperaba hasta muy tarde
ningún reproche te hacia
lo mas que te preguntaba era que si me querías

Y bajo tus besos en la madrugada
sin que tu notaras
la cruz de mi angustia
solía cantar...

Te quiero más que a mis ojos
te quiero más que a mi vida
más que al aire que respiro
y más que a la madre mía.
Que se me paren los pulsos
si te dejo de querer
que las campanas me doblen
si te falto alguna vez.

Eres mi vida mi muerte
te lo juro compañero
no debía de quererte
no debía de quererte
y sin embargo te quiero.

Vives con unas y otras
y na se te importa de mi soledad
sabes que tienes un hijo
y ni el apellido le vienes a dar
llorando junto a la cuna
me dan las claras del día
mi niño no tiene padre
que pena de suerte mía.

Y bajo tus besos en la madrugada
sin que tu notaras
la cruz de mi angustia
solía cantar....

Eres mi vida y mi muerte
te lo juro compañero
no debía de quererte
no debía de quererte
y sin embargo te quiero.....

SABINA:
De sobras sabes que eres la primera

que no miento si juro que daría
por ti la vida entera
por ti la vida entera
y, sin embargo, un rato, cada día,
ya ves, te engañaría con cualquiera,
te cambiaría por cualquiera
Ni tan arrepentido ni encantado
de haberte conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado,
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los
huesos
solo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una
emboscada,
el pasillo de un tren de madrugada,
un laberinto sin luz ni vino tinto,
un velo de alquitrán en la mirada...

Y me envenenan
los besos que voy dando,
y sin embargo
cuando duermo sin ti,
contigo sueño,
y con todas si duermes a mi lado,
y si te vas me voy por los tejados
como un gato sin dueño,
perdido en el pañuelo de amargura,
que empaña sin mancharla tu
hermosura....

No debería contarlo, y sin embargo
cuando pido la llave de un hotel,
y a media noche encargo
un buen Champagne francés...
y cena con velitas para dos,
siempre es con otra, amor,
nunca contigo...
bien sabes lo que digo

Porque una casa sin ti es una oficina,
un teléfono ardiendo en la cabina,
una palmera en el museo de cera,
un éxodo de oscuras golondrinas.

Y me envenenan...


 .

Pena y alegría del amor

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao

y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
—vida, no vuelvas a hacerlo—
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
—¡ay, Virgen de los Remedios!—
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Rafael de León

Profecía

Me lo dijeron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes...
Y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera, en mi caso,
se hubiera echado a llorar;
yo, cruzándome de brazos,
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro,
ni de enredarme a maldiciones,
ni de apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casado? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor.
Porque sin ser tu marido
ni tu novio, ni tu amante,
yo soy quien más te ha querido:
¡con eso tienes bastante!
-- ¿Qué tiene el niño, Malena?
Anda como trastornado;
le encuentro cara de pena
y el colorcillo quebrao.
Y ya no juega a la tropa,
ni tira piedras al río,
ni se destroza la ropa
subiéndose a coger nidos.
¿No te parece a ti extraño?
¿No es una cosa muy rara
que un chaval con doce años
lleve tan triste la cara?
Mira que soy perro viejo,
y estás demasiado tranquila.
¿Quieres que te dé un consejo?
Vigila, mujer, vigila...
Y fueron dos centinelas
los ojillos de mi madre.
-- Cuando sale de la escuela
se va pa los olivares.
-- ¿Y qué busca allí?
-- Una niña:
tendrá el mismo tiempo que él.
José Miguel no le riñas,
que está empezando a querer.
Mi padre encendió un pitillo,
se enteró bien de tu nombre,
y te compró unos zarcillos,
y a mí, un pantalón de hombre.
Yo no te dije "te adoro",
pero amarré a tu balcón
mi lazo de seda y oro
de primera comunión.
Y tú, fina y orgullosa,
me ofreciste en recompensa
dos cintas color de rosa
que engalanaban tus trenzas.
-- Voy a misa con mis primos.
-- Bueno; te veré en la ermita.
¡Y qué serios nos pusimos
al darnos agua bendita!
Mas, luego, en el campanario,
cuando rompimos a hablar:
dice mi tí Rosario
que la cigüeña es sagrá...
Y el colorín y la fuente,
y las flores, y el rocío,
y aquel torito valiente
que está bebiendo en el río.
Y el bronce de esta campana,
y el romero de los montes,
y aquella raya lejana
que le llaman horizonte.
¡Todo es sagrao! Tierra y cielo,
porque too lo hizo Dios.
-- ¿Qué te gusta más?
-- Tu pelo.
¡Qué bonito le salió!
Pues, y tu boca, y tus brazos,
y tus manos redonditas,
y tus pies, fingiendo el paso
de las palomas zuritas.
Con la blancura de un copo
de nieve te comparé.
Te revestí de piropos
de la cabeza a los pies.
A la vuelta te hice un ramo
de pitiminí precioso,
y luego nos retratamos
en el agüita del pozo.
Y hablando de estas pamplinas
que inventan las criaturas,
llegamos hasta la esquina
cogidos de la cintura.
Yo te pregunté:
-- ¿En qué piensas?
Tú dijiste:
-- En darte un beso.
Y yo sentí una vergüenza
que me caló hasta los huesos.
De noche, muertos de luna,
nos vimos en la ventana.
-- Mi hermanito está en la cuna;
le estoy cantando la nana.
"Quítate de la esquina,
chiquito loco,
que mi padre no te quiere
ni yo tampoco".
Y mientras que tú cantabas,
yo inocente, me pensé
que la nana nos casaba
como a marido y mujer.
¡Pamplinas, figuraciones
que se inventan los chavales!
Después la vida se impone:
tanto tienes, tanto vales...
Por eso yo, al enterarme
que estabas un mes casá,
no dije que iba a matarme
sino... ¡que me daba igual!
Mas, como es rico tu dueño,
te brindo esta profecía;
tú, cada noche, entre sueños,
soñarás que me querías,
y recordarás la tarde
que tu boca me besó
y te llamarás ¡cobarde!
como te lo llamo yo.
Y verás, sueña, que sueña,
que me morí siendo chico
y se llevó una cigüeña
mi corazón en el pico...
Pensarás: No es cierto nada;
yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá a la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío
ni tu novio, ni tu amante,
sino... ¡el que más te ha querío!
¡Con eso tienes bastante!

Rafael de León

Cuatro sonetos

CUATRO SONETOS DE AMOR
Rafael de León
I
Decir "te quiero" con la voz velada
y besar otros labios dulcemente,
no es tener ser, es encontrar la fuente
que nos brinda la boca enamorada.
Un beso así no quiere decir nada,
es ceniza de amor, no lava hirviente,
que en amor hay que estar siempre presente,
mañana, tarde, noche y madrugada.
Que cariño es más potro que cordero,
más espina que flor, sol, no lucero,
perro en el corazón, candela viva...
Lo nuestro no es así, a qué engañarnos,
lo nuestro es navegar sin encontrarnos,
a la deriva, amor, a la deriva.

II
Me avisaron a tiempo: ten cuidado,
mira que miente más que parpadea,
que no le va a tu modo su ralea,
que es de lo peorcito del mercado.
Que son muchas las bocas que ha besado
y a lo mejor te arrastra en su marea
y después no te arriendo la tarea
de borrar el presente y el pasado.
Pero yo me perdí por tus jardines
dejando que ladraran los mastines,
y ya bajo la zarpa de tus besos
me colgué de tu boca con locura
sin miedo de morir en la aventura,
y me caló tu amor hasta los huesos.
III
Otro domingo más sintu mirada,
dejándome morir junto a la gente
que pasa y que traspasa indiferente
a mi canción de amor desesperada.
Una yegua de celos colorada
corre llena de furia por mi frente
y galopa de oriente hasta occidente
en busca de tu falsa coartada...
Porque yo sé de más que en esta hora
hay alguien que los labios te devora
y comparte la cepas de tu vino.
Mas, como de perderte tengo miedo,
no ahondo en la maraña de tu enredo
y comulgo con ruedas de molino.
IV
Peso poco en tu vida, casi nada,
como un leve rumor, como una brisa,
como un sorbo de fresca limonada
bebido sin calor y a toda prisa.
No adelanto el compás de tu pisada,
ni distraigo la salve de tu misa,
y en tu frente de nardo desvelado
no llego ni a recuerdo ni a sonrisa.
Y en cambio tú eres todo, mi locura,
mi monte, mi canción, mi mar templado,
el pulso de mi sangre, la llanura
donde duermo sin sueño ni pecado,
y el andamio en que apoyo con ternura
este amor que nació ya fracasado. 






El anillo

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro?. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
- ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.
- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.
- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo?. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
- ¿¿¿¿58 monedas???? -exclamó el joven-.
- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

Motivación


Cuando alguien evoluciona, también evoluciona todo a su alrededor...
Cuando tratamos de ser mejores de lo que somos, todo a nuestro alrededor también se vuelve mejor.
Eres libre para elegir ... para tomar decisiones, aunque solo tu las entiendas.
Toma tus decisiones con coraje, desprendimiento, y a veces, con una cierta dosis de locura.
Solo entenderemos la vida y el Universo cuando no buscamos explicaciones.
Entonces todo queda claro.
Aprender algo significa entrar en contacto con un mundo desconocido, en donde las cosas más simples son las más extraordinarias.
Atrévete a cambiar.
Desafíate.
No temas a los retos.
Insiste una, y otra, y otra vez.
Recuerda que sin fe, se puede perder una batalla que ya parecía ganada.
No te des por vencido.
Acuérdate de saber siempre lo que quieres. Y empieza de nuevo.
El secreto está en no tener miedo de equivocarnos.
Y de saber que es necesario ser humilde para aprender.
Ten paciencia para encontrar el momento exacto y congratúlate con tus logros.
Y si esto no fuera suficiente... analiza las causas... e inténtalo con más fuerza.
El mundo está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.

PAULO COELHO

Quizás me ves

Quizás me ves,

Quizás me ves
tal vez, acaso un día,
en una lámpara apagada,
en un rincón del cuarto donde duermes,
soy la mancha, un punto en la pared, alguna raya
que tus ojos, sin ti, se quedan viendo.

Quizás me reconoces
como una hora antigua
cuando a solas preguntas, te interrogas
con el cuerpo cerrado y sin respuesta.

Soy una cicatriz que ya no existe,
un beso ya lavado por el tiempo,
un amor y otro amor que ya enterraste.

Pero estás en mis manos y me tienes
y en tus manos estoy, brasa, ceniza,
para secar tus lágrimas que lloro..

Jaime Sabines 


 

División de los signos del zodiaco

DIVISIÓN DE LOS SIGNOS DEL ZODIACO
Los signos se agrupan de acuerdo con varios sistemas:
Ternario
Signos Cárdinales: Aries, Cáncer, Libra y Capricornio. Son signos de actividad, movimiento, energía y acción corporal o física. Poseen iniciativa, innovación, audacia, temeridad, ambición, impulso y acción rápida. Defectos: Falta de perseverancia o paciencia, precipitación.
Signos Fijos: Tauro, Leo, Escorpio, Acuario. Son signos de estabilidad, firmeza, voluntad, constancia, emociones fuertes, paciencia, aversión al cambio, resistencia, conservación, decisión lenta, sentimientos estables. Defectos: Rutina, estrechez de espíritu, intolerancia y falta de adaptabilidad.
Signos Mutables: Géminis, Virgo, Sagitario, Piscis. Son signos de adaptación, reflexión, flexibilidad, inteligencia, vida mental, discernimiento,
 espíritu imparcial. Defectos: Indesición, astucia, espíritu imitativo.
Cuaternario
Signos de Fuego: Aries, Leo y Sagitario. Son signos de vitalidad, actividad, demostración, entusiasmo, impulso, ardor, ambición, autoridad, independencia. Defectos: irascibilidad, violencia, imprudencia.
Signos de Tierra: Tauro, Virgo y Capricornio. Son signos de firmeza, espíritu práctico, pragmáticos, prudentes, metódicos, perseverantes, minuciosos y exactos. Defectos: egoismo, ansiedad, melancolía.
Signos de Aire: Géminis, Libra y Acuario. Son signos de inteligencia, estudio, ciencia, invención, vitalidad mental. Defectos: Inconstancia, incumplimiento, indecisión.
Signos de Agua: Cáncer, Escorpio y Piscis. Son signos psíquicos, emocionales, sentimentales, inspirados, imaginativos, soñadores, novelescos, ocultistas, misticos, supersticiosos. Defectos: Susceptibilidad, despiste, autoengaño, inseguridad.

Fantasia

divendres, 28 de gener de 2011

Y ya lo he dicho todo

Hoy, como todos los días que han pasado 
desde que no estas a mi lado, 
es otro día nublado.
Hoy me he dado cuenta que haga lo que haga,
diga lo que diga, no voy a lograr
que cambies de parecer.
Sé que no solo el amor es lo importante,
y que no solo de amor se vive,
pero alguien dijo por ahí,
que el amor lo puede todo
y el amor lo cura todo;
tal vez mi amor no pudo
hacer que cambies de opinión ,
ni curó las heridas
que yo misma un día te causé.
Tal vez ya lo he dicho todo y
solo me queda esperar que
el tiempo me de otra oportunidad,
tal vez al lado de otra persona,
pero no mejor que tú.
Tal vez mi corazón otra vez
se vuelva a enamorar,
pero no con la misma fuerza
ni de la misma manera
de la que se enamoró de ti.
Tal vez ya lo he dicho todo,
y yo sea un cero a tu izquierda,
quizá yo no valga nada hoy
y quizás nunca.
Pero tan solo me queda
un bonito recuerdo de
que un día tuve un gran amor
y no me importa decirlo ni gritarlo,
yo tuve un gran amor!
Yo tengo un gran amor!
Tal vez ya lo he dicho todo.
Pero me atrevo a repetir
lo mucho que te amo y
que estoy dispuesta
a esperarte el tiempo
que sea necesario.
Tal vez ya lo he dicho todo.
O no haya dicho nada,
la verdad es que ya no hay
nada que decir,
tan solo me queda
esperar que el tiempo
se encargue de devolverme
a mi amor o de definitivamente
llevárselo para siempre.
Y ya lo he dicho todo.


Texto Teoista

Habla simplemente cuando sea necesario. Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca. Sé breve y preciso ya que cada vez que dejas salir una palabra por la boca, dejas salir al mismo tiempo una parte de tu chi. De esta manera aprenderás a desarrollar el arte de hablar sin perder energía. Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. No te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes negativas porque se producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de chi.

Si no tienes nada bueno, verdadero y útil, es mejor quedarse callado y no decir nada. Aprende a ser como un espejo, escucha y refleja la energía. El universo mismo es el mejor ejemplo de un espejo que la naturaleza nos ha dado porque el universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones y nos envía el reflejo de nuestra propia energía bajo la forma de las diferentes circunstancias que se presentan en nuestra vida.

Si te identificas con el éxito, tendrás éxito. Si te identificas con el fracaso, tendrás fracasos. Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente manifestaciones externas del contenido de nuestra habladuría interna. Aprende a ser como el universo, escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y sin prejuicios, siendo como un espejo sin emociones aprendemos a hablar de otra manera. Con el mental tranquilo y en silencio, sin darle oportunidad de imponerse con sus opiniones personales y evitando que tenga reacciones emocionales excesivas, simplemente permite que una comunicación sincera y fluida exista. No te des mucha importancia, sé humilde pues cuanto más te muestras superior, inteligente y prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo de tensión e ilusiones.

Sé discreto, preserva tu vida íntima, de esta manera te liberas de la opinión de los otros y llevarás una vida tranquila volviéndote invisible, misterioso, indefinible e insondable como el Tao. No compitas con los demás, vuélvete como la tierra que nos nutre que nos da de lo que necesitamos. Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, sus virtudes y a brillar. El espíritu competitivo hace que crezca el ego y crea conflictos inevitablemente. Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros.

No te comprometas fácilmente. Si actúas de manera precipitada sin tomar consciencia profundamente de la situación te vas a crear complicaciones. La gente no tiene confianza en aquellos que dicen sí muy fácilmente porque saben que ese famoso sí no es sólido y le falta valor. Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. Así desarrollarás la confianza en ti mismo y la sabiduría. Si realmente hay algo que no sabes o que no tienes la respuesta a la pregunta que te han hecho, acéptalo. El hecho de no saber es muy incómodo para el ego porque le gusta saber todo, siempre tener razón y siempre dar su opinión muy personal. En realidad el ego no sabe nada, simplemente hace ver que sabe.

Evita el hecho de juzgar y de criticar, el Tao es imparcial y sin juicios, no critica a la gente, tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. Cada vez que juzgas a alguien lo único que haces es expresar tu opinión muy personal, y es una pérdida de energía, es puro ruido. Juzgar es una manera de esconder sus propias debilidades. El sabio tolera todo y no dirá ni una palabra.

Recuerda que todo lo que te molesta de los otros es una proyección de todo lo que todavía no has resuelto de ti mismo. Deja que cada quien resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida. Ocúpate de ti mismo, no te defiendas. Cuando tratas de defenderte en realidad estás dándole demasiada importancia a las palabras de los otros y le das más fuerza a su agresión. Si aceptas el no defenderte estás mostrando que las opiniones de los demás no te afectan, que son simplemente opiniones y que no necesitas convencer a los otros para ser feliz. Tu silencio interno te vuelve impasible. Haz regularmente un ayuno de la palabra para volver a educar al ego que tiene la mala costumbre de hablar todo el tiempo. Practica el arte de no hablar. Toma un día a la semana para abstenerte de hablar. O por lo menos algunas horas en el día según lo permita tu organización personal. Este es un ejercicio excelente para conocer y aprender el universo del Tao ilimitado en lugar de tratar de explicar con las palabras qué es el Tao. Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial, dejando aparecer la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría del silencio. Gracias a esta fuerza atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte completamente. Pero hay que tener cuidado de que el ego no se inmiscuya. El poder permanece cuando el ego se queda tranquilo y en silencio. Si tu ego se impone y abusa de este poder, el mismo poder se convertirá en un veneno, y todo tu ser se envenenará rápidamente.

Quédate en silencio, cultiva tu propio poder interno. Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son, o lo que tienen la capacidad de ser. Dicho en otras palabras, vive siguiendo la vida sagrada del Tao.


(Texto taoísta traducido por Oscar Salazar)

Vida

“Y se dio cuenta de que la vida no era eso, la vida es caer y levantarse, y volverse a caer y volver a levantarse; la vida es alegrarte los viernes y joderte los lunes, y abrazarte a quien te abrace y a quien no te abrace pues no te abrazas y punto, y no pasa nada.”
[Película: Sexo en Nueva York]

Nadie dijo que la vida fuera fácil, ni que todo iba a ser perfecto, los momentos malos completan a los buenos y los momentos buenos complementan a los malos. No te pases la vida esperando a que llegue el momento perfecto, la palabra perfecta, la persona perfecta… coge lo que tengas y haz que sea perfecto. Porque tú decides si quieres que algo sea perfecto o no.

No hay mejor ejemplo que el amor para explicar eso, no hay nadie perfecto, el amor hace que la persona que haces te parezca perfecta porque la aceptas con sus virtudes y con sus defectos, lo bueno y lo malo, y cualquier momento vivido a su lado es perfecto de un modo o de otro.

Una mujer


Intento conciliar el sueño. Tumbada de lado en la cama, cierro al fin los ojos, y pruebo a mantener a raya los demonios con mi espada de madera.

El aire de la habitación se espesa, hay un cambio sutil e impreciso en su olor --jazmines quizás--, y me revuelvo inquieta entre las sábanas...

Ante mis ojos cerrados aparece una mujer. Camina erguida de un lado a otro del salón: es alta, morena, lleva el pelo recogido sobriamente en un moño, dejando desnuda su blanca nuca. Está ataviada con un vestido rojo --rojo sangre--, de terciopelo, ceñido a la cintura, y una camisa que le cubre recatadamente el pecho. En el cuello y las muñecas encaje blanco sobresaliendo pulcramente del vestido. No lleva joyas, ni adornos.

Está delante de una chimenea, sola, aguardando. No está impaciente, pero sí alerta. El vestido cruje con sus movimientos, y lo que a primera vista me pareció terciopelo parece convertirse en seda.

A un lado hay una jaula de pájaro vacía, con barrotes pintados de blanco, y coronada en su cúpula por un delicado racimo de uvas.

La alfombra que pisa la mujer es lujosa, oriental, roja también, de dibujos intrincados y elegantes. Absorbe sus pasos, silenciándolos, creando electricidad estática a su alrededor. Se me ocurre en ese momento que bien podrían apuñalar a alguien en ese salón y nadie distinguiría la sangre en el suelo ni las manchas en su vestido.

Es como estar viéndola por el agujero de una cerradura. Oigo el suave tic-tac de un reloj de pared. La habitación no tiene luz, quizá es de noche, quizá un escenario de teatro.

Súbitamente, tengo la sensación de que la mujer sabe que la estoy mirando, de que está allí por mí, que es a mí a quien espera. Pero no sé como he llegado hasta ella y lo que es más importante: ¿por qué?

Me resulta extraña. Su presencia es penetrante, dura, seca, y a pesar de todo eso --sorprendentemente-- me calma, me cura. Cuando me doy cuenta del efecto que produce en mí, me relajo, y cuando lo hago, comienzo a perder su imagen.

Y después se va. Y después me duermo, y hasta el amanecer no despierto.



Sin embargo me muevo


¡De cuando en cuando soy feliz!
opiné delante de un sabio
que me examinó sin pasión
y me demostró mis errores.

Tal vez no había salvación

para mis dientes averiados,
uno por uno se extraviaron
los pelos de mi cabellera:
mejor era no discutir
sobre mi tráquea cavernosa:
en cuanto al cauce coronario
estaba lleno de advertencias
como el hígado tenebroso
que no me servía de escudo
o este riñón conspirativo.
Y con mi próstata melancólica
y los caprichos de mi uretra
me conducían sin apuro
a un analítico final.

Mirando frente a frente al sabio

sin decidirme a sucumbir
le mostré que podía ver,
palpar, oír y padecer
en otra ocasión favorable.
Y que me dejara el placer
de ser amado y de querer:
me buscaría algún amor
por un mes o por una semana
o por un penúltimo día.

El hombre sabio y desdeñoso

me miró con la indiferencia
de los camellos por la luna
y decidió orgullosamente
olvidarse de mi organismo.

Desde entonces no estoy seguro

de si yo debo obedecer
a su decreto de morirme
o si debo sentirme bien
como mi cuerpo me aconseja.

Y en esta duda yo no sé

si dedicarme a meditar
o alimentarme de claveles.

Pablo Neruda

SLQH

El amor que no podia ocultarse


Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.
¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.
¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.
A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.
Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba…
-También yo te quiero con toda mi alma.
-¿Qué dices? -me preguntó.
-Que yo te quiero también con toda mi alma.
-¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
-¿Qué? -me apremiaba.
-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!
-¡Lo juro!
-¿Qué?
-¡¡Lo juro!!
-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.
-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.
-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?
-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.
-¿Y… te gusto?
-¡¡Mucho!!
-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!
-¿Y mis pestañas?
-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.
-¿Mi amor te hace dichoso?
-¡¡Dichosísimo!!
-Y cuando puedas abrazarme…
-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.
-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.
-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.
-¡¡Nos echan por escándalo!!
-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…
Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

Enrique Jardiel Poncela

Hate that I love you

Cuando yo muera

SONETO LXXXIX

Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.
Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.
Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,
para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.

Pablo Neruda, 1959

A vivir con lo que se tiene

Estás cansada de esta vida.
Te levantas a las seis. Te duchas, limpias un poco la casa. Preparas los desayunos y bocadillos de tus hijos, mirando constantemente el reloj. Tienes que despertar a tu marido y después a las siete, antes de irte, a los niños. Todas las mañanas te peleas con ellos: no se quieren levantar, se les ha olvidado que firmes alguna notita para el colegio o tienes que buscar enseguida una caja de zapatos vacía que necesitan para trabajos manuales.
Sales corriendo para no perder el metro. Como no te has mirado en el espejo antes de salir, por la calle vas verificando tu atuendo, si tus zapatos están limpios, si tu pantalón, no está arrugado y de repente te das cuenta que te has puesto los calcetines de tu marido, esos negros que tienen un agujerito justo arriba y que no tienes ganas de coser. No te da tiempo a volver a casa. Esperemos que nadie se de cuenta.
Una vez más has perdido el metro de las siete y treinta y cinco. Te toca esperar diez minutos. Bueno eres aún un poco positiva: diez minutos de descanso sin marido, hijos, jefe ni perro. Cierras los ojos para soñar un ratito...pero no puedes, sabes que en tu mesa del despacho te dejaste un informe incompleto que tiene que salir a las once. Tratas durante estos diez minutos de tranquilidad de solucionar las dudas que tenías el viernes, antes de este final de semana agotador. No podías cerrar el informe porque te preocupaba más la merienda que prepararías al día siguiente para los amigos que tu marido había invitado para celebrar tu cumpleaños. La verdad es que hubieras preferido ir al cine o al teatro. Esto nunca es posible, no tienes tiempo, o hay un partido de fútbol o no sabes donde localizar a tu marido.
No sabes ya porque te casaste... Si es verdad, estabas enamorada, querías compartir tu vida con él, tener cuatro o cinco hijos. Con uno de muestra ya tenías bastante. Nunca te hubieras imaginado el agobio que es tener a tu cargo dos niños pequeños y otro más grande: tu marido.
Un marido es peor que un hijo. No te atiende, no te hace caso, no te ayuda y no puedes reñirle como a uno de tus vástagos. Claro como vas a reñirle: no es tu hijo, aunque él te considere algunas veces como su madre. Todo lo relativo a la casa depende de ti. Aún no sabe en que cajón están sus calzoncillos.
Pasa de todo lo que está relacionado con la parte práctica de la vida. De repente ya no sabe ni preparar una tortilla para la cena de los niños, cuando tú llegas tarde. Es mucho más fácil llevarles al bar de la esquina y que les preparen un bocadillo. Mientras tanto, él puede tomarse dos o tres cervezas, un chato de vino y probar la última botella de orujo que ha traído, Amador, el dueño del bar.
Vuelven demasiado tarde a casa y no sabes nunca donde están. Cuando llegan, ellos muertos de sueño, y él feliz de la vida, te explica que los ha llevado al bar, para ahorrarte el fregar los platos.
No tienes que fregar los platos pero, si, el suelo, ya que nadie ha sacado el perro.
Los niños se acuestan sin ducharse y sin haber preparado la cartera para el día siguiente. Regañas a tus hijos, pero ya no te oyen. Duermen.
Abres los ojos. El metro está a punto de llegar. Te levantas. Coges tu bolso, tu cartera, y la dichosa bolsa con el chándal que compraste el viernes pasado y tienes que cambiar porque es demasiado estrecho para el peque.
No entiendes lo que ocurre. Alguien te ha pegado un empujón y estás medio atontada sin el bolso que acaban de robarte.
Te ayuda Ángel, un vecino de tu urbanización. Te acompaña hasta comisaría para que pongas una denuncia. Te invita a tomar un café antes de volver a la estación y te coge de la mano para ayudarte a entrar en el compartimiento. Te estremeces. Hace ya muchos años que nadie te coge de la mano. El contacto de esta mano sobre la tuya es inquietante. Has notado algo. Algo diferente.
Te sientas y miras el reloj. Hoy llegarás con dos horas de atraso, sin bolso, sin llaves, sin dinero. Menos mal que no te han robado la cartera donde tienes el esquema del final del informe.
Vuelves a cerrar los ojos durante el trayecto hasta la oficina. Si tu marido te cogiese de la mano, te sonriera y te mirara como lo hizo Ángel esta mañana, se lo perdonarías todo. Olvidarías sus olvidos, olvidarías que sólo eres la cocinera, la mujer de la limpieza, la niñera del apartamento número nueve de la urbanización de lujo Los Cisnes.
Olvidarías que pasas muy poco tiempo con él. Olvidarías que él prefiere la compañía de sus amigos, de los vecinos de quién sea, con tal de encontrar otra cosa menos aburrida que el hogar, de demostrar que él es un hombre libre, sin atadura, que vive la vida a su aire y no tiene que rendir parte a nadie de lo que hizo durante estas horas muertas del día. Se enorgullece de que no le caerá la casa encima. A lo mejor le caerá otra cosa y no sabrá cual es...
Olvidarías que tus hijos se pasan los sábados y domingos preguntando por su padre y que lloran por que les hubiera apetecido ir al zoológico con él, en vez de darle a la pelota toda la tarde por los pasillos de la casa.
Te preguntas lo que busca este extraño con quién te casaste. ¿Que busca fuera? ¿Que quiere demostrar?
Querrá rellenar su vacío. Este vacío que ha forjado él-mismo desde joven, y que ha ido ensanchándose cada vez más, por miedo. Miedo a que lo descubran. Miedo a que todos se den cuenta de su soledad, de su angustia, de sus miedos.
Unas lágrimas caen sobre tus mejillas. No quieres pensar tanto. Te gustaría no analizar vuestra vida. Tu sicóloga ya te lo dijo. Tienes dos soluciones: le abandonas o le aguantas. No quieres abandonarle ni aguantarle.
Te faltan unos minutos para llegar a tu estación. Te pintas los labios, recoges unas mechas locas que se pasean por tu frente y abandonas el único lugar donde puedes descansar y pensar.
Menos mal que tus compañeros de trabajo son simpáticos. Sus bromas te hacen olvidar tus penas, las sombras grises que oscurecen tu vida.
Ellos parecen felices. Hablan de sus parejas, hablan de lo que hacen juntos, hablan de su futuro.


Tú venías

No me has hecho sufrir
sino esperar.

Aquellas horas
enmarañadas, llenas
de serpientes,
cuando
se me caía el alma y me ahogaba,
tú venías andando,
tú venías desnuda y arañada,
tú llegabas sangrienta hasta mi lecho,
novia mía,
y entonces
toda la noche caminamos
durmiendo
y cuando despertamos
eras intacta y nueva,
como si el grave viento de los sueños
de nuevo hubiera dado
fuego a tu cabellera
y en trigo y plata hubiera sumergido
tu cuerpo hasta dejarlo deslumbrante.

Yo no sufrí, amor mío,
yo sólo te esperaba.
Tenías que cambiar de corazón
y de mirada
después de haber tocado la profunda
zona de mar que te entregó mi pecho.
Tenías que salir del agua
pura como una gota levantada
por una ola nocturna.

Novia mía, tuviste
que morir y nacer, yo te esperaba.
Yo no sufrí buscándote,
sabía que vendrías,
una nueva mujer con lo que adoro
de la que no adoraba,
con tus ojos, tus manos y tu boca
pero con otro corazón
que amaneció a mi lado
como si siempre hubiera estado allí
para seguir conmigo para siempre.
 
Pablo Neruda

dijous, 27 de gener de 2011

La leyenda del sol y la luna

Cuando el Sol y la Luna se encontraron por primera vez, se apasionaron perdidamente y a partir de ahí comenzaron a vivir un gran amor.
Sucede que el mundo aun no existía y el día  que Dios decidió crearlo, les dio entonces un toque  final... ¡El brillo!
 
Quedó decidido también que el Sol iluminaría el día y que la Luna iluminaría la noche, siendo así, estarían obligados a vivir separados.
 
Les invadió una gran tristeza  y cuando se dieron cuenta de que nunca más se encontrarían, LA Luna  fue quedándose cada vez más angustiada. A pesar del brillo dado por Dios,  fue tornándose Solitaria.
 
EL Sol a su vez, había ganado un título de nobleza "Astro Rey", pero eso tampoco le hizo feliz.
 
Dios, viendo esto, les llamó y les explicó: - No debéis  estar tristes, ambos ahora  poseéis un brillo propio. Tú, Luna, iluminarás las noches frías y calientes, encantarás a los enamorados y serás frecuentemente protagonista de hermosas poesías. En cuanto a ti, Sol, sustentarás ese título porque serás el más importante de los astros, iluminarás la tierra durante el día, proporcionaras calor al ser humano y tu simple presencia hará a las personas más felices.
 
La Luna se entristeció mucho más con su terrible destino y lloró amargamente... y el Sol, al verla sufrir tanto, decidió que no podría dejar abatirse más, ya que tendría que darle fuerzas y ayudarle a aceptar lo que Dios había decidido.
 
Aún así, su preocupación era tan grande que resolvió hacer un pedido especial a Él: - Señor, ayuda a la Luna por favor,  es más frágil que yo, no soportará la soledad...
 
Y Dios...en su inmensa bondad... creo entonces las estrellas para hacer compañía a la Luna.
 
La Luna siempre que está muy triste recurre a las estrellas, que hacen de todo para consolarla, pero casi nunca lo consiguen.
 
Hoy, ambos viven así... separados, el Sol finge que es feliz, y la Luna no consigue disimular su tristeza.
 
El Sol arde de pasión por la Luna y ella vive en las tinieblas de su añoranza. Dicen que la orden de Dios era que la Luna debería de ser siempre llena y luminosa, pero no lo consiguió.... porque es mujer, y una mujer tiene fases.
 
Cuando es feliz, consigue ser Llena, pero cuando es infeliz es menguante y cuando es menguante ni siquiera es posible apreciar su brillo.
 
Luna y Sol siguen su destino. El, solitario pero fuerte; ella, acompañada de estrellas, pero débil.
 
Los hombres intentan, constantemente, conquistarla, como si eso fuese posible. Algunos han ido incluso hasta ella, pero han vuelto siempre solos. Nadie jamás consiguió traerla hasta la tierra, nadie, realmente, consiguió conquistarla, por más que lo intentaron.
Sucede que Dios decidió que ningún amor en este mundo fuese del todo imposible, ni siquiera el de la Luna y el del  Sol... Fue entonces que Él creó el eclipse.
 
Hoy Sol y Luna viven esperando ese instante,  esos raros momentos que les fueron concedidos y que tanto cuesta, sucedan.
 
Cuando mires al cielo, a partir de ahora, y veas que el Sol cubre la Luna, es porque se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. Es a ese acto de amor al que se le dio el nombre de eclipse.
 
Es importante recordar que el brillo de su éxtasis es tan grande que se aconseja no mirar al cielo en ese momento, tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor.
 
Tu ya sabías que en la tierra existían Sol y Luna... y también que existe el eclipse.... pero esta es la parte de la historia que tu no conocías.