dilluns, 24 de gener de 2011

Cuando llega el amor

Cuando el amor llega a nuestras vidas
es como encontrar la llave justa de nuestros sentimientos
y poder abrir el corazón donde se encuentra encarcelado el amor
que por mucho tiempo quería volar como golondrina de plata.

Cuando el amor llega a nuestras vidas
es como encontrar la alegría misma
de donde nace las delicias del amor que un día esperábamos
y llegar a sentir una suave piel entre el calor de nuestros cuerpos
para llenarlo de amor entre un lecho de flores perfumadas
y cubrirlo de suaves nubes virginales.

Cuando el amor llega a nuestras vidas
es decirles a unos bellos ojos que la llama del amor
y de nuestro corazón palpita a mil por hora
y cuando tomamos unas manos de seda
la ilusión se va metiendo entre la piel nerviosa
que hacen que le cielo se abra
para que pueda derramar una deliciosa lluvia perfumada.

Cuando el amor llega a nuestras vida,
es como pensar que las estrellas como rosas blancas
que alegran la noche, son nuestras
y cuando llega el nuevo día nos damos cuenta
cual es el misterio de una rosa roja
que canta entre la brisa de perlas atrapadas entre las hojas de los árboles.

Estar enamorados es…
poder amar a una mujer con todo el corazón
y adorarla como si fuera nuestra diosa del hogar.





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El cielo y el infierno


Dice una antigua leyenda china,
que un discípulo preguntó a su Maestro:
- ¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?.
El Maestro le respondió:
es muy pequeña,
sin embargo tiene grandes consecuencias.
Ven, te mostraré el infierno.

Entraron en un inmenso sitio
donde un grupo de personas
estaba sentadas alrededor
de un gran recipiente con arroz,
todos estaban hambrientos y desesperados,
cada uno tenía una cuchara atorada fijamente
en el brazo desde su extremo,
y que llegaba hasta la olla.

Pero cada cuchara tenía un mango tan largo
que no podían llevársela a la boca.
La desesperación y el sufrimiento eran terribles.

Ven, dijo el Maestro
después de un rato,
ahora te mostraré el cielo.

Entraron en otro lugar, idéntico al primero;
con la olla de arroz, el grupo de gente,
y las mismas cucharas largas,
pero allí todos estaban felices
y bien alimentados.

- No comprendo dijo el discípulo,
¿Por qué están tan felices aquí, mientras son
desgraciados en la otra habitación si todo es lo mismo?

El Maestro sonrió.
Ah...
¿no te has dado cuenta?
Como las cucharas tienen los
mangos muylargos,
no les permite llevar la comida a su propia boca,
pero aquí han
aprendido a alimentarse unos a otros.

Beneficio común, trabajo común...
¿Tan complicadas son las cosas que no vemos
el beneficio común, que en definitiva es nuestro beneficio?




UN HOMBRE MURIO EN SU LECHO DE MUERTE Y COMO HABIA SIDO UN HOMBRE MUY BUENO, LE DIERON A ESCOGER ENTRE PASAR LA ETERNIDAD EN EL CIELO O EL INFIERNO ¡COMO EL QUISIERA!

COMO CUANDO ESTABA VIVO, HABIA SIDO UN PROFESOR DE LOGICA, PIDIO QUE LE MOSTRARAN EL CIELO Y EL INFIERNO, PARA ASI PODER ESCOGER CON LOGICA.

EL ANGEL ESTUVO DE ACUERDO CON ESTA PETICION, ASI QUE PRIMERO LO LEVO AL INFIERNO.

EN EL INFIERNO, EL HOMBRE VIO UNA GRAN MESA. EN LA MESA SE ENCONTRABA SERVIDO UN MARAVILLOSO BANQUETE. HABIA ALLI LOS MEJORES BANQUETES, LAS COMIDAS Y BEBIDAS MAS EXQUISITAS QUE ALGUIEN SE PODRIA IMAGINAR. AL VER ESTO EL HOMBRE DIJO "AH !NO ESTA NADA MAL!". PERO ENTONCES MIRO A LAS PERSONAS QUE ESTABAN SENTADOS EN LAS MESAS. TODOS ESTABAN DELGADISIMOS, CASI EN LOS HUESOS. SE LES VEIA VERDADERAMENTE HAMBRIENTOS. U LENGUA CAIA POR UN LADO DE SU BOCA, HINCHADA DE TANTA SED. TODOS ESTABAN LLORANDO, LAMENTANDOSE Y SUFRIENDO.

EL HOMBRE, QUE HABIA SIDO MUY BUENO CUANDO VIVIO, MIRO AL ANGEL Y PROTESTO:

- ESTO NO PUEDE SER! ¿POR QUE DIOS TORTURA ASI A ESTA GENTE? ¿ES QUE NO LAS PUEDE PERDONAR?

EL ANGEL SONRIO Y LE DIJO:

- DIOS NO LES HA CASTIGADO. DIOS LES HA PERDONADO HACE MUCHO, POR ESO LES OFRECE ESTOS MANAJARES TAN DELICIOSOS.

ENTONCES EL HOMBRE FUE HASTA LA MESA Y SEñALO UNO DE LOS CUBIERTOS MIENTRAS LE DECIA AL ANGEL:

- ¿PERO NO VES QUE AQUI HAY TRAMPA? ¡DIOS LES ESTA ENGAñANDO! LES PONE ESTOS MANJARES TAN MARAVILLOSOS DELANTE DE SUS OJOS ¡PERO LUEGO LES DA UNOS CUBIERTOS DE UN METRO DE LARGO! ¿TU TE CREES QUE ALGUIEN PODRIA COMER CON UN TENEDOR DE UN METRO DE LARGO? ES NORMAL QUE ESTA GENTE TENGA TANTA HAMBRE!

EL ANGEL SONRIO DE NUEVO:

- DIOS NO LES ESTA TORTURANDO, SON ELLOS LOS QUE ELIGEN PASAR HAMBRE. ES SU LIBRE ALBEDRIO, ES LO QUE ELLOS ELIGEN, ASI QUE NI TU NI YO PODEMOS HACER NADA.

AQUELLO DEL LIBRE ALBEDRIO LE SONABA "DEMASIADO MISTICO" A NUESTRO HOMBRE, QUE AUN NO ESTABA CONVENCIDO. PERO ENTONCES EL ANGEL LE AGARRO DE LA MANO Y LO LLEVO VOLANDO AL CIELO PARA QUE PUDIERA CONTEMPLAR.

EN CUANTO EL HOMBRE VIO EL CIELO, ENTONCES COMPRENDIO.

POR QUE EN EL CIELO HABIA EXACTAMENTE LA MISMA MESA QUE EN EL INFIERNO, LA GENTE TAMBIEN TENIA ESOS CUBIERTOS DE UN METRO DE LARGO. PERO, SIN EMBARGO, AQUI TODOS SONREIAN. TODOS ERAN FELICES. Y A TODOS SE LES VEIA BIEN ALIMENTADOS, Y DISFRUTANDO DEL BANQUETE.

¡CUAL ERA LA DIFERENCIA!

EN EL CIELO, CADA PERSONA USABA SU LARGO TENEDOR DE UN METRO DE LARGO PARA DAR DE COMER A LA PERSONA QUE TENIA EN FRENTE!

Y QUIEN ESTABA EN FRENTE, DABA DE COMER A QUIEN ESTABA DELANTE.

COMO RESULTADO, TODO EL MUNDO ESTABA DANDO DE COMER A ALGUIEN, Y A TODO EL MUNDO ALGUIEN LE DABA DE COMER.

ASI TODOS VIVIAN MUY FELICES.

AL VER ESTO NUESTRO HOMBRE COMPRENDIO. EN VERDAD ERA CUESTION DE LIBRE ALBEDRIO. LOS QUE VIVAN EN UN INFIERNO, EN REALIDAD TENIAN LAS MISMAS OPORTUNIDADES QUE LOS QUE DISFRUTABAN DE UNAFELIZ VIDA EN EL CIELO. LO UNICO QUE LES DISTINGUIA ERA LA FORMA EN QUE ELLOS DECIDIAN COMPORTARSE.
 
  

La Sirenita


En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!”, pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar…! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito…! ¡Ha sido la tormenta…! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda…
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡…por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.

Hans Christian Andersen

Maneras de vivir

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos...
Por eso, canta, ríe, baila, llora
y vive intensamente cada momento de tu vida...
...antes que el telón baje
y la obra termine sin aplausos.

¡Hey,
hey, sonríe!
más no te escondas detrás de esa sonrisa...
Muestra aquello que eres, sin miedo.
Existen personas que sueñan
con tu sonrisa, así como yo.

¡Vive! ¡Intenta!

La vida no pasa de una tentativa.

¡Ama!

Ama por encima de todo,
ama a todo y a todos.
No cierres los ojos a la suciedad del mundo,
no ignores el hambre!
Olvida la bomba,
pero antes haz algo para combatirla,
aunque no te sientas capaz.

¡Busca!

Busca lo que hay de bueno en todo y todos.
No hagas de los defectos una distancia,
y si, una aproximación.

¡Acepta!

La vida, las personas,
haz de ellas tu razón de vivir.

¡Entiende!

Entiende a las personas que piensan diferente a ti,
no las repruebes.

¡Eh! Mira...

Mira a tu espalda, cuantos amigos...
¿Ya hiciste a alguien feliz hoy?
¿O hiciste sufrir a alguien con tu egoísmo?

¡Eh! No corras...

¿Para que tanta prisa?
Corre apenas dentro tuyo.

¡Sueña!

Pero no perjudiques a nadie y
no transformes tu sueño en fuga.

¡Cree! ¡Espera!

Siempre habrá una salida,
siempre brillará una estrella.

¡Llora! ¡Lucha!

Haz aquello que te gusta,
siente lo que hay dentro de ti.

Oye...

Escucha lo que las otras personas
tienen que decir, es importante.

Sube...

Haz de los obstáculos escalones
para aquello que quieres alcanzar.
Más no te olvides de aquellos
que no consiguieron subir
en la escalera de la vida.

¡Descubre!

Descubre aquello que es bueno dentro tuyo.
Procura por encima de todo ser gente,
yo también voy a intentar.
¡Hey! Tú...
ahora ve en paz.
Yo preciso decirte que... TE ADORO,
simplemente porque existes.
Charles Chaplin

Amémonos


 Buscaba mi alma con afán tu alma,
buscaba yo la virgen que mi frente
tocaba con su labio dulcemente
en el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella

que en sueño me visita desde niño,
para partir con ella mi cariño,
para partir con ella mi dolor.

Como en la sacra soledad del templo

sin ver a Dios se siente su presencia,
yo presentí en el mundo tu existencia,
y, como a Dios, sin verte, te adoré.

Y demandando sin cesar al cielo

la dulce compañera de mi suerte,
muy lejos yo de ti, sin conocerte
en la ara de mi amor te levanté.

No preguntaba ni sabía tu nombre,

¿en dónde iba a encontrarte? lo ignoraba;
pero tu imagen dentro el alma estaba,
más bien presentimiento que ilusión.

Y apenas te miré... tú eras ángel

compañero ideal de mi desvelo,
la casta virgen de mirar de cielo
y de la frente pálida de amor.

Y a la primera vez que nuestros ojos

sus miradas magnéticas cruzaron,
sin buscarse, las manos se encontraron
y nos dijimos «te amo» sin hablar

Un sonrojo purísimo en tu frente,

algo de palidez sobre la mía,
y una sonrisa que hasta Dios subía...
así nos comprendimos... nada más.

¡Amémonos, mi bien! En este mundo

donde lágrimas tantas se derraman,
las que vierten quizá los que se aman
tienen yo no sé que de bendición,

dos corazones en dichoso vuelo;

¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas
amar es ver el entreabierto cielo
y levantar el alma en asunción.

Amar es empapar el pensamiento

en la fragancia del Edén perdido;
amar es... amar es llevar herido
con un dardo celeste el corazón.

Es tocar los dinteles de la gloria,

es ver tus ojos, escuchar tu acento,
en el alma sentir el firmamento
y morir a tus pies de adoración.




Poemas de Manuel María Flores