dimarts, 5 de juliol de 2011

Una mujer sabe

Una mujer sabe de escalofríos,
de noches silenciosas que arrugan el alma
y vuelven de algodón, las esquinas de una alcoba solitaria y húmeda.

Una mujer, sabe cuando debe de callar las caricias
que se agolpan en las manos
y mientras, duerme los sentires , así, suave-mente
¡cómo sabe una mujer!

Una mujer despierta en la noche y siente frío;
está sudando la piel, (añeja de memorias y olvidos)
pero siente el frío de quien conoce el destino de los sueños.

Una mujer, jamás dirá que ha soñado,
se limitará a sonreír y en esa sonrisa
tal vez, logre acompañar a la quimera del deseo cumplido
y deje, al fin,
de acariciar mañanas solitarias y noches pueriles.

Una mujer no ignora cuando debe de permitir a los labios que derramen las palabras olvidadas.

Mientras,
-esa mujer-
seguirá muriendo
porque sabe que debe morir y no teme al cancerbero de la niebla
que acuna los susurros de la nana de vida.

Pero no dirá nunca que está amando porque esa mujer conoce, los desencantos y el miedo del mundo;
del mundo que se sabe enamorado de esa mujer.

Una Mujer sabe que debe esperar cuando ha visto una mirada.

¡Lo sabe!

Del libro:"Una mujer sabe"Juana Corsina


A pesar de todo


A pesar de que se duermen mis sentidos por rutina.
A pesar de esta apatía que bosteza enmohecida.
A pesar de muchas broncas que quedaron escondidas.
A pesar de mis fracasos, mis pecados, mis caídas.
A pesar ya de ilusiones que están por siempre dormidas,
y de fantasmas internos prendidos de mis pupilas.

A pesar de que me invento muchas veces la sonrisa.
A pesar de que me trague mis verdades, mis mentiras.
A pesar de mis defectos, de mi cólera, de mi ira,
de mis eternos miedos que desde mi alma silban,
y que viva disfrazando mis pequeñas cobardías.

A pesar de mi pasado que me espía a escondidas.
A pesar de mis angustias que rasguñan mis costillas.
A pesar de mi energía que se agota, se termina,
y del paso de los años, de mis luchas, mis heridas.

A pesar de todo eso... sigo apostando a la vida.

Carlos Alberto Boaglio
del libro "En Voz Baja" de Editorial Santa María


A buena altura sobre el bosque y ocultos detrás de la densa pantalla de las nubes, el sol y el viento seguían su discusión, que sostenían desde tiempo inmemorial, sobre cuál de ambos era más fuerte.
-¡Claro que lo soy yo! -insistió el sol-. Mis rayos son tan poderosos que puedo chamuscar la Tierra hasta reducirla polvo.
-Sí, pero yo puedo inflar mis mejillas y soplar hasta que se derrumben las montañas, se astillen las casas convirtiéndose en leña y se desarraiguen los grandes árboles del bosque.
-Pero yo puedo incendiar los bosques con el calor de mis rayos -dijo el sol -y yo, hacer girar la vieja bola de la Tierra con un solo soplo -insistió el viento.
Mientras estaban sentados disputando detrás de la nube, y cada uno de ellos profería sus jactancias, salió del bosque un granjero. Vestía un grueso abrigo de lana y tenía calado sobre las orejas un sombrero.
-¡Te diré lo que vamos a hacer! -dijo el sol-. El que pueda de nosotros dos arrancarle el abrigo de la espalda al granjero, habrá probado ser el más fuerte.
 -¡Espléndido! -bramó el viento y tomó aliento e hinchó las mejillas como si fueran dos globos.
Luego, sopló con fuerza… y sopló… y sopló. Los árboles del bosque se balancearon. Hasta el gran olmo se inclinó ante el viento cuando éste lo golpeó sin piedad. El mar formó grandes crestas en sus ondas, y los animales del bosque se ocultaron de la terrible borrasca.
El granjero se levantó el cuello del abrigo, se lo ajustó más y siguió avanzando trabajosamente.
Sin aliento ya, el viento se rindió desencantado. Luego, el sol asomó por detrás de la nube. Cuando vio la castigada tierra, navegó por el cielo y miró con rostro cordial y sonriente al bosque que estaba allá abajo. Hubo una gran serenidad y todos los animales salieron de sus escondites. La tortuga se arrastró sobre la roca que quemaba, y las ovejas se acurrucaron en la tierna hierba.
El granjero alzó los ojos, vio el sonriente rostro del sol y, con un suspiro de alivio, se quitó el abrigo y siguió andando ágilmente.
-Ya lo ves -dijo el sol al viento- A veces, quien vence es la dulzura.

FÁBULA ESOPO