diumenge, 13 de febrer de 2011

Las cartas de amor

Las Cartas de amor mi amor
Son en el fondo ridículas

Las cartas de amor cuando hay amor
Son siempre ridículas

Porque los que se aman si en verdad se aman
Se dicen y escriben palabras de amor ridículas

Porque el amor el amor verdadero
Te hace pensar en forma ridícula

Y te convierte finalmente
En una persona ridícula.
¿Pero quien alguna vez no ha sido ridículo?
¿Quien no ha dicho te amo te adoro mi cielo mi sol
Y ha suplicado hasta el ridículo?

Plebeyo o señor sabio o bruto en cuestiones de amor
Son todos ridículos
Sólo los que nunca han amado los que nunca han creído
Se han salvados de gestos ridículos

Los que por miedo al ridículo
Dicen que el amor es algo ridículo

Y viven así en su mundo ridículo
Todos juntos sin ningún amor atrapados
Entre objetos y proyectos ridículos
Hablando de sus triunfos ridículos

Haciendo discursos ridículos
Comportándose de un modo ridículo

Presumiendo de sus atributos ridículos
Vanagloriándose de su machismo ridículo
Ridiculizando el amor con argumentos ridículos
Pero el amor es sabio no es tonto


Nunca anida en pensamientos ridículos
Vuela por sobre sus ideales ridículos
Y se posa finalmente en corazones ridículos

Como el tuyo y el mío que no se cansan nunca
De hacer el ridículo.

 


Ultimo deseo

Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos:1 – Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época.2 – Que los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas), fueran esparcidos por el camino hasta su tumba, y…3 – Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones.Alejandro le explicó:1 – Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos NO tienen, ante la muerte, el poder de curar.
2 – Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.
3 – Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.
Al morir nada material te llevas, aunque creo que las buenas acciones son una especie de cheques de viajero.
“EL TIEMPO” es el tesoro más valioso que tenemos porque ES limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar, nuestro tiempo es nuestra vida. EL MEJOR REGALO que le puedes dar a alguien es tu tiempo.

El alma tenías

El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros-
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.
 

Augusto

Augusto se había criado en un hogar austero. No pobre, ni siquiera humilde, pero sin dudas austero. Sus padres habían sido gente de trabajo, de aquellos que creen que el trabajo no sólo sirve para vivir, sino por sobre to...do, para asegurarse una vejez digna.

Hacían un culto del sacrificio y el temor a no tener nada en un futuro. Augusto no supo jamás lo que era recibir un par de zapatillas, sino hasta que las que estaba usando ya no resistiesen los embates del tiempo y el tamaño de sus pies. No fue fácil crecer en ese ambiente. Un niño desea cosas que no tienen por qué tener que ver con la necesidad de tenerlas. En su hogar, la necesidad y la obligación, desplazaron al placer y a muchos sueños también. “Para que quieres una pelota nueva si tienes la que te regalamos hace cinco años”. Todavía escuchaba la voz de su padre y podía sentir cómo, tantos años atrás, corrían tímidamente un par de lágrimas por su mejilla. “La ropa es mejor holgada, para que sirva el año que viene también” decía su madre cada vez que era imprescindible comprar alguna prenda. Todavía veía a ese niño en pantalones con marcas de dobladillos que evidenciaban no sólo su crecimiento, sino el tiempo que hacía que ese pantalón había sido comprado.

“Pide a los reyes cosas necesarias, no juguetes que pasan de moda”. Todavía tenía en su mente ese tipo de frases que escuchaba cada año. Aún podía sentir la presión que hacía sobre la lapicera para no escribir en su cartita aquello que realmente deseaba con el corazón ¿Qué le importaba a Augusto niño lo que era necesario? Él quería juguetes, autos, pelotas ¿Por qué no podía pedirles a los reyes lo que se le antojara? ¿Qué tenían que ver ellos con la necesidad de las cosas? Augusto soñaba con barcos, desde muy pequeñito, pero jamás tuvo uno. Los barcos de juguete eran caros y más valía gastar dinero en algo de mayor utilidad.

El niño que fue quería navegar de verdad, sentir el viento sobre su rostro y el agua salpicando sus cabellos. Pidió infinitas veces a sus padres que lo llevasen a navegar, pero era algo costoso en aquellos días y por ende, imposible de conceder. Augusto creció en ese ambiente y sabido es que uno puede escapar sólo en parte de su historia, de las frases escuchadas con frecuencia y menos aún, de los sueños que fue imposible cumplir. Nunca tuvo un libro nuevo, ni su ansiado barco y había aprendido a sacar punta a los lápices con tal pericia que le duraban mucho más tiempo del que deseaba. – “Viejo se es mañana” decía siempre su padre. Hay que guardar para cuando ya no se pueda trabajar. Un día, sin saberlo, decidió que era inútil sufrir por esa vida austera y acotada y se amigó con ella. Comenzó él a prolongar la vida útil de las cosas, a considerar que no hacía falta comprar libros nuevos para la facultad cuando podía adquirirlos usados “total los libros dicen lo mismo, sean nuevos o usados” solía decir. Augusto se transformó en un joven hecho a imagen y semejanza de sus padres. Consiguió un trabajo y más allá de pagar sus estudios, ahorraba todo lo que podía. El mañana lo obsesionaba. El no tener una vejez digna, no poder mantenerse cuando fuese anciano se habían convertido en una amenaza de la que no salió ileso. Se fue endureciendo, de a poco fue olvidando aquellas lágrimas de niño, la lapicera apretada para escribir la cartita a los reyes y sobre todo el sueño de tener un barco. No se trataba de tener o no el dinero suficiente para comprarlo. Augusto era un exitoso profesional. Sin embargo, aquel sueño que de niño había sido tan importante, ahora de grande, se había transformado en algo postergable y casi superficial. Su familia insistía para que cumpliese esa asignatura pendiente, pero jamás accedió. – Hay que pensar en el mañana, no gastaré dinero en un barco – repetía una y otra vez. Sus hijos tenían la misma vida acotada que él había tenido. Olvidó cómo se sentía esa vida de cosas usadas y anhelos no cumplidos y se las hizo vivir también a ellos.

No pudo escapar del mandato familiar y arrastró a su familia a sobrevivir una vida que bien podría haber sido vivida a pleno. Con el paso de los años, la obsesión por el mañana y la vejez fue haciéndose cada vez más fuerte. La jubilación, el retiro, el ahorro, la pensión, eran palabras cada vez más frecuente en el vocabulario de Augusto. Era joven. Apenas si rondaba los cuarenta, pero parecía que en su horizonte ya no había proyectos, ni sueños, sólo recaudos para el futuro. – “Viejo se es mañana” - repetía a sus hijos, tal como su padre hiciera con él. Cierto día, despertó angustiado. Sentía tristeza y desazón. Necesitaba algo que ni él mismo sabía bien qué era. Llovía, el cielo estaba gris y el viento castigaba los árboles. Salió de su casa sin rumbo fijo y de repente se encontró, casi sin saber cómo, en el puerto. Se detuvo a mirar como navegaban aquellos barcos que habían transportado sus sueños de niño y una lágrima se confundió con las gotas de lluvia.

Un impulso desconocido lo arrojó dentro de una embarcación y se encontró rogándole al dueño que lo llevase a navegar. – No es día para navegar – dijo el dueño del barco. – Sólo unos minutos, se lo ruego – insistió Augusto. El dueño del barco accedió. Soltó amarras y en poco tiempo estaban en medio del río. Augusto fue feliz, luego de mucho tiempo y muchos años, fue feliz, pero no era un día para navegar y menos aún para cumplir sueños postergados. Dicen que los sueños jamás deben postergarse pues no se sabe en qué oportunidad pueden llegar a cumplirse. Cada vez llovía más y las ráfagas de viento no eran caricias, sino látigos. La embarcación se dio vuelta y los hombres nada pudieron hacer. El día siguiente, encontraron el cuerpo de Augusto flotando en el río. El viento rozaba su rostro, el agua salpicaba sus cabellos y una sonrisa podía entenderse en su expresión. El sol brillaba como nunca. En la proa de la embarcación, justo al lado del cuerpo de Augusto y como una burla del destino podía leerse un cartel de bronce que decía: “Mañana”.

Romance de la viuda enamorada

 
Siempre pegada a tu muro
y al filo de tus almenas;
siempre rondando el castillo
de tu amor; siempre sedienta
de una sed mala y amarga
de desengaño y arena.

¿Por qué te querré yo tanto?
¿Por qué viniste a mi senda?
¿Quién hizo brillar tus ojos
en la noche de mi pena?
¿Qué lluvia de mal cariño
quiso convertirme en yedra,
que va creciendo y creciendo
pegada a tu primavera?

¡Ay, qué montaña de amor
tengo sobre mi cabeza!
¡Ay, qué río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!

Yo estaba en mis campos hondos,
allí en Castilla la Vieja,
durmiéndome entre molinos
y coplas rubias de siega
y era mi vida una noria
monótona y polvorienta.

Mis hijos venían del campo
con sus camisas abiertas
y en el pulso de sus hombros
reclinaba mi cabeza.
Así, un día y otro día,
allí en Castilla la Vieja...

Una tarde (por los nardos
subía la primavera...)
una tarde vi tu sombra
que venía por la senda
dentro de un traje de pana,
tres vueltas de faja negra
y una voz dura y redonda
lo mismo que una pulsera.

-Buenas tardes, ¿Hay trabajo?
-Sí- te dije toda llena
de un escalofrío lento
que me sacudió las venas
y que me quitó de encima
diez años de vida muerta,
bordando en mi enagua oscura
una rosa dulce y tierna.

-Está bien- fueron tus gracias,
y, doblando la chaqueta,
te sentastes a mi lado
en el borde de la senda.

Vive este amor de silencio
y entre silencio se quema,
en una angustia de horas
y en un sigilo de puertas.
El pueblo ya lo murmura
en una copla que rueda
todo el día por el campo
y, de noche, en la taberna.

Dicen que si soy vïuda,
y sacan el muerto a cuestas;
dicen que si por mis hijos
me debía dar vergüenza...

Dicen, tantas cosas, tantas
que las paredes se llenan
de vidrios y maldiciones
y hasta a veces de blasfemias.

Mi hijo el mayor (veinte años,
dulce y moreno) con pena
me habló esta mañana: -Madre,
ese traje no te sienta,
ni esas flores, ni ese pelo,
ni ese pañuelo de hierbas...
Yo no me atreví a mirarlo
y me sentí muy pequeña,
como si fuese mi madre
la que hablándome estuviera.

-Por nosotros, tú no debes
vestirte de esa manera...

¡Ay, por vosotros! Os di
todo el trigo de mi era;
todavía de vosotros
mi cintura tiene huellas
¡Sangre mía que anda y vive
y a mí me va haciendo vieja!

¿Pero es que yo ya no tengo
derecho a querer? ¿Qué ciega
ley me prohíbe que al sol
deje mis rosas abiertas?
¿Y que me mire al espejo
y que me vista de fiesta
y que en mi jardín antiguo
florezca la primavera...?

¡Ay, qué montaña de amor
tengo sobre la cabeza!

¡Ay, qué río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!

¡Canten, hablen, cuenten, digan,
pueblo, niños, hombres, viejas,
que yo de tanto quererle
no sé si estoy viva o muerta!

¡Quiero y quiero y quiero y quiero!
Están en flor mis macetas;
cien ruiseñores heridos
cantan amor en mis venas
y me duele la garganta
y está mi voz hecha piedra
de tanto decir: "¡Te quiero
como a ninguno quisiera!"


Refranes

A canto de pájaro y a gracia de niño no invites a ningún amigo.
A canto de sirenas oídos de pescadores.
A capa vieja no le dan oreja.
A carne de lobo diente de perro.
A carne de lobo, hambre de can.
A carne dura, diente de perro.
A carne mala, buena salsa.
A carnero castrado no le tientes el rabo.
A casa de tu hermana, una vez a la semana.
A casa de tu hermano no irás cada verano.
A casa de tu tía, más no cada día.
A casa del amigo rico, irás siendo requerido, y a casa del necesitado, irás sin ser llamado.
A casa del cura, ni por lumbre vas segura.
A casa sinvergüenza, todo el mundo es suyo.
A casa vieja, portada nueva.
A catarro gallego, tajada de vino.
A cautela, cautela y media.
A celada de bellacos, más vale por los pies que por las manos.
A cena de vino, desayuno de agua.
A clérigo hecho fraile, no le fíes tu comadre.
A comer, sé tu el primero; a pelear, el postrero.
A como come el mulo, caga el culo.
A consejo ido, consejo venido.
A consejo ruin, campana de madera.
A cordero extraño no agasajes en tu rebaño.
A cualquier dolor, paciencia es lo mejor.
A cualquiera se le muere un tío.
A cuenta de los gitanos, roban muchos castellanos.
A cuenta del tío rico trabajaba Perico
A dineros pagados, brazos quebrados.
A Dios de rodillas, al rey de pie, y al demonio en el canapé.
A Dios rogando y con el mazo dando.
A Dios y a su altar, lo mejor has de dar.
A Dios, llamaron tú.
A Dios, lo mejor.
A Dios, nada se le oculta.
A donde entra mucho vino todos los vicios hacen camino.
A donde las dan, allí las toman.
A donde se cree que hay chorizos, no hay clavos donde colgarlos.
A donde te duele, ahí te daré.
A dónde vas a ir que más valgas.
A donde vas bien A donde más se tiene.
A dos días buenos, cientos de duelos.
A embestida de hombre fiero, pies, para que os quiero!
A enemigo que huye, puente de plata.
A enfermedad ignorada, pocas medicinas y a estudiarla.
A escote nada es caro.
A ese precio, no habría ya vara en la tienda.
A espalda vuelta, no hay respuesta.
A fácil perdón, frecuente ladrón.
A falta de caballos, troten los asnos.
A falta de corazón, buenas las piernas son.
A falta de faisán, buenos son rábanos con pan.
A falta de gallina, bueno es caldo de habas.
A falta de hechiceros lo quieren ser los gallegos.
A falta de hombres buenos, a mi padre hicieron alcalde.
A falta de manos, buenos son pies.
A falta de olla, pan y cebolla.
A falta de pan, buenas son tortas.
A falta de trigo, venga centeno.
A falta de vaca, buenos son pollos con tocino.
A falta vieja, vergüenza nueva.
A feria vayas que más valgas.
A ferias y fiestas, con pollinos y mujeres ajenas.
A fin de año, remienda tu paño.
A flores nuevas, afeite perdido.
A fortuna adversa no hay casa enhiesta.
A fuego y a boda va la aldea toda.
A fuerza de constancia y fina intriga, un elefante desfloró a una hormiga.
A fuerza de duros caen los más fuertes muros.
A fuerza de martillar, el herrador deja de herrar.
A fuerza de probaturas perdió el virgo la Juana.
A fullero viejo, flores nuevas.
A galgo mojado, liebre enjuta.
A galgo viejo echadle liebre y no conejo.
A gallego pedidor, castellano tenedor.
A gata vieja, rata nueva.
A gato escaldado una vez nomás lo atrapan.
A golpe dado no hay quite.
A golpe de mar, pecho sereno.
A gracias de niño y canto de pájaros, no convides a tu amigo.
A gran arroyo, pasar postrero.
A gran calva, gran pedrada.
A gran pecado, gran misericordia.
A gran solicitud, gran ingratitud.
A gran subida, gran caída.
A grandes cautelas, otras mayores.
A grandes males, grandes remedios.
Si, quiero que entres en mis sueños,
en mi tienes un lugar;
te abro las puertas de mi alma,
deseo te puedas quedar.

...En mi instala los besos
en el mas bello rincón,
toma de mi los que quieras,
quiero llenarte de amor.

Yo necesito tus brazos,
me hace falta tu calor,
tómame y aprieta fuerte
y así dame de tu amor.

Sueños de hadas,
lírica en flor,
universos de esperanzas,
arco iris de color,
presenciando nuestro amor.

Juego, me río, te toco,
tu me haces ser así.

Caigo en ti y así te beso,
deseo hacerte feliz.

Si deseas ten mis manos
quédate aquí junto a mi.

Una ternura y te salvo,
quiero que seas para mi.

Magia en mi alma,
gran sensación,
muchas hadas de colores
presenciando mi ilusión.

Lluvia de besos,
canción de amor,
yo quiero entrar en tu vida,
déjame ser tu pasión.

Sueños y versos,
así es mi amor,
bailemos bajo la luna,
quiero ser siempre tu amor.

Duende del Bosque 

Enya