dijous, 24 de març de 2011

La caricia perdida


Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me reconocerás?

Alfonsina Storni 

 

Pedro Calderón de la Barca

PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
(1601-1681)

Nació en Madrid, el 17 de enero de 1600. Ángel Valbuena Prat, ante la falta de datos biográficos de este autor, dice que constituye “La biografía del silencio” y Menéndez Pelayo, agrega: “Vivió casi entero el Siglo XVII y es el autor que más fielmente lo personifica en su cultura”.
Estudió en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, en Madrid, y luego, en la Universidad de Salamanca.
Todavía se suceden las opiniones de aceptación y rechazo de parte de la crítica, acerca de acciones violentas y un homicidio, atribuidos a Calderón, en defensa de un hermano suyo, como asimismo un hipotético viaje a Flandes, y algunas acciones militares en España.
En 1651 se ordenó Sacerdote.
Su obra, perteneciente al barroco español, fue editada durante su vida, en cinco etapas, en los años 1637, 1664, 1672 y 1677.
En 1681, envió al Duque de Veragua una carta en la cual menciona ciento diez obras. Hoy se reconocen como suyas, ciento veinte comedias, ochenta autos sacramentales y veinte piezas menores, entre sainetes, jácaras, entremeses y loas.
En sus obras teatrales hubo mucho cuidado de la técnica, con una acción central casi siempre acompañada de un episodio secundario que se entremezcla con el primero, haciendo difícil la comprensión.
Sus numerosos autos sacramentales son representaciones piadosas, donde concretiza los conceptos y abstracciones. La gracia es una dama de radiante belleza, igual que la justicia y la inocencia. La lascivia baila engalanada con sedas rojas, el entendimiento y el albedrío discuten con la mentira y el engaño. Los valores intelectuales toman así cuerpo, voz y gesto. Son ejemplos de este género: “La cena del rey Baltasar”, “Mística y real Babilonia”, “¿Quién hallará mujer fuerte?”, “La viña del Señor”, “La nave del mercader”, “La serpiente de metal”, “El valle de zarzuela”, “El sacro Parnaso”, “La vida es sueño”y “Lo que va de hombre a Dios”.
En sus dramas religiosos, encontramos dos clases de protagonistas:
Los criminales, no faltos de fe, sino entregados a todo tipo de vicios, pecados, crímenes y delitos, generalmente en contra de los valores sociales, pero por razones nobles. En algún momento son tocados por la Gracia Divina y obtienen la conversión. Son ejemplos de lo expuesto, “El purgatorio de San Patricio”, “La devoción de la Cruz”, “La fianza satisfecha”, “Caer para levantar” y “El esclavo del demonio”.
Por otro lado, hallamos los filósofos paganos, que iluminados por su razón desconfían del politeísmo, reconociendo al único Dios. Así sucede en “El José de las mujeres”.
En sus dramas filosóficos, dentro de los cuales su mayor exponente es “La vida es sueño”, se plantean temas como el del libre albedrío o la predestinación y las tensiones psicológicas.
Los dramas trágicos, como “Amar después de la muerte”, es un drama de venganza sobre un cuadro de puro amor. “El médico de su honra” es un cuadro de sombría inmolación en aras de un equivocado sentido de la honra. En “El mayor monstruo, los celos”, describe los furiosos celos de Herodes que, según Flavio Josefo, ordenó por dos veces dar muerte a su esposa Marienne, en caso de que él sucumbiese en su lucha contra Octavio y Marco Antonio. En toda la obra flota un espíritu semejante a la fatalidad griega. El horror se impone sobre los odios y amores de los protagonistas.
En “El Alcalde de Zalamea”, perfecciona el argumento de tres dramas de Lope de Vega: “Fuenteovejuna”, “Peribáñez” y “El mejor Alcalde, el rey”. Origina una situación dramática desarrollándola en un diálogo vivo y candente. Plantea un conflicto de honra, desde el punto de vista de la autoridad y la amistad, en un ambiente de diferentes posiciones sociales.
Entre sus comedias de intriga, podemos citar: “Mejor está que estaba” y “Peor está que estaba”, traducidas al inglés por Lord Bristol. También merecen nombrarse. “El astrólogo fingido”, “Guárdate del agua mansa”, “Casa con dos puertas mala es de guardar”, “Antes que todo es mi dama” y “la banda y la flor”.
En “la dama duende”, refiere las travesuras de Doña Ángela, viuda hermosa, joven y rica que vive en Madrid, en casa de sus hermanos, donde se aloja temporariamente un amigo de éstos, Don Manuel.
Falleció en Madrid, el 25 de mayo de 1681, mientras escribía sus últimos “Autos Sacramentales”, para la fiesta de Corpus Christi de aquel año.


Amistad



 Ser felices en la vida es lo más importante y lo mejor para crear felicidad es la amistad

Los amigos son como los taxis, cuando el tiempo se pone feo, es difícil encontrarlos

La esperanza en ocasiones, hace volverse loca a las personas.

Tener un amigo significa ser el quién soy, confiando del quién seré con el que está a mi lado.

La verdadera amistad es desinteresada, transparente y sincera.

Las minas van y vienen, los amigos no.

¿Qué es un amigo? Una sólo alma morando en dos cuerpos.

Amigos son ángeles que te dan alas cuando las tuyas no se acuerdan de cómo volar.

Para ser amigo del diablo no has de desear nada de él.

Amigos en la vida hay muchos, pero verdaderos solo unos pocos.

El amigo es aquel que aunque sople el viento no se mueve, que aunque no le trates bien ahí se queda, que aunque te enfades, a pesar de ello, siga regalándote una sonrisa cada día aunque las cosas se pongan feas.

Cuando tienes una amigo, lo tratas con respeto, cuando tienes un colega, abusas en exceso

La amistad es tener a alguien con quien compartir el cielo.

Las amigas que se quieren se hieren con la verdad para no destruirse con la mentira...

La verdadera amistad nace cuando desaparece el interés.

La Amistad es como el mar, puede verse el principio pero nunca el final.

La amistad es virtud o esta acompañada de ella y la mueve hacia la Belleza.

No le eches el ramo al muerto, sino la flor al vivo.

No busques un amigo para matar las horas, búscale con horas para vivir.

La amistad es como un lucero, que siempre da luz al cielo.

Los amigos no existen, existen las amistades.

Un amigo es aquel que, sin precedentes, no se deja llevar por comentarios de la gente, es algo incondicional.

La cueva de la mora


Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.

Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.

Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.

Sin embargo, uuna tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo,renuncié a subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era un subterráneo abierto a pico.

No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.

Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.

Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.

Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.

—¡Penetrar en la cueva de la Mora! —me dijo, como asombrado al oír mi pregunta—. ¿Quien había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?

—¡Un ánima! —exclamé yo, sonriéndome—. ¿El ánima de quién?

— El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.

Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy a referir a mis lectores.

II

Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.

Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.

Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su estraña melancolía.

Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.

Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.

Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.

El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.

Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.

La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.

Algunas horas después comenzó el asalto.

El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.

Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.

El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su defensa.

Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.

Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.

III

Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo:

—¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!

Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras angustiosas:

—¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!

La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.

Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.

Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.

La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y, conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los labios, preguntó a la mora:

—¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo, salvarte conmigo?

La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.

Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

  Gustavo Adolfo Bécquer