dissabte, 30 de juliol de 2011

Un minuto..un segundo...una vida



El llanto del desierto


En cuanto llegó a Marrakech, el misionero decidió que todas las mañanas
daría un paseo por el desierto que comenzaba tras los límites de la ciudad.
En su primera caminata, vio a un hombre estirado sobre la arena,
con la mano acariciando el suelo y el oído pegado a tierra.
“Es un loco”, pensó.
Pero la escena se repitió todos los días, por lo que, pasado un mes,
intrigado por aquella conducta extraña, resolvió dirigirse a él.
Con mucha dificultad, ya que aún no hablaba árabe con fluidez,
se arrodilló a su lado y le preguntó:
- ¿Qué es lo que usted está haciendo?.
- Hago compañía al desierto, y lo consuelo por su soledad y sus lágrimas.
- No sabía que el desierto fuese capaz de llorar.
- Llora todos los días, porque sueña con volverse útil para el hombre
y transformarse en un inmenso jardín, donde se puedan cultivar
las flores y toda clase de plantas y cereales.
- Pues dígale al desierto que él cumple bien su misión -comentó
el misionero-. Cada vez que camino por aquí, comprendo mejor
la verdadera dimensión del ser humano, pues su espacio
abierto me permite ver lo pequeños que somos ante Dios.
Cuando contemplo sus arenas, imagino a las millones
de personas en el mundo que fueron criadas iguales,
aunque no siempre el mundo sea justo con todas.
Sus montañas me ayudan a meditar.
Al ver el Sol naciendo en el horizonte,
mi alma se llena de alegría, y me aproxima al Creador.
El misionero dejó al hombre y volvió a sus quehaceres diarios.
Cual no fue su sorpresa al encontrarlo a la mañana siguiente
en el mismo lugar y en la misma posición.
- ¿Ya transmitió al desierto todo lo que le dije? -preguntó-.
El hombre asintió con un movimiento de cabeza.
- ¿Y aún así continúa llorando?
- Puedo escuchar cada uno de sus sollozos.
Ahora él llora porque pasó miles de años pensando
que era completamente inútil, desperdició todo ese tiempo
blasfemando contra Dios y su destino.
- Pues explíquele que, a pesar de que el ser humano tiene una vida
mucho más corta, también pasa muchos de sus días
pensando que es inútil. Rara vez descubre la razón de su destino,
y casi siempre considera que Dios ha sido injusto con él.
Cuando llega el momento en que, finalmente,
algún acontecimiento le demuestra por qué y para qué ha nacido,
considera que es demasiado tarde para cambiar de vida,
y continúa sufriendo. Y, al igual que el desierto,
se culpa por el tiempo que perdió.
- No sé si el desierto me escuchará -dijo el hombre-
El ya está acostumbrado al dolor,
y no consigue ver las cosas de otra manera.
- Entonces vamos a hacer lo que yo siempre hago
cuando siento que las personas han perdido la esperanza.
Vamos a rezar.
Ambos se arrodillaron y rezaron; uno se giró en dirección a la Meca
porque era musulmán, el otro juntó las manos en plegaria
porque era católico. Cada uno rezó a su Dios,
que siempre fue el mismo Dios, aunque las personas insistieran
en llamarlo con nombres diferentes.
Al día siguiente, cuando el misionero retornó de su caminata matinal,
el hombre ya no estaba allí. En el lugar donde acostumbraba
a abrazar la arena, el suelo parecía mojado,
ya que había nacido una pequeña fuente. En los meses subsiguientes,
esta fuente creció y los habitantes de la ciudad
construyeron un pozo en torno a ella.
Los beduinos llaman al lugar “Pozo de las Lágrimas del Desierto”.
Dicen que todo aquel que beba su agua conseguirá transformar
el motivo de su sufrimiento en la razón de su alegría ,
y terminará encontrando su verdadero destino.


Un cuento de Coelho que nos invita a reflexionar porque a veces no logramos ver más allá de nuestros problemas y encerrados nos negamos a ver la luz.


LA CABEZA DEL RAWÍ


LA CABEZA DEL RAWÍ
(Cuento oriental)

   I
¿Cuentos quieres, niña bella?
Tengo muchos que contar:
de una sirena de mar,
de un ruiseñor y una estrella,
de una cándida doncella
que robó un encantador,
de un gallardo trovador
y de una odalisca mora,
con sus perlas de Bassora
y sus chales de Lahor.
        
II
Cuentos dulces, cuentos bravos,
de damas y caballeros,
de cantores y guerreros,
de señores y de esclavos;
de bosques escandinavos
y alcázares de cristal;
cuentos de dicha inmortal,
divinos cuentos de amores
que reviste de colores
la fantasía oriental.
       
III
Dime tú: ¿de cuáles quieres?
Dicen gentes muy formales
que los cuentos orientales
les gustan a las mujeres;
así, pues, si eso prefieres
verás colmado tu afán,
pues sé un cuento musulmán
que sobre un amante versa,
y me lo ha contado un persa
que ha venido de Hispahán.
       
IV
Enfermo del corazón
un gran monarca de Oriente,
congregó inmediatamente
los sabios de su nación;
cada cual dio su opinión,
y sin hallar la verdad
en medio de su ansiedad,
acordaron en consejo
llamar con presura a un viejo
astrólogo de Bagdad.
      
  V
Emprendió viaje el anciano;
llegó, miró las estrellas;
supo conocer en ellas
las cuitas del soberano;
y adivinando el arcano
como viejo sabidor,
entre el inmenso estupor
de la cortesana grey,
le dijo al monarca: —!Oh Rey!
Te estás muriendo de amor.
      
  VI
Luego, el altivo monarca,
con órdenes imperiosas
llama a todas las hermosas
mujeres de la comarca
que su poderío abarca;
y ante el viejo de Bagdad,
escoge su voluntad
de tanta hermosura en medio,
la que deba ser remedio
que cure su enfermedad.
       
VII
Allí ojos negros y vivos;
bocas de morir al verlas,
con unos hilos de perlas
en rojo coral cautivos;
allí rostros expresivos;
allí como una áurea lluvia,
una cabellera rubia;
allí el ardor y la gracia,
y las siervas de Circasia
con las esclavas de Nubia.
       
VIII
Unas bellas, adornadas
con diademas en las frentes,
con riquísimos pendientes
y valiosas arracadas;
otras con telas preciadas
cubriendo su morbidez;
y otras, de marmórea tez,
bajas las frentes y mudas,
completamente desnudas
en toda su esplendidez.

    IX
En tan preciada revista,
ve el Rey una linda persa
de ojos bellos y piel tersa,
que al verle baja la vista;
el alma del Rey conquista
con su semblante la hermosa,
y agitada y ruborosa
tiembla llena de temor
cuando el altivo Señor
le dice: —Serás mi esposa.
       
X
Así fue. La joven bella
de tez blanca y negros ojos,
colmó los reales antojos
y el Rey se casó con ella.
¿Feliz, dirás, tal estrella,
Emelina? No fue así:
no es feliz la Reina allí
la linda persa agraciada,
porque ella está enamorada
de Balzarad el rawí.
      
  XI
Balzarad tiene en verdad
una guzla en la garganta,
guzla dúlcida que encanta
cuando canta Balzarad.
Vióle un día la beldad
y oyó cantar al rawí;
de sus labios de rubí
brotó un suspiro temblante...
Y Balzarad fue el amante
de la celestial hurí.
       
XII
Por eso es que triste se halla
siendo del monarca esposa,
y el tiempo pasa quejosa
en una interior batalla.
Del Rey la cólera estalla,
y así le dice una vez:
—Mujer llena de doblez:
di si amas a otro, falaz.—

Y entonces de ella en la faz
surgió vaga palidez.
   
    XIII
—Sí —le dijo—, es la verdad;
de mi destino es la ley:
yo no puedo amarte, ¡Oh Rey!
porque adoro a Balzarad.—

El Rey, en la intensidad,
de su ira, entonces, calló;
mudo, la espalda volvió;
mas se vía en su mirada
del odio la llamarada,
la venganza en que pensó.
    
    XIV
Al otro día la hermosa
de parte de él recibió
una caja que la envió
de filigrana preciosa;
abrióla presto curiosa
y lanzó, fuera de sí,
un grito; que estaba allí
entre la caja, guardada,
lívida y ensangrentada
la cabeza del rawí.
    
    XV
En medio de su locura
y en lo horrible de su suerte,
avariciosa de muerte
ponzoñoso filtro apura.
Fue el Rey donde la hermosura,
y estaba allí la beldad
fría y siniestra, en verdad,
medio desnuda y ya muerta,
besando la horrible y yerta
cabeza de Balzarad.
     
  XVI
El Rey se puso a pensar
en lo que la pasión es,
y poco tiempo después
el Rey se volvió a enfermar.


Rubén Darío, 1884