divendres, 19 d’agost de 2011

Los portadores de sueños

 

En todas las profecías
está escrita la destrucción del mundo.
Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.
Pero los siglos y la vida
que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores,
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.
Desde pequeños venían marcados por el amor.
Detrás de su apariencia cotidiana
Guardaban la ternura y el sol de medianoche.
Las madres los encontraban llorando
por un pájaro muerto
y más tarde también los encontraron a muchos
muertos como pájaros.
Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas
y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos
por un invierno de caricias.


Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,
atacados ferozmente por los portadores
de profecías habladoras de catástrofes.
los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías
dijeron que sus palabras eran viejas
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua
en el corazón del hombre.
Los acumuladores de riquezas les temían
lanzaban sus ejércitos contra ellos,
pero los portadores de sueños todas las noches
hacían el amor
y seguía brotando su semilla del vientre de ellas
que no sólo portaban sueños sino que los
multiplicaban
y los hacían correr y hablar.
De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida
como también había engendrado
a los que inventaron la manera
de apagar el sol.
Los portadores de sueños sobrevivieron a los climas gélidos
pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias torrenciales
tuvieron algo que ver con esto.
La verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se ayudaban
en el arte de querer y en la defensa de la felicidad.
Eran felices en su mundo de azúcar y de viento
de todas partes venían a impregnarse de su aliento
de sus claras miradas
hacia todas partes salían los que habían conocido
portando sueños
soñando con profecías nuevas
que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores
y de que el mundo no tendría que terminar en la hecatombe.
Por el contrario, los científicos diseñarían
puentes, jardines, juguetes sorprendentes
para hacer más gozosa la felicidad del hombre.
Son peligrosos
—imprimían las grandes rotativas
Son peligrosos
—decían los presidentes en sus discursos
Son peligrosos
—murmuraban los artífices de la guerra.
Hay que destruirlos
—imprimían las grandes rotativas
Hay que destruirlos
—decían los presidentes en sus discursos
Hay que destruirlos
—murmuraban los artífices de la guerra.
Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las profecías
y por eso defendían su vida aún con la muerte.

Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches
y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche.
Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de sueños
que no pueden detener los traficantes de la muerte;
por doquier hay paquetes con grandes lazos
que sólo esta nueva raza de hombres puede ver
la semilla de estos sueños no se puede detectar
porque va envuelta en rojos corazones
en amplios vestidos de maternidad
donde piesecitos soñadores alborotan los vientres
que los albergan.
Dicen que la tierra después de parirlos
desencadenó un cielo de arcoiris
y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto
sabemos que la vida los engendró
para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

Gioconda Belli


La última carta

 
Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
juró estar viva a vuestro lado un día.

Cuando lleve esta carta a vuestro oído
el eco de mi amor y mis dolores,
el cuerpo en que mi espíritu ha vivido
ya durmiendo estará bajo las flores.

Por no dar fin a la ventura mía,
la escribo larga... casi interminable...
¡Mi agonía es la bárbara agonía
del que quiere evitar lo inevitable!

Hundiéndose al morir sobre mi frente
el palacio ideal de mi quimera,
de todo mi pasado, solamente
esta pena que os doy borrar quisiera.

Me rebelo a morir, pero es preciso...
¡El triste vive y el dichoso muere!...
¡Cuando quise morir, Dios no lo quiso;
hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!

¡Os amo, sí! Dejadme que habladora
me repita esta voz tan repetida;
que las cosas más íntimas ahora
se escapan de mis labios con mi vida.

Hasta furiosa, a mí que ya no existo,
la idea de los celos me importuna;
¡juradme que esos ojos que me han visto
nunca el rostro verán de otra ninguna!

Y si aquella mujer de aquella historia
vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,
aunque os ame, gemid en mi memoria;
¡yo os hubiera también amado tanto!...

Mas tal vez allá arriba nos veremos,
después de esta existencia pasajera,
cuando los dos, como en el tren, lleguemos
de vuestra vida a la estación postrera.

¡Ya me siento morir!... El cielo os guarde.
Cuidad, siempre que nazca o muera el día,
de mirar al lucero de la tarde,
esa estrella que siempre ha sido mía.

Pues yo desde ella os estaré mirando;
y como el bien con la virtud se labra,
para verme mejor, yo haré, rezando,
que Dios de par en par el cielo os abra.

¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante
que os cita, cuando os deja, para el cielo!
¡Si es verdad que me amasteis un instante,
llorad, porque eso sirve de consuelo!...

¡Oh Padre de las almas pecadoras!
¡Conceded el perdón al alma mía!
¡Amé mucho, Señor, y muchas horas;
mas sufrí por más tiempo todavía!

¡Adiós, adiós! Como hablo delirando,
no sé decir lo que deciros quiero.
Yo sólo sé de mí que estoy llorando,
que sufro, que os amaba y que me muero.
 
Ramón de Campoamor 
 

Salto del Angel (Venezuela)


En los años veinte, un piloto norteamericano de nombre Jimmy Ángel acompañó a un buscador de oro hasta los mismos límites venezolanos del Bosque del Amazonas. Su búsqueda fue inútil, pero en su lugar descubrió la que demostró ser la mayor cascada del mundo, y le puso su nombre: Salto del Ángel.
        Los indios la veneran como hogar de su dios porque Churruvena, como la llaman ellos, desciende del paraíso. Su altura está cifrada en 979 metros, aunque también suele mencionarse 1002 o incluso 1054 metros. En cualquier caso, supera ampliamente a la segunda en altura, el salto de Tugela en Sudáfrica, con 948 metros.
 
Se encuentra en el estado de Bolívar, al sureste de Venezuela, dentro del Parque Nacional de Canaima, sexto del mundo en extensión. La vegetación y fauna del Parque son de las más antiguas del mundo, y los yacimientos minerales incluyen minas de oro y diamantes. Aquí, el Salto del Angel comparte protagonismo con los impresionantes Tepuyes, inmensas torres de piedra arenisca formadas por la erosión durante 180 millones de años. El más alto es el Auyantepuy, o Montaña del Infierno, con 2560 metros. Cualquier intento de avistar el Salto parte de Canaima, adonde suele llegarse por avión para evitar largos y costosos viajes en barco o por tierra.
Desde allí puede tenerse una perspectiva aérea de la cascada volando en una avioneta si el día es despejado, lo que además permitirá apreciar la belleza y magnitud de los Tepuyes. A nivel del suelo, la alternativa es remontar los ríos en las lanchas que se dirigen al lugar.
En el aeropuerto de Canaima se cobran 2000 bolívares por la entrada en el Parque Nacional, y desde el primer instante se disfruta de un paraje incomparable. Desde la arenosa playa del lago, se pueden ver al otro lado tres grandes cascadas, Ucaima, Golondrina y Hacha, que adelantan el espectáculo de que podemos disfrutar más tarde.

En el mismo aeropuerto suele haber representación de varias compañías turísticas ofreciendo rutas al Salto del Angel. Desde allí, el viaje puede durar tres días, y costar unos 25.000 bolívares en pensión completa. Solo funcionan cuando el nivel del río permite la navegación, normalmente entre mayo y diciembre.

Cruzando el lago se llega, en media hora de marcha por la selva, hasta el Salto El Sapo. Con la precaución de ayudarse con la cuerda dispuesta a tal efecto, puede tenerse la incomparable experiencia de caminar bajo la misma cascada, atravesando el túnel que forma la caída del agua.         
    Ascendiendo hasta la parte superior del río puede tomarse otro bote que en veinte minutos arriba en Mayupa. Para evitar los peligrosos rápidos, se caminan tres kilómetros hasta retomar la navegación en el río Carrao y remontarlo durante hora y media hasta Isla Orquídea, donde se hace noche.

De nuevo por el río Carrao y el Churun durante tres horas, la navegación conduce a Isla Ratoncito, que muestra ya una primera imagen del Salto del Ángel. Atravesando a pie la selva durante una hora se llega por fin al mirador de la cascada.

Desde un kilómetro de altura, el agua cae estruendosamente convirtiéndose en finas gotas que el viento arrastra empapándolo todo. La altura del Salto del Ángel es tan grande que apenas se puede apreciar en toda su magnitud, pero que no deja lugar a dudas sobre su grandeza.

Esta es la casa de los dioses.