diumenge, 27 de febrer de 2011

Momentos felices


Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican la alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que se siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así la muerte,
¿no es la felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es la felicidad lo que amanece?
Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte».
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

Gabriel Celaya



No era amor


No era amor. Fue otra cosa.
Pero según murmuran en la ciudad aquella,
yo cometí el delito de inventarme una estrella,
y fue tuyo el pecado de ofrecerme una rosa.

No era amor, no era eso, no era eso
que se enciende en la sangre como una llamarada;
era mirar tus ojos y no decirte nada,
o acercarme a tu boca sin codiciar un beso.

Tarde para mi hastío,
tarde para tu angustia de mariposa en vano,
eran como dos ciegos que se daban la mano,
como dos niños pobres, tu corazón y el mío.

Nada más. Ni siquiera
suspirar en la lluvia de una tarde vacía.
No era amor, fue otra cosa. No sé lo que sería.
Yo solo sé que es triste que nadie lo creyera. 


José Ángel Buesa





Acostumbrados


Nos acostumbramos a vivir en departamentos y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor.
Y porque no tiene vista, luego nos acostumbramos a no mirar para  afuera.
Y porque no miramos para afuera, luego nos acostumbramos a no abrir  del todo las cortinas.
Y porque no abrimos del todo las cortinas luego nos acostumbramos a encender más temprano la luz.
Y a medida que nos acostumbramos, olvidamos el sol, olvidamos el aire, olvidamos la amplitud.

Nos acostumbramos a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde.
A tomar café corriendo porque estamos atrasados.
A leer el diario en el ómnibus porque no podemos perder tiempo.
A comer un sándwich porque no da tiempo para almorzar.
A salir del trabajo porque ya es la noche.
A dormir en el ómnibus porque estamos cansados.
A cenar rápido y dormir pesados sin haber vivido el día.
Nos acostumbramos a esperar el día entero y oir en el teléfono: "hoy no puedo ir". "A ver cuando nos vemos" "La semana que viene nos juntamos".
A sonreir a las personas sin recibir una sonrisa de vuelta.
A ser ignorados cuando precisábamos tanto ser vistos.
Si el cine esta lleno nos sentamos en la primera fila y torcemos un  poco el cuello.
Si el trabajo esta complicado, nos consolamos pensando en el fin de  semana.
Y si el fin de semana no hay mucho que hacer, o andamos cortos de dinero, nos vamos a dormir temprano y listo, porque siempre tenemos sueño  atrasado.
Nos acostumbramos a ahorrar vida.
Que, de a poco, igual se gasta y que una vez gastada, por estar acostumbrados, nos perdimos de vivir.
Alguien dijo alguna vez:

"LA MUERTE ESTA TAN SEGURA DE SU VICTORIA,
QUE NOS DA TODA UNA VIDA DE VENTAJA"

El hombre y la mujer


El hombre piensa.
La mujer sueña. 


Pensar es tener cerebro.
soñar es tener en la frente una aureola.
 

El hombre es océano.
La mujer es lago.
 

El océano tiene la presencia que embellece.
El lago tiene la poesía que deslumbra.

EL hombre es el águila que vuela.
La mujer el ruiseñor que canta.

Volar es dominar el espacio.
Cantar es conquistar el alma.

El hombre tiene un faro: la conciencia.
La mujer una estrella: la esperanza.

El faro guía.
La esperanza salva.

En fin el hombre está colocado
donde termina la tierra.

La mujer donde comienza
el cielo.


Victor Hugo
 

Refranes (14)


Aprende a escuchar y sonríe al hablar si quieres agradar.
Aprende de maestro y vendrás a ser diestro.
Aprende llorando y reirás ganando.
Aprended a bien callar, para que sepáis bien hablar.
Aprendiz de muchas ciencias, maestro de mierda.
Aprendiz de mucho, maestro de nada.
Aprendiz que aprende mal, nunca será buen oficial.
Aprovechar bien la lumbre, es buena costumbre.
Aquel es hombre, que corresponde al nombre.
Aquel es tu amigo, el que te quita el ruido.
Aquel es tu hermano que te quita el trabajo.
Aquella es bien casada, que no tiene suegra ni cuñada.
Aquellos polvos traen estos lodos.
Aquí el que no corre vuela.
Aquí morirá Sansón y cuantos con él son.
Aquí paz y en el cielo gloria.
Aquí yace quien nació y murió, sin saber nunca para qué vivió.
Aquí, el más tonto hace relojes.
Ara bien; y cogerás trigo.
Ara con heladas, que matarás la grama.
Aramos, dijo la mosca, y estaba en el cuerno del buey.
Arando el buey en la loma, trabaja pa' que otro coma.
Araña muerta, visita cierta.
Árbol copudo da sombra, aunque no dé fruto.
Árbol que crece torcido jamás su tronco endereza.
Árbol que no arraiga no crece.
Árbol que no da fruto, pide sustituto.
Árbol que no frutea, bueno es para leña.
Árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán frutos y flores.
Árboles y hombres, por su fruto se conocen.
Arca cerrada con llave, lo que encierra no se sabe.
Arco en el cielo, agua en el suelo.
Arco iris al amanecer, agua antes del anochecer.
Arco iris al mediodía, llueve todo el día.
Arco iris, o pronto llueve o aclara en breve.
Arco por la tarde, buen tiempo aguardes.
Aremos, dijo la mosca al buey.
Arena y cal encubren mucho mal.
Armas y dineros buenas manos quieren.
Arrastrando, arrastrando, el caracol se va encaramando.
Arreboles al oriente, agua amaneciente.
Arriba canas y abajo ganas.
Arrieros somos y en el camino nos encontraremos.
Arrimar uno el ascua a su sardina.
Arroz pasado, arroz tirado.
Arte para lograr es el dulce hablar.
Aseada aunque sea jorobada.
Así come el mulo, así caga el culo.
Asna y pollino no llegan al molino.
Asno con hambre, cardos come.
Asno que entra en dehesa ajena, volverá cargado de leña.
Asno, juez y nuez, a golpes dan sus frutos.
Astucia e' zorro es mejor, que olfato e' buen cazador.
Ata bien y siega bajo, aunque te cueste trabajo.
Atajar al principio el mal procura, si llega a echar raíz, tarde se cura.
Atender y entender para aprender.
Aterriza que no hay tocón.
Atrás viene quien las endereza.
Atún de ijada y salmón, muchas cosas son.
Aullar contra el ciervo, perder voces y tiempo.
Aun el león se defiende de las moscas.
Aún está la pelota en el tejado.
Aún no asamos y ya pringamos.
Aún no ensillamos y ya cabalgamos.
Aún no eres bienaventurado si del pueblo no eres burlado.
Aun no es alcalde y ya quiere comer de balde.
Aún no es parida la cabra y ya el cabrito mama.
Aún no ha nacido el niño y ya lo queremos casar.
Aún no ha salido del cascarón y ya tiene espolón.
Aún queda el rabo por desollar.
Aunque callo, irse han los huéspedes y comeremos el gallo.
Aunque digas y no hagas, haz y no digas.
Aunque el águila vuela muy alta, el halcón la mata.
Aunque el hombre sea de bronce, no le quites el trago de las once.
Aunque el tonto coja la vela, ésta se apaga y el tonto queda.
Aunque esté echado el cerrojo, duerme con un solo ojo.
Aunque estén sin legañas a veces los ojos engañan.
Aunque la bolsa esté exhausta, el día de gastar se gasta.
Aunque la dulzura halaga, la mucha miel empalaga.
Aunque la garza vuela muy alta, el halcón la mata.
Aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión.
Aunque la lima mucho muerde, alguna vez se le quiebra el diente.
Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Aunque las sillas hayan cambiado, los asnos siguen siendo los mismos.
Aunque mucho suena, sólo echa aire la trompeta.
Aunque no nos hablemos, bien nos queremos.
Aunque soy tosca, bien veo la mosca.
Aunque te veas en alto, no te empines, porque es condición de ruines.
Aunque tengo malas piernas, bien visito las tabernas.
Aunque visto de lana, no soy oveja.
Aurora rubia, o viento o lluvia.
Ausencia al más amigo, pronto lo pone en olvido.
Avaricia de tío, hacha de sobrino.
Ave por ave, el carnero si volare.
Ave que vuela, a la cazuela.
Ave vieja, no está segura en jaula nueva.
Ay de la casa donde no se hila!.
Ay de la casa donde no se hila!.
Ay del ay que al alma llega y en llegando allí se queda.
Ay, Jesús, que el rosario de mi compadre no tiene cruz.
Ayer entró rogando y hoy entra mandando.
Ayer putas y hoy comadres.
Ayudar al pobre es caridad; ayudar al rico, adular.
Ayunar para luego hartar, quita el mérito al ayunar.
Ayunen los santos, que no tienen tripas.
Azote de madre, ni rompe hueso ni saca sangre.
Azote y mordedura, mientras duele dura.


Cantares

 

Jorge Bucay




El tintero



En una pequeña ciudad hubo una vez un cuento vacío. Tenía un aspecto excelente, y una decoración impresionante, pero todas sus hojas estaban en blanco. Niños y mayores lo miraban con ilusión, pero al descubrir que no guardaba historia alguna, lo abandonaban en cualquier lugar.
No muy lejos de allí, un precioso tintero seguía lleno de tinta desde que hacía ya años su dueño lo dejara olvidado en una esquina. Tintero y cuento lamentaban su mala suerte, y en eso gastaban sus días.
Quiso el azar que una de las veces que el cuento fue abandonado, acabara junto al tintero. Ambos compartieron sus desgracias durante días y días, y así hubieran seguido años, de no haber caido a su lado una elegante pluma de cisne, que en un descuido se había soltado en pleno vuelo. Aquella era la primera vez que la pluma se sentía sola y abandonada, y lloró profundamente, acompañada por el cuento y el tintero, que se sumaron a sus quejas con la facilidad de quien llevaba años lamentándose día tras día.
Pero al contrario que sus compañeros, la pluma se cansó enseguida de llorar, y quiso cambiar la situación. Al dejar sus quejas y secarse las lágrimas, vio claramente cómo los tres podían hacer juntos mucho más que sufrir juntos, y convenció a sus amigos para escribir una historia. El cuento puso sus mejores hojas, la tinta no se derramó ni un poco, y la pluma puso montones de ingenio y caligrafía para conseguir una preciosa historia de tres amigos que se ayudaban para mejorar sus vidas.
Un joven maestro que pasaba por allí triste y cabizbajo, pensando cómo conseguir la atención de sus alumnos, descubrió el cuento y sus amigos. Al leerlo, quedó encantado con aquella historia, y recogiendo a los tres artistas, siguió su camino a la escuela. Allí contó la historia a sus alumnos, y todos se mostraron atentos y encantados.
Desde entonces, cada noche, pluma, tintero y cuento se unían para escribir una nueva historia para el joven profesor, y se sentían orgullosos y alegres de haber sabido cambiar su suerte gracias a su esfuerzo y colaboración.