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dimecres, 31 d’agost del 2011

La ratonera

 
Cierto día un ratón, dispuesto a salir de su agujero en la pared, observó a los dueños de la casa, un granjero y su mujer, como se apresuraban para abrir un paquete que le habían enviado.

El ratoncito sintió una gran curiosidad por el contenido de dicho paquete y allí escondido se quedó mirando.

Quedó aterrorizado cuando descubrió el contenido, ya que era ¡¡una ratonera!!.

Corrió todo lo que pudo y salió de la casa gritando para advertir a todos los animales de la granja:

.-¡¡¡Hay una ratonera en casa, una ratonera, una ratonera!!!.

La gallina que estaba cacareando y picando algún que otro grano de trigo, levantó la cabeza muy tranquilamente y dijo:

.-Discúlpeme Sr. ratón. Yo entiendo que es un gran problema para usted y que se pueda poner muy nervioso, pero el problema es suyo y no entiendo el escándalo que está montando, a mí una ratonera no me perjudica para nada, vamos que no me importa...

El ratón viendo que en el corral no le hacían caso, se dirigió a un cordero que se encontraba tranquilamente saciando su sed y le dijo:

.-¡¡¡Hay una ratonera en casa, una ratonera, una ratonera!!!.

.-Discúlpeme Sr. ratón, usted con esos gritos me había asustado, no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que será recordado en mis oraciones.

El ratón se dirigió entonces a la vaca que se encontraba pastando y la señora vaca le dijo:

.-Pero ¿acaso yo estoy en peligro?. Pienso que no, es más ... estoy segura que no, ni ahora ni nunca...

Entonces el ratón volvió a casa, preocupado y abatido. Se metió en su boquetillo y pensó que tendría que andarse con muchísimo cuidado y afrontar el problema el solo.

Aquella noche, de pronto, se escuchó un gran barullo... como el de una ratonera atrapando a su víctima.

La mujer del granjero corrió para ver lo que la ratonera había atrapado. En la oscuridad de la noche, ella no vio que la ratonera atrapó la cola de una cobra venenosa, y la cobra mordió a la mujer.

El granjero la llevó inmediatamente al hospital. Ella volvió con mucha fiebre y su marido decidió hacerle un buen caldo para mejorarla. El, cogió su hacha y se dirigió al corral para hacerse con el ingrediente principal de la sopa: la gallina.

Como la enfermedad de la granjera continuaba y no mejoraba, los amigos y vecinos fueron a visitarla. Para alimentarlos, el buen hombre decidió matar el cordero.

A los pocos días, la pobre mujer acabó muriendo y el granjero entonces, vendió la vaca para cubrir los gastos del funeral.

¿Sabéis quién se quedó sólo en la casa?
 
La próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que como no es tuyo, no le debes prestar atención ... piénsalo dos veces.
 


diumenge, 28 d’agost del 2011

Lágrimas de plata

Fue en un pueblo pequeño, bañado por la inmensidad del mar. Durante el día, el mar se alejaba de los habitantes del lugar para que pudieran hacer sus vidas con total normalidad, sin ser interrumpidos con el vaivén de sus olas. Durante la noche, se mostraba en toda su plenitud. Sus aguas crecían e inundaban parte del pueblo (aunque los ciudadanos ni se inmutaban).

El mar pensaba que no era observado por los hombres, que podía hacer lo que quisiera. Podía llevar a sus arrecifes de corales hasta la orilla para que vieran lo que había en el exterior. Podía dejar que todos los animales que habitaban en ella salieran a pasear sin temor a ser pescados. Y no se equivocaba. Al menos, no del todo. Había alguien que durante la noche no descansaba. Se quedaba en vela sólo para ver esa actuación tan maravillosa de las olas.

Era la luna, que desde aquella distancia tan lejana se dejaba embriagar por el delicioso olor que desprendía el mar. Lo observaba todas las noches, sin que él lo supiera. Pero, sin darse cuenta… ¡Se enamoró de él!

“Dios… ¡Qué horror vivir un amor tan desafortunado! ¿Qué voy a hacer yo ahora, sin poder rozarle puesto que estoy muy lejos y sin ni siquiera poder explicarle que por él vivo y por él muero porque jamás me oirá?” Se lamentó la luna. Era tan grande el dolor que sintió, que las lágrimas brotaron de sus ojos como si de un diluvio se tratara. 

Sus lágrimas eran de plata y tenían poderes maravillosos. Cayeron sobre los campos y consiguió que la cosecha fuera magnífica todo el año. Cayeron sobre los ríos, y la sequía se acabó. Algunas de esas lágrimas, cayeron sobre el mar y lo dotó de una larga visión y de un afinado oído. Podía escuchar sonidos que estaban muy lejos de este planeta. ¡Tan lejos como estaba la luna!

“Qué lamento tan desagradable… ¿Quién estará llorando de esa manera? ¿Qué dolor tiene en sus adentros que le amarga tanto?” El mar miró hacia arriba y vio a la luna. Vio como las lágrimas de plata caían de sus tristes ojos.
-¿Por qué lloras, amiga luna? –Preguntó el mar.
-Pero… ¿acaso puedes verme? ¿Acaso puedes oírme? –Se extrañó la luna.
-Claro que sí. Ese lamento tan sentido se puede oír a miles de leguas de aquí. Pero dime, ¿qué te atormenta tanto, preciosidad de plata?
-El amargo sabor de tener que vivir un amor desafortunado. Un amor no correspondido.
-¿Con el sol? ¿Le has explicado tus sentimientos? Seguro que él también siente lo mismo por ti.
-No… Con el sol no. Es con alguien que está muy lejos de mí. Alguien que jamás podré rozar, que jamás podré besar, que jamás podré estar junto a él.
-Vaya… Entonces sí que es triste ese amor. Pero aún así, pienso que si no has hablado con él deberías hacerlo. Tal vez, te lleves una sorpresa.
-Tienes razón… ¡Eso voy a hacer ahora mismo! Ese amor que me trae por la calle de la amargura… Eres tú, mi amado mar. Te observo cada noche. Veo como te engrandeces cuando yo aparezco por encima del horizonte. Veo como tus olas llegan hasta casi las calles del pueblo. Veo los paseos de los peces, los juegos de los arrecifes… Te veo a ti. Veo cómo sonríes, cómo te muestras majestuoso ante la oscura noche. Y no he podido evitar enamorarme de ti y de tu grandeza.
-Pues sécate esas lágrimas. Sé perfectamente que me observas desde hace meses. Que te quedas todas las noches en vela para ver mis olas. Que suspiras por no estar cerca de mí… Lo sé todo. Yo sufro el mismo mal de amores. Cada noche, intento hacer un espectáculo nuevo para que tú sonrías, para que no dejes de estar enamorada de mí pese a la distancia. Y no sé si lo consigo…


Tras aquella larga conversación, el mar y la luna se juraron amor eterno. Cada noche, la marea del mar sube para que lo vea mejor su amada luna. Y cuando ves la furia del mar en alguna tempestad, es porque el mar está demostrándole todo su amor a la luna. Es entonces, cuando ellos hacen el amor. Alguna vez, cada mucho tiempo, la luna consigue bajar… Y llega a estar en el horizonte, justo encima del mar. Besos, caricias, abrazos, susurros enamorados, se dan en ese instante mágico. Aquello fue un amor verdadero. Y por suerte, hoy aún existe y siguen igual de enamorados que en aquellos tiempos remotos.”

dimarts, 9 d’agost del 2011

El moscardón y el maestro


El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.
        El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
        La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.
        El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.
        Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.
        En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.
        Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar  un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
        El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
        El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...
        El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez  del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.
       El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
        Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
    El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
        - Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.
        - ¿Por que lo dices? - contesto el primogénito.
        - Porque al lanzar ese tajo al moscardón no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.
    El otro hombre sonrió.
        - Cierto, ha escapado vivo. Pero no te equivoques... ya no podrá tener descendencia....

diumenge, 7 d’agost del 2011

El vendedor de consejos


Un hombre rico acostumbraba ir al mercado, comprar la mercancía y luego arreglárselas para que se la llevasen a su casa sin que le costase nada el transporte.

Un día compró una caja llena de loza, encontró a un portador y le propuso que en vez de la paga que le correspondiera, le daría tres consejos que le serían útiles toda la vida.

El portador, dominado por la curiosidad, aceptó el contrato, pensando que el dinero se lo podrían dar otros trabajos.

Así pues, se cargó a la espalda la caja y echó a andar. Después de un rato, sintiéndose aplastado por el peso, le dijo al hombre rico que le diese el primer consejo. Aquel respondió:

.-Si alguien te dice que la esclavitud es mejor que la libertad, no lo creas.

Entonces comprendió el portador que aquel hombre quería engañarle, pero siguió adelante para saber cuáles serían los otros consejos. Poco después y sólo para coger fuerzas, le pidió el segundo consejo. El hombre rico contestó esta vez:

.-Si alguien te dice que es mejor la pobreza que la riqueza, no lo creas.

El portador se enojó, porque eran cosas que sabía de sobra, pero ya estaban llegando a la casa, así es que le pidió el tercer consejo. El cara dura embrollón respondió:

.-Si alguien te dice que es mejor el hambre que la hartura, no lo creas.

Esto era demasiado para el pobre portador sudoroso y jadeante. Desesperado, descargó la caja de golpe haciendo que cayera estrepitosamente al suelo. A las protestas del explotador, respondió:

.-Si alguien te dice que queda todavía una taza intacta, no lo creas.



Quien te prodiga consejos
buscando el propio interés,
no lo dudes,
nunca es un amigo verdadero.
 
 

Leyenda de Aracne

Aracne era hija de Idmón un tintorero de la ciudad de Lidia, antigua región del Asia Menor.
La joven era muy famosa por tener gran habilidad para el tejido y el bordado.
Cuenta la leyenda que hasta las ninfas del campo acudían para admirar sus hermosos trabajos en tales artes.



Aracne era muy habilidosa y hermosa, pero tenía un excesivo orgullo que la llevó a jactarse de ser la mejor hilandera, mejor incluso que la propia Atenea, diestra tanto con la espada como con su propia aguja de bordar.
Aracne quería que su arte fuera grande por su propio mérito y no quería deberle sus habilididades y triunfos a nadie. Por eso, en un momento de inconciencia, retó a la diosa, quien por supuesto aceptó el reto.
Primero, se le apareció a la joven en forma de anciana y le advirtió que se comportará mejor con la diosa y le aconsejó modestia.
Aracne, orgullosa e insolente desoyó los consejos de la anciana y le respondió con insultos. Atenea montó en cólera, se descubrió ante la atrevida jovencita y la competencia inició.

En el tapiz de la diosa, mágicamente bordado se veían los doce dioses principales del Olimpo en toda su grandeza y majestad. Además, para advertir a la muchacha, mostró cuatro episodios ejemplificando las terribles derrotas que sufrían los humanos que desafiaban a los dioses.

Las Hilanderas de Velázquez

Por su parte, Aracne tejio una pieza de tapiz en la que se podian contemplar los amoríos deshonrosos de los dioses olimpicos, como el de Zeus y Europa, Zeus y Dánae, entre muchos más. La obra era tan perfecta que la diosa no pudo encontrar ningún defecto, pero Atenea encolerizada por el insulto hecho a los dioses, rompió el hermoso tapiz y luego se esañó con la orgullosa Aracne que aterrorizada prefirió atarse a una cuerda y colgarse a seguir soportando los golpes.

Pero la diosa se apiadó de ella convirtiendola en una araña que no paraba de tejer hermosas telas que brillaban con los rayos del sol.


divendres, 29 de juliol del 2011

La fábula de la tortuga


Las tortugas de agua dulce, durante muchas generaciones, habían vivido quietas, pegadas junto a las rocas, usando el mimetismo como medio de defensa contra la voracidad de los tiburones. Una tortuga muy joven veía pasar con recelo a las serpientes marinas haciendo arabescos en las corrientes internas para lanzar destellos de placer. El llamado era tan intenso que nuestro animal, con grandes esfuerzos, se desprendió de su caparazón y se fue a danzar con los alargados peces sintiendo ondulaciones de vida en lo que antes era su adormecido cuerpo. Las tortugas mayores, dando alaridos de horror, la persiguieron. “¡Descarriada, insensata: estas dando un mal ejemplo a las otras jóvenes!” Más el deseo de danzar era tan intenso que nadie pudo impedir que ella lo hiciera. “Si es así -dijeron las mayores- tenemos que protegerla. Si las nuevas generaciones siguen el ejemplo de esta tonta y quieren salir al mundo, que lo hagan, pero bien defendidas. ¡Nosotras sabemos, porque tenemos experiencia!” Obligaron a la libertina a cubrirse el cuerpo con una espesa malla de acero. Cuando quiso bailar, a causa del peso, en lugar de brillar en las corrientes como un prisma vivo, la joven tortuga se hundió en el légamo y pereció ahogada.
Si las tortugas mayores, en lugar de agobiar a la menor con defensas que correspondían a la antigua realidad mimética, le hubieran enseñado a adquirir la agilidad de las serpientes no sólo para danzar sino también para huir, cosa necesaria en la nueva realidad, ésta se hubiera salvado. Junto a las rocas, la mejor defensa es el lento disimulo, pero en las corrientes marinas se salva el pellejo por la velocidad.
La realidad social, al igual que el universo, está en constante expansión y cambio. Persistir en una situación y no avanzar, es retroceder, porque en un mundo cambiante, lo que no se transforma es lastre… muchas veces con el afán de "proteger" apartamos a muchas personas de la realidad y no les permitimos defenderse. Si la ayuda no corresponde a la realidad del medio, en lugar de salvar, hunde.
Cundo hablamos de cambio, no recomendamos “cambiar una cosa por otra” en el mismo nivel de conciencia. Nos referimos a una mutación profunda del espíritu. Expansión que no significa apoderarse de más, sino alejar nuestros límites, aquellos que impiden que vivamos a la altura de nuestros valores auténticos.

A.Jodorowski

dimarts, 26 de juliol del 2011

Gritos y Susurros


 Un día un sabio preguntó a sus discípulos lo siguiente:
- ¿Por qué la gente se grita cuando están enojados?
Los hombres pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma – dijo uno – por eso gritamos.
- Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado? – preguntó una vez más ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?
Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al maestro.
Finalmente él explicó: – Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro a través de esa gran distancia.
Luego preguntó: – ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.
Continuó: – Cuando se enamoran más aún, qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aún más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuan cerca están dos personas cuando se aman.
Luego el sabio concluyó: Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.


La Mariposa y la Estrella

Cuenta la leyenda que una joven mariposa, de cuerpo frágil y sensible volaba cierta tarde jugando con el viento, cuando vio una estrella muy brillante, y se enamoró.

Excitadísima, regresó inmediatamente a su casa, loca por contar a su madre que había descubierto lo que era el amor...

¡Qué tontería! Fué la fría respuesta que escuchó.
Las estrellas no fueron hechas para que las mariposas pudieran volar a su alrededor.

Búscate un poste, o una pantalla, y enamórate de algo así, para eso fuimos creadas.

Decepcionada, la mariposa decidió simplemente ignorar el comentario de su madre, y se permitió volver a alegrarse con su descubrimiento.

¡Qué maravilla poder soñar pensaba!

La noche siguiente la estrella continuaba en el mismo lugar, y ella decidió que subiría hasta el cielo y volaría en torno de aquella luz radiante para demostrarle su amor.

Fue muy difícil sobrepasar la altura a la cual estaba acostumbrada, pero consiguió subir algunos metros por encima de su nivel de vuelo normal. Pensó que si cada día progresaba un poquito, terminaría llegando hasta la estrella.

Así que se armó de paciencia y comenzó a intentar vencer la distancia que la separaba de su amor.
Esperaba con ansiedad la llegada de la noche, y cuando veía los primeros rayos de la estrella, agitaba ansiosamente sus alas en dirección al firmamento.

Su madre estaba cada vez más furiosa.

Estoy muy decepcionada con mi hija, decía. Todas sus hermanas, primas y sobrinas ya tienen lindas quemaduras en sus alas, provocadas por las lámparas.

Sólo el calor de una lámpara es capaz de entusiasmar el corazón de una mariposa: deberías dejar de lado estos sueños inútiles y conseguir un amor posible de alcanzar.
La joven mariposa, irritada porque nadie respetaba lo que sentía, decidió irse de la casa. Pero en el fondo, como, por otra parte, siempre sucede, quedó marcada por las palabras de su madre, y consideró que ella tenía razón.

Así, durante algún tiempo, intentó olvidar a la estrella y enamorarse de la luz de las pantallas de casas suntuosas, de las luces que mostraban los
colores de cuadros magníficos, del fuego de las velas que quemaban en las más bellas catedrales del mundo.

Pero su corazón no conseguía olvidar a la estrella, y después de ver que la vida sin su verdadero amor no tenía sentido, resolvió reemprender su itinerario en dirección al cielo.

Noche tras noche intentaba volar lo más alto posible, pero cuando la mañana llegaba, estaba con el cuerpo helado y el alma sumergida en la tristeza.

Entretanto, a medida que se iba haciendo mayor, pasó a prestar atención a todo cuanto veía a su alrededor.

Desde allá arriba podía vislumbrar las ciudades llenas de luces, donde posiblemente sus primas, hermanas y sobrinas ya habrían encontrado un amor.

Veía las montañas heladas, los océanos con olas gigantescas, las nubes que cambiaban de forma a cada minuto.

La mariposa comenzó a amar cada vez más a su estrella, porque era ella la que la impulsaba a conocer un mundo tan rico y hermoso. Pasó mucho tiempo y un buen día ella decidió volver a su casa.

Fue entonces que supo por los vecinos que su madre, sus hermanas, primas y sobrinas, y todas las mariposas que había conocido, habían muerto quemadas en las lámparas y en las llamas de las velas, destruidas por un amor que juzgaban fácil.

La mariposa, aun cuando jamás haya conseguido llegar hasta su estrella, vivió muchos años aún, descubriendo cada noche cosas diferentes e interesantes.
Y comprendiendo que, a veces, los amores imposibles traen muchas más alegrías y beneficios que aquellos que están al alcance de nuestras manos.

Paulo Coelho

 

dimarts, 5 de juliol del 2011


A buena altura sobre el bosque y ocultos detrás de la densa pantalla de las nubes, el sol y el viento seguían su discusión, que sostenían desde tiempo inmemorial, sobre cuál de ambos era más fuerte.
-¡Claro que lo soy yo! -insistió el sol-. Mis rayos son tan poderosos que puedo chamuscar la Tierra hasta reducirla polvo.
-Sí, pero yo puedo inflar mis mejillas y soplar hasta que se derrumben las montañas, se astillen las casas convirtiéndose en leña y se desarraiguen los grandes árboles del bosque.
-Pero yo puedo incendiar los bosques con el calor de mis rayos -dijo el sol -y yo, hacer girar la vieja bola de la Tierra con un solo soplo -insistió el viento.
Mientras estaban sentados disputando detrás de la nube, y cada uno de ellos profería sus jactancias, salió del bosque un granjero. Vestía un grueso abrigo de lana y tenía calado sobre las orejas un sombrero.
-¡Te diré lo que vamos a hacer! -dijo el sol-. El que pueda de nosotros dos arrancarle el abrigo de la espalda al granjero, habrá probado ser el más fuerte.
 -¡Espléndido! -bramó el viento y tomó aliento e hinchó las mejillas como si fueran dos globos.
Luego, sopló con fuerza… y sopló… y sopló. Los árboles del bosque se balancearon. Hasta el gran olmo se inclinó ante el viento cuando éste lo golpeó sin piedad. El mar formó grandes crestas en sus ondas, y los animales del bosque se ocultaron de la terrible borrasca.
El granjero se levantó el cuello del abrigo, se lo ajustó más y siguió avanzando trabajosamente.
Sin aliento ya, el viento se rindió desencantado. Luego, el sol asomó por detrás de la nube. Cuando vio la castigada tierra, navegó por el cielo y miró con rostro cordial y sonriente al bosque que estaba allá abajo. Hubo una gran serenidad y todos los animales salieron de sus escondites. La tortuga se arrastró sobre la roca que quemaba, y las ovejas se acurrucaron en la tierna hierba.
El granjero alzó los ojos, vio el sonriente rostro del sol y, con un suspiro de alivio, se quitó el abrigo y siguió andando ágilmente.
-Ya lo ves -dijo el sol al viento- A veces, quien vence es la dulzura.

FÁBULA ESOPO





dimecres, 15 de juny del 2011

LA FELICIDAD DE LAO TSÉ





Un político, un empresario y un intelectual visitaron al sabio Lao Tsé. Habían oído que era feliz. Al verle, los tres sintieron que su presencia emanaba armonía, paz y serenidad.

-“¿Acaso tienes poder sobre otros hombres?”, le preguntó el político.
Lao Tsé negó con la cabeza.
-“El único hombre del que soy dueño es de mí mismo”.
El empresario intervino:
-“¿Acumulas riquezas materiales?”.
El sabio volvió a negar.
-“Lo único que tengo son estas ropas que llevo puestas”.
El intelectual añadió:
-“¿Has alcanzado todo el conocimiento que los eruditos anhelan poseer?”.
Lao Tsé negó con la cabeza por tercera vez.
-“El único conocimiento que atesoro es el que me brinda mi experiencia”.
Desconcertados, los tres hombres preguntaron:
-“Y entonces, dinos: ¿cuál es la causa de tu felicidad?”.
El sabio sonrió: “La verdadera felicidad no tiene ninguna causa. Estoy vivo, y es lo único que necesito para ser feliz”.



dimarts, 14 de juny del 2011

La mariposa azul


Había un señor viudo que vivía con sus dos hijas, que eran muy curiosas e inteligentes. Las niñas siempre hacían muchas preguntas. A algunas de ellas él sabía responder, a otras no.

Como pretendía ofrecerles la mejor educación, mandó las niñas de vacaciones con un sabio que vivía en lo alto de una colina.

El sabio siempre respondía a todas las preguntas sin ni siquiera dudar. Impacientes con el sabio, las niñas decidieron inventar una pregunta que él no supiera responder.

Entonces, una de ellas apareció con una linda mariposa azul que usaría para engañar al sabio.

"¿Qué vas a hacer?" –preguntó la hermana.

"Voy a esconder la mariposa en mis manos y preguntarle al sabio si está viva o muerta"

"Si él dijese que está muerta, abriré mis manos y la dejaré volar. Si dice que está viva, la apretaré y la aplastaré. Y así, cualquiera que sea su respuesta, ¡será una respuesta equivocada!"

Las dos niñas fueron entonces al encuentro del sabio, que estaba meditando.

- "Tengo aquí una mariposa azul. Dígame, sabio, ¿está viva o muerta?"

Muy calmadamente el sabio sonrió y respondió:

"Depende de ti... Ella está en tus manos."


diumenge, 12 de juny del 2011

El sol y la luna


Cuando el Sol y la Luna se encontraron, se apasionaron perdidamente y a partir de ahí, comenzaron a vivir una gran amor.
Sucede que el mundo aún no existía y el día que Dios decidió crearlo, le dio un toque final...el brillo.
Quedó decidido también que el Sol iluminaría de día y la Luna de noche, siendo así estarían obligados a vivir separados.
Les invadió una gran tristeza cuando se dieron cuenta que jamás se encontrarían...
La Luna se sintió que cada vez más angustiada. A pesar del brillo dado por Dios, fue tornándose solitaria.
El sol a su vez, había ganado un título de nobleza:"ASTRO REY", pero tampoco lo hizo feliz.
Dios viendo ésto, los llamó y les explicó:- No deben estar tristes, ambos ahora poseen brillo propio. Tú Luna, iluminarás las noches frías y calientes, encontrarás a los enamorados y serás protagonista de hermosas poesías. En cuanto a tí, Sol, sustentarás ese título porque serás el más importante de los astros, iluminarás la Tierra durante el día, proporcionarás calor al ser humano, y tu simple presencia, hará felices a las personas.
La Luna, se entristeció mucho, más con su terrible destino y lloró amargamante y el Sol, al verla sufrir tanto, decidió que no podría dejarse abatir más, ya que tendría que darle fuerzas y ayudarla a aceptar lo que Dios había decidido.
Aún así, su preocupación era tan grande, que resolvió hacer un pedido especial a Dios:- Ayuda a la Luna por favor, es frágil, no soportará la soledad.
Y Dios en su inmensa bondad creó, entonces, las estrellas para hacer compañía a la Luna.
La Luna siempre que está muy triste, recurre a las estrellas, que hacen mucho para consolarla, pero... casi nunca lo consiguen.
Hoy, ambos viven así, separados.
El Sol, finge ser feliz...la Luna no consigue disimular su tristeza.
El sol arde de pasión por la Luna y ella vive en las tinieblas de la añoranza.
Dicen que la orden de Dios era que la Luna debería de ser Luna LLena, pero cuando es infeliz, es Menguante, entonces no es posible apreciar su brillo, porque es mujer, y una mujer tiene fases.
Luna y Sol, siguen su destino; él, solitario pero fuerte, ella acompañada de estrellas, pero débil.
Los hombres intentan constantemente conquistarla, como si eso fuese posible. Algunos, han llegado hasta ella, pero han vuelto siempre solos. Nadie jamás consiguió traerla hasta la Tierra.
Sucede que Dios decidió que nungún amor en este mundo, fuese del todo imposible, ni siquiera el del Sol y la Luna. Fue entonces que creó "el eclipse".
Hoy, Sol y Luna viven esperando ese momento, esos instantes que les fueron concedidos y que tanto cuesta que suceda.
Cuando mires hacia el cielo, a partir de ahora y veas que el Sol cubre a la Luna, es que se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. Es a ese acto de amor al que se le dio el nombre de "eclipse".
El brillo de su éxtasis es tan grande, que se aconseja no mirar al cielo en ese momento. Tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor.
Tú ya sabías que en la Tierra existían el Sol y la Luna...también que existe el eclipse...pero ésta es la parte de la historia que tú no conocÍas, no?

Autor Anónimo.

dimarts, 7 de juny del 2011

El abad y los tres enigmas

Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes.
Cada fraile tenía una misión diferente, así había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario, es decir había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad.
Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo.
Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes:
1º) Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
2º) Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
3º) ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
El abad regresó al monasterio y sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada, pensar sólo le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba.
Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol.
Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio le oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría como contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo.
Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta:
- Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
- Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol -contestó rápidamente el frailecillo- sólo tardaría veinticuatro horas.
El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta:
- Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
El frailecillo respondió sin dudarlo:
- Quince monedas de plata.
Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó:
- ¿Por qué quince monedas?
- Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad.
Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho.
Entonces realizó la tercera y última pregunta:
- ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
- Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas.

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diumenge, 24 d’abril del 2011

El puerco espín


Durante la era glacial, muchos animales morían por causa del frío. Los puerco-espines, percibiendo la situación, resolvieron juntarse en grupos, así se abrigaban y se protegían mutuamente, más las espinas de cada uno herían a los compañeros más próximos, justamente los que ofrecían más calor. Por eso decidieron alejarse unos de otros y comenzaron de nuevo a morir congelados. Entonces precisaron hacer una elección: o desaparecían de la Tierra o aceptaban las espinas de los compañeros.


Con sabiduría, decidieron volver a estar juntos. Aprendieron así a convivir con las pequeñas heridas que la relación con un semejante muy próximo puede causar, ya que lo más importante era el calor del otro. Y así sobrevivieron.


Moraleja:La mejor relación no es aquella que une personas perfectas, sino aquella donde cada uno aprende a convivir con los defectos del otro, y admirar sus cualidades.



Pinchudo, un puerco espín solitario

Pinchudo era un puercoespín muy bonito, sus púas o espinas eran de tres colores: blanco, amarillo y marrón. Era muy tranquilo, dormía de día y se mantenía despierto toda la noche. Como sus hábitos no eran los de los demás animalitos del bosque, no tenía amigos. Además, Pinchudo, como buen puercoespín, era un animal muy solitario.                 
 Al resto de los animalitos del bosque, por un lado les daba pena verlo tan solito, por el otro, tenían miedo de acercarse a él.                 
– A mi me gustaría acercarme, pero cuando él duerme yo estoy despierta y al revés – Decía una ardillita.                  
– ¡Eso es que no ponés voluntad mi hijita.  Por una noche que pases sin dormir no te va a pasar nada! – Contestó la lechuza.      

             – Ay que viva qué sos ¡Vos porque tampoco dormís! ¿Por qué no le das charla entonces?
–   ¿Estás loca? ¿A ver si me pincha un ojo y me lo agujerea?
–   ¿Entonces que me pinche a mi verdad? Se enojó la ardilla.
 Lo cierto era que nadie se acercaba a Pinchudo, pero él tampoco buscaba hacerse ningún amigo. El disfrutaba de su soledad, estaba acostumbrado y no le parecía mal. De vez en cuando, sólo de vez en cuando, sentía una pequeña necesidad de compartir algo con alguien.                    

Por otro lado, los demás animalitos del bosque no entendían realmente el comportamiento de Pinchudo. Si bien ellos no se le acercaban por temor a ser pinchados, se daban cuenta que el puercoespín tampoco les prestaba atención.                 
 – Algo hay que hacer- Dijo la lechuza, cansada de ver solito a Pinchudo. Como ella pasaba gran parte del tiempo con sus ojos abiertos, era la que más conocía los movimientos del puercoespín- Amigos hay que buscar la manera de acercarse a este pobre animal.                    

– ¿Qué pobre, ni pobre? Contestó una culebra – El tampoco nos da ni la hora y nosotros no nos sentimos mal por eso.                  
– La soledad no siempre es buena – dijo la lechuza, quien estaba decidida a lograr que Pinchudo tuviese amigos – Es verdad, no sabemos si él quiere ser nuestro amigo, pero nada cuesta con averiguarlo.        

La lechuza era por demás insistente. Cuando se le ponía algo en la cabeza, no había quien se lo quitara.    
               Ideó un plan para sacar a Pinchudo de su soledad. Todos los animalitos del bosque se turnarían para permanecer despiertos una noche cada uno y poder así acercase a Pinchudo.                   
El primer turno fue de la ardilla, quien a pesar de sus múltiples intentos de entablar conversación con el puercoespín, no tuvo éxito. Le contó dos cuentos, le ofreció unas cuántas nueces, pero aún así Pinchudo no mostró ningún interés.                 
 La noche siguiente fue el turno de la culebra, quien tampoco logró gran cosa. Como cantaba muy lindo, le cantó dos canciones. Esto sorprendió  mucho a Pinchudo, ya que no es común que una culebra cante, pero tampoco entabló conversación.                 
 Así pasaron varios animales y todos con el mismo resultado. Decepcionados, los animalitos creyeron que habían perdido la batalla por sacar Pinchudo de su soledad.
  -¡No está muerta quien pelea! Gritó la lechuza insistente- Hoy es mi turno y no me daré por vencida.                 

La pobre lechuza se la pasó chistando toda la noche, como Pinchudo parecía no escuchar, se acercó a él y lo miró fijamente más o menos por tres horitas, pero nada logró. Llegó la mañana  y la pobre estaba exhausta.                 
– No hay caso amigos – dijo muy triste – no hay nada que hacer a este bicho le gusta demasiado la soledad, qué lástima, ser pierde tantas cosas lindas….                 
 – Allá él entonces – dijo la ardilla mientras comía las nueces que el puercoespín no había aceptado. 

                 Sin embargo, el esfuerzo de estos animalitos no había sino inútil como ellos pensaban.                    
Esa noche, ningún habitante del bosque se turnó para sacar de su soledad a Pinchudo y por primera vez el puercoespín notó que algo le faltaba.                 
 Cierto era que nunca había necesitado demasiado la compañía de nadie, pero también lo era que a partir de las visitas de todos los animalitos Pinchudo conoció otra realidad.                    
En su momento no supo apreciar las nueces, ni los cuentos, tampoco las canciones de la culebra ni los ojos mirones de la lechuza, pero ahora que volvía  a estar solito se sintió diferente.                  
Su soledad nunca le había molestado pues así están acostumbrados a vivir todos los puercos espines, pero debía reconocer que un poco de compañía venía muy bien, aunque más no fuera de vez en cuando.                 
 

 Decidido a entablar amistad con sus compañeros, se acercó a ellos. Al verlo llegar, todos se sorprendieron. La mayoría retrocedió unos cuantos pasos por temor a ser pinchados, la lechuza abrió los ojos de tal manera que parecían estar ya fuera de su cabeza y a la ardilla se le cayeron las nueces de la boca.

   
Pinchudo les pidió disculpas y les explicó que realmente no estaba acostumbrado a necesitar compañía, pero que reconocía que, ahora que nadie se acercaba a él por la noche, había aprendido lo que era la verdadera soledad. Les dijo que hasta ese momento no le había molestado estar solo. Pues nunca había sabido lo que era tener un amigo, pero que ya no tenía ganas de seguir viviendo de la misma manera.                    
Por su parte, los animalitos también pensaron en todas las veces que, por miedo a pincharse, no se habían acercado al puercoespín.      
             La soledad puede tener distintos motivos: miedo, vergüenza o muchas otras cosas.  Puede disfrutarse a veces o puede hacer sufrir. Es importante aprender que hay quienes prefieren vivir más en soledad, pero eso no justifica dejar solo a alguien. Siempre, en algún momento de la vida de todos, la compañía y el afecto son necesarios.                 
 Así lo entendieron los animalitos del bosque y Pinchudo también. A partir de ese día, aunque no todos los días, alguien acompañaba al puercoespín durante la noche. Pinchudo había aprendido lo hermoso que es tener compañía, pero a su vez, seguía necesitando su espacio de soledad. Los animalitos por su parte, habían aprendido -en primera instancia- que no es bueno alejarse de alguien por temor y que está bien respetar que quienes tenemos a nuestro lado, a veces prefieran estar solo.                 
 Por eso, sólo algunas noches se escuchaban canciones cantadas a dúo por una culebra y un puercoespín, algunas otras un cuento contado por una ardilla a un atento Pinchudo que masticaba ricas nueces. Y, aunque esto no pasaba todas las noches, todos estaban contentos, ya nadie se temía, nadie estaba solito y todos respetaban las necesidades de los demás. 



dimarts, 22 de març del 2011

La esperanza de un sueño

Un pequeño gusanito caminaba un día en dirección al sol.
Muy cerca del camino se encontraba un chapulín. -Hacía dónde te diriges?, le preguntó.
Sin dejar de caminar, la oruga contestó: -Tuve un sueño, anoche soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.
Sorprendido, el chapulín dijo mientras su amigo se alejaba: -Debes estar loco!, Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? -Tú, una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse.
De pronto se oyó la voz de un escarabajo: -Hacía dónde te diriges con tanto empeño?
Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante: -Tuve un sueño y deseo realizarlo, subiré a esa montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo.
El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo: -Ni yo, con patas tan grandes, intentaría una empresa tan ambiciosa.
El se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros.
Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron a nuestro amigo a desistir. No lo lograrás jamás! -le dijeron-, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.
Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. -Estaré mejor, fue lo último que dijo, y murió.
Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo. Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.
Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos.
De pronto quedaron atónitos. Aquella concha dura comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta.
Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arcoiris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: Una mariposa.
No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría. Se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño, el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado.
Dios nos ha creado para realizar un sueño, vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremós.

El éxito de la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino.

dimecres, 16 de març del 2011

El secreto de la felicidad


He aquí la fábula más maravillosa sobre una niña huérfana que no tenía familia o persona alguna que la quisiera. Cierto día, mientras caminaba por la vera del río sintiéndose más triste y solitaria que de costumbre, observó una pequeña mariposa atrapada cruelmente en un espino. Cuando más luchaba por liberarse, más laceraba su frágil torso. Con delicadeza, la huerfanita liberó a la mariposa de su cautiverio. Esta, al verse libre, en vez de emprender el vuelo se convirtió en una bella hada. La jovencita no podía creer lo que veían sus ojos.
El hada bondadosa le dijo a la niña:
"Para agradecerte por tu maravilloso gesto, te concederé cualquier deseo".
La pequeña pensó un momento y le contestó:
"Deseo ser feliz!"
"De acuerdo", dijo el hada inclinándose para hablarle al oído, y acto seguido desapareció.
A medida que la pequeña fue creciendo, en toda la comarca no se encontraba una persona más feliz que ella. Todos deseaban conocer su secreto. Ella se limitaba a sonreir mientras decía: "Yo sólo escuché las palabras de un hada cuando era pequeña".
Cuando ya era anciana y estaba en su lecho de muerte, todos los vecinos se arremolinaron a su alrededor, deseosos de hacerse a su fórmula maravillosa de la felicidad antes de que muriera. "Por favor, cuéntanos", le rogaban, "cuéntanos lo que te dijo el hada".
La bella anciana sonrió y contestó:
Me dijo que cada persona, por más segura de sí misma que pareciera, o por más joven o vieja, rica o pobre que fuera, necesitaba de mí".
** Cuatro Secretos Para Ser Feliz **
Lo que más deseamos en la vida es la felicidad.
Pero en ocasiones saboteamos nuestros esfuerzos para alcanzarla.La felicidad no es un destino a donde se llega, sino es la manera de caminar por la vida.
Sin embargo, de manera extraña, en el trayecto podemos tropezar con dos problemas graves: algunos seres humanos tienen miedo de ser felices y muy pocos saben exactamente qué desean.




dilluns, 14 de març del 2011

El monje y la mujer




De camino hacia su monasterio, dos monjes budistas se encontraron con una bellísima mujer a la orilla de un rio. Al igual que ellos, quería ella cruzar el rio, pero éste bajaba demasiado crecido. De modo que uno de los monjes se la echó a la espalda y la pasó a la otra orilla.

El otro monje estaba absolutamente escandalizado y por espacio de dos horas estuvo censurando su negligencia en la observancia de la Santa Regla: ¿Había olvidado que era un monje? ¿Como se había atrevido a tocar a una mujer y transportarla al otro lado del rio? ¿Que diría la gente? ¿No había desacreditado la Santa Religión? Etcétera.

El acusado escuchó pacientemente el interminable sermón. Y al final estalló: "Hermano, yo he dejado a aquella mujer en el rio ¿Eres tú quien la lleva ahora?

Dice el místico árabe Abu Hassan Bushanja: "El acto de pecar es mucho menos nocivo que el deseo y la idea de hacerlo. Una cosa es condescender con el cuerpo en un placentero acto momentáneo y otra cosa muy distinta es que la mente y el corazón lo estén rumiando constantemente.
Cuando las personas no dejan de darles vueltas a los pecados de los demás, uno sospecha que esa insistencia les proporciona más placer que el pecado proporciona al pecador"


(otra versión)
Dos monjes estaban peregrinando de un monasterio a otro y durante el camino debían atravesar una vasta región formada por colinas y bosques.
Un día, tras un fuerte aguacero, llegaron a un punto de su camino donde el sendero estaba cortado por un riachuelo convertido en un torrente a causa de la lluvia. Los dos monjes se estaban preparando para vadear, cuando se oyeron unos sollozos que procedían de detrás de un arbusto. Al indagar comprobaron que se trataba de una chica que lloraba desesperadamente. Uno de los monjes le preguntó cuál era el motivo de su dolor y ella respondió que, a causa de la riada, no podía vadear el torrente sin estropear su vestido de boda y al día siguiente tenía que estar en el pueblo para los preparativos. Si no llegaba a tiempo, las familias, incluso su prometido, se enfadarían mucho con ella.
El monje no titubeó en ofrecerle su ayuda y, bajo la mirada atónita del otro religioso, la cogió en brazos y la llevó al otro lado de la orilla. La dejó ahí, la saludó deseándole suerte y cada uno siguió su camino.
Al cabo de un rato el otro monje comenzó a criticar a su compañero por esa actitud, especialmente por el hecho de haber tocado a una mujer, infringiendo así uno de sus votos. Pese a que el monje acusado no se enredaba en discusiones y ni siquiera intentaba defenderse de las críticas, éstas prosiguieron hasta que los dos llegaron al monasterio. Nada más ser llevados ante el Abad, el segundo monje se apresuró a relatar al superior lo que había pasado en el río y así acusar vehementemente a su compañero de viaje.
Tras haber escuchado los hechos, el Abad sentenció: "Él ha dejado a la chica en la otra orilla, ¿tú, aún la llevas contigo?".

Vivir en el pasado no deja que disfrutes del presente. 




diumenge, 27 de febrer del 2011

El tintero



En una pequeña ciudad hubo una vez un cuento vacío. Tenía un aspecto excelente, y una decoración impresionante, pero todas sus hojas estaban en blanco. Niños y mayores lo miraban con ilusión, pero al descubrir que no guardaba historia alguna, lo abandonaban en cualquier lugar.
No muy lejos de allí, un precioso tintero seguía lleno de tinta desde que hacía ya años su dueño lo dejara olvidado en una esquina. Tintero y cuento lamentaban su mala suerte, y en eso gastaban sus días.
Quiso el azar que una de las veces que el cuento fue abandonado, acabara junto al tintero. Ambos compartieron sus desgracias durante días y días, y así hubieran seguido años, de no haber caido a su lado una elegante pluma de cisne, que en un descuido se había soltado en pleno vuelo. Aquella era la primera vez que la pluma se sentía sola y abandonada, y lloró profundamente, acompañada por el cuento y el tintero, que se sumaron a sus quejas con la facilidad de quien llevaba años lamentándose día tras día.
Pero al contrario que sus compañeros, la pluma se cansó enseguida de llorar, y quiso cambiar la situación. Al dejar sus quejas y secarse las lágrimas, vio claramente cómo los tres podían hacer juntos mucho más que sufrir juntos, y convenció a sus amigos para escribir una historia. El cuento puso sus mejores hojas, la tinta no se derramó ni un poco, y la pluma puso montones de ingenio y caligrafía para conseguir una preciosa historia de tres amigos que se ayudaban para mejorar sus vidas.
Un joven maestro que pasaba por allí triste y cabizbajo, pensando cómo conseguir la atención de sus alumnos, descubrió el cuento y sus amigos. Al leerlo, quedó encantado con aquella historia, y recogiendo a los tres artistas, siguió su camino a la escuela. Allí contó la historia a sus alumnos, y todos se mostraron atentos y encantados.
Desde entonces, cada noche, pluma, tintero y cuento se unían para escribir una nueva historia para el joven profesor, y se sentían orgullosos y alegres de haber sabido cambiar su suerte gracias a su esfuerzo y colaboración.