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dimecres, 24 de setembre del 2014
La vasija rota
Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros.
Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba todo el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón, pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego, la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: “Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.”
El aguador, apesadumbrado, le dijo compasivamente: “Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.”
Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo del trayecto, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.
El aguador le dijo entonces: “¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todos los días las has regado y por dos años yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Madre. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza.”
Moraleja: Todos tenemos defectos, debilidades y cualidades y debemos sacar provecho de todos ellos, nunca debemos sentirnos menos o más que otros, porque todos tenemos una meta que cumplir, un trabajo que hacer. Cada uno de nosotros tiene sus propias grietas. Superarlas implica un trabajo personal profundo y comprometido.
diumenge, 24 d’agost del 2014
La leyenda del dedo anular
Hay una leyenda China que nos enseña el porque los dedos anulares tienen una función distinta dentro de las manos. Es algo interactivo, interesante y curioso, intenta hacerlo con tus propias manos y compruébalo.
Saben porque la Alianza es usada en el cuarto dedo?
Navegando
por la red me encontré esta curiosa leyenda china, de la que deriva la
costumbre occidentalizada de colocar el anillo de compromiso en el dedo
anular. Segun los chinos:
-Los pulgares representan a los padres.
-Los índices representan tus hermanos y amigos.
-El dedo medio te representa a ti mismo.
-El dedo anular (cuarto dedo) representa a tu pareja.
-El dedo meñique representa a los hijos.
-El dedo meñique representa a los hijos.
Te propongo que compruebes tu mismo el origen de esta leyenda. Para eso:
1. junta tus manos palma con palma
2. Después, une los dedos medios de forma que queden nudillo con nudillo axial como se muestra en la imagen de arriba.
1. junta tus manos palma con palma
2. Después, une los dedos medios de forma que queden nudillo con nudillo axial como se muestra en la imagen de arriba.
3. Ahora intenta separar de forma paralela tus pulgares (representan a los padres).
Notaras que se abren porque tus padres no están destinados a vivir contigo hasta el día de tu muerte, únelos de nuevo.
Notaras que se abren porque tus padres no están destinados a vivir contigo hasta el día de tu muerte, únelos de nuevo.
4. Ahora intenta
separar igual los dedos índices (representan a tus hermanos y amigos).
Notaras que también se abren porque ellos se van, y tienen destinos
diferentes como casarse y tener hijos.
5. Intenta ahora
separar de la misma forma los dedos meñiques (representan a tus hijos),
estos también se abren porque tus hijos crecen y cuando ya no te
necesitan se van, únelos de nuevo.
Finalmente, trata de separar tus dedos anulares (el cuarto dedo que representa a tu pareja, y donde colocamos el anillo) y te sorprenderás al ver que simplemente no puedes separarlos... eso se debe a que una pareja esta destinada a estar unida hasta el ultimo día de su vida y es por eso porque el anillo se usa en este dedo.
¿Lo hicistes?.. ¿Curioso verdad? -
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Leyendas
dijous, 15 de desembre del 2011
Los tres indios
Una vez, un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente. Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad.
El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.
El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol.
Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de la ofensa.
Nuevamente el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar.
También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando. Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores.
El hombre medio molesto pero ya mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su bronca. Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho".
El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo, era necesario darte tiempo para que lo descubrieras vos mismo".
dijous, 25 d’agost del 2011
Los amantes de teruel
Sucedió en el siglo XIII:
En un edificio a mitad de lo que hoy es la calle de los Amantes, vivía don Martín de Marcilla, descendiente de don Blasco de Marcilla, uno de los audaces capitanes que en 1171, con el permiso del rey Alfonso II conquistó la villa de Teruel a los musulmanes.
Don Martín estaba casado con doña Constanza Pérez Tizón y del matrimonio nacieron tres hijos: don Sancho, don Diego y don Pedro.
La familia Marcilla era muy importante en el Teruel de aquel entonces, pues el propio don Martín de Marcilla fue Juez de Teruel durante los años 1192 y 1193.
Poseían una gran hacienda, pero en 1208 quedó empobrecida a causa de una terrible plaga de langosta que asoló la comarca de Teruel.
Muy próxima a la casa de los Marcilla, en lo que siempre se le ha conocido como el edificio de Sindicatos, vivía la familia de don Pedro de Segura, que aunque de menos linaje y nobleza que los Marcilla, había prosperado más por su dedicación al comercio, llegando a ser una de las familias más ricas de Teruel.
El matrimonio Segura tenía una hermosa hija, Isabel de Segura, con la que Diego de Marcilla jugó desde niño y entabló una gran amistad durante su adolescencia.
Con el transcurso del tiempo y casi sin darse cuenta, los juegos y la amistad se fueron transformando en un juego de amor. Y por fin llegó el día en que Diego, sintiéndose plenamente enamorado de Isabel, le declaró su amor y su ardiente deseo de tenerla por compañera por toda la eternidad. Isabel, que compartía tales sentimientos, aceptó la proposición y ambos comenzaron a imaginar planes maravillosos sin que nada se interpusiera en su camino por el momento.
Así, enamorados, y de mutuo acuerdo, llegó el momento en que Diego, confiado y esperanzado, consideró necesario proponer sus pretensiones al padre de Isabel.
Don Pedro, sopesando las ventajas e inconvenientes de tal enlace, y comprendiendo que económicamente no le beneficiaba la alianza de su hija con el segundón de los Marcilla, se negó rotundamente, anteponiendo la riqueza a la nobleza y el interés material al amor desinteresado, puro y limpio.
El duro golpe y el menosprecio recibido por Diego truncó todas sus alegrías y esperanzas, pasando de la felicidad más pura a la desesperación extremada.
Comprendiendo que era imposible la terquedad del que podía haber sido su suegro y que el único camino que había para conseguir a su amada, era enriquecerse, decidió partir en busca de riquezas, luchando en la guerra contra el infiel. Y así se lo hizo saber a Isabel: “Volveré un día a Teruel cargado de gloria para conseguir tu mano, o bien moriré como buen vasallo en la lucha”.
Llegado el momento de partir, Isabel, con gran amargura, le confesó sus miedos al peligro, la soledad, la tristeza y a la ausencia de noticias de él.
Comprendiendo Diego que el sacrificio de su amada era injusto si él moría en el campo de batalla, propuso establecer un plazo de espera durante el cual se guardarían ambos fidelidad mutua.
De mutuo acuerdo fijaron un plazo de cinco años, agotados los cuales Isabel quedaba libre, para que de esta manera no agotase su vida estérilmente.
La despedida debió ser enternecedora, y sucedió en la primavera del año 1212, año en que Diego de Marcilla se dirigió a Zaragoza para unirse al ejército del rey de Aragón don Pedro II y comenzar así su calvario.
Entre tanto, triste y sola, se quedaba Isabel en Teruel, oteando día tras día los lejanos horizontes, esperando.
Los días fueron pasando, las esperanzas se perdían e Isabel desvanecía cual flor marchita; ni siquiera los regalos de su padre para levantarle el ánimo le alegraban el espíritu. Y bien que se preocupaba de saber de Diego mediante las gentes venidas de Castilla a las cuales escuchaba con ansiedad sus relatos, pero era inútil, pues nadie sabía darle razón de él. Imaginando lo peor, ya no preguntaba a combatientes regresados ni a viajeros y mercaderes, sólo rezaba por él en Santa María de Mediavilla, San Pedro o el Salvador.
Así transcurrieron los días y los años, hasta que un día su padre tomó la determinación de obligarla a aceptar los galanteos de un turolense rico e ilustre muy del agrado del padre: don Pedro de Azagra. Isabel daba largas al asunto, pero su padre insistía cada vez más en el enlace matrimonial.
Habían pasado ya cuatro años y tal era la insistencia del padre, que Isabel aceptó el deseo paterno, pero con la condición de que lo cumpliría tras agotarse el plazo de espera que había pactado con Diego.
Por fin llegó la boda, y se celebró el mismo día en que se cumplían los cinco años, y justo el día en que Diego regresaba victorioso y habiendo conseguido la fortuna deseada.
Era ya pasada la media tarde cuando Diego, montado a caballo, subía a galope tendido por la cuesta de la Andaquilla. Cruzó el portal de Daroca y se dirigió a casa de los Segura con intención de ver a su amada.
Al llegar a la puerta no salía de su asombro al ver tanta gente y semejante jolgorio. Acercándose a un grupo de jóvenes, preguntó por la causa de tal regocijo. Los jóvenes le informaron que se trataba de la boda de la hija de Don Pedro de Segura.
Amargura, dolor, rabia y pena es lo que sintió en aquel momento, pero aunque resentido ante tal ingratitud tomó la determinación de entrar para entrevistarse con Isabel y comprobar que efectivamente era cierta la noticia que acababa de recibir.
Se adentró en salas y estancias hasta encontrar a su amada. Ella al verle lo miró y tras leer en su mirada la acusación y el reproche, cayó desvanecida. Ya recuperada, pidió permiso a los presentes para retirarse a solas por unos momentos. Él la siguió disimuladamente hasta la alcoba nupcial y allí intercambiaron mutuos reproches. Diego le prometió marcharse para siempre de Teruel, a cambio lo único que le pedió fue un beso de despedida. Pero fue un beso que Isabel, fiel a su matrimonio, le negó por tres veces. Ante tal crueldad Diego cayó muerto a los pies de Isabel.
Aterrorizada y sobrecogida ante aquella muerte repentina, quedó inmóvil sin saber qué hacer. Al momento reaccionó, se acercó a Diego e intentó reanimarlo, pensando que bien podía tratarse de un desvanecimiento, pero fue inútil: Diego acababa de morir.
Dada la tardanza de Isabel, su marido fue a buscarla. Al entrar en la estancia, quedó atónito al ver el cadáver. Al reconocer el difunto consideró que no era conveniente que los invitados se percatasen del suceso, así que organizó su plan: cuando los invitados ya se habían marchado y la quietud y las sombras de la noche invadían la villa, tomó el cuerpo de Diego, lo sacó de casa de los Segura y lo dejó abandonado en un callejón cerca de la casa de los Marcilla, cual si de un invitado poseido por el alcohol se tratase.
Al amanecer el nuevo día, don Martín de Marcilla volvía a ver a su hijo tras cinco años de ausencia, pero… sin vida. Amargo momento para unos padres que después de cinco años de espera tenían que recibir la visita de su hijo en cuerpo inerte.
En casa de los Segura nadie daba crédito a lo sucedido, pues bien se encargaron Isabel y su marido de guardar silencio. Mientras tanto, Teruel, vestido de luto, acudía a casa de los Marcilla para expresar su condolencia.
Don Martín resolvió celebrar los funerales de su hijo en la iglesia de San Pedro, y allí, sobre un catafalco, y sin cubrir, fue depositado el cuerpo de Diego.
Isabel, presa de los remordimientos y agobiada por la angustia, tomó un manto, cubrió su rostro para no ser reconocida y se sumó a la comitiva.
Al llegar a la iglesia, tras clavar la mirada en el cadáver de su amado, atravesó la nave y, deseosa de reparar el mal causado, se dispuso a dar a Diego el beso que le negó en vida. Arrojándose sobre el cadáver, unió su boca a la de su amado, proporcionándole un beso intenso. Este fue su primer y último beso, pues con él acababa de exhalar en ese mismo momento su último aliento vital, toda vez que quedaba unida para siempre al hombre a quien tanto había amado y a quien no había podido unirse en vida.
Las personas más próximas intentaron apartarla creyéndola desmayada sobre el difunto, pero fue inútil, y mayor fue la sorpresa al comprobar que se trataba de Isabel de Segura.
Por indicación expresa de algún pariente respetado, se acordó enterrarlos juntos en la misma sepultura. Y así se hizo, se les dio sepultura en la capilla de San Cosme y San Damián de la Iglesia de San Pedro, donde en 1555 fueron halladas sus momias junto con un documento que atestiguaba el suceso.
Y esta es la sencilla y tierna historia de los Amantes de Teruel.
Sus momias podemos visitarlas todavía en el " Nuevo Mausoleo de Los Amantes", un edificio totalmente nuevo ubicado al lado mismo de la iglesia de San Pedro.
En un edificio a mitad de lo que hoy es la calle de los Amantes, vivía don Martín de Marcilla, descendiente de don Blasco de Marcilla, uno de los audaces capitanes que en 1171, con el permiso del rey Alfonso II conquistó la villa de Teruel a los musulmanes.
Don Martín estaba casado con doña Constanza Pérez Tizón y del matrimonio nacieron tres hijos: don Sancho, don Diego y don Pedro.
La familia Marcilla era muy importante en el Teruel de aquel entonces, pues el propio don Martín de Marcilla fue Juez de Teruel durante los años 1192 y 1193.
Poseían una gran hacienda, pero en 1208 quedó empobrecida a causa de una terrible plaga de langosta que asoló la comarca de Teruel.
Muy próxima a la casa de los Marcilla, en lo que siempre se le ha conocido como el edificio de Sindicatos, vivía la familia de don Pedro de Segura, que aunque de menos linaje y nobleza que los Marcilla, había prosperado más por su dedicación al comercio, llegando a ser una de las familias más ricas de Teruel.
El matrimonio Segura tenía una hermosa hija, Isabel de Segura, con la que Diego de Marcilla jugó desde niño y entabló una gran amistad durante su adolescencia.
Con el transcurso del tiempo y casi sin darse cuenta, los juegos y la amistad se fueron transformando en un juego de amor. Y por fin llegó el día en que Diego, sintiéndose plenamente enamorado de Isabel, le declaró su amor y su ardiente deseo de tenerla por compañera por toda la eternidad. Isabel, que compartía tales sentimientos, aceptó la proposición y ambos comenzaron a imaginar planes maravillosos sin que nada se interpusiera en su camino por el momento.
Así, enamorados, y de mutuo acuerdo, llegó el momento en que Diego, confiado y esperanzado, consideró necesario proponer sus pretensiones al padre de Isabel.
Don Pedro, sopesando las ventajas e inconvenientes de tal enlace, y comprendiendo que económicamente no le beneficiaba la alianza de su hija con el segundón de los Marcilla, se negó rotundamente, anteponiendo la riqueza a la nobleza y el interés material al amor desinteresado, puro y limpio.
El duro golpe y el menosprecio recibido por Diego truncó todas sus alegrías y esperanzas, pasando de la felicidad más pura a la desesperación extremada.
Comprendiendo que era imposible la terquedad del que podía haber sido su suegro y que el único camino que había para conseguir a su amada, era enriquecerse, decidió partir en busca de riquezas, luchando en la guerra contra el infiel. Y así se lo hizo saber a Isabel: “Volveré un día a Teruel cargado de gloria para conseguir tu mano, o bien moriré como buen vasallo en la lucha”.
Llegado el momento de partir, Isabel, con gran amargura, le confesó sus miedos al peligro, la soledad, la tristeza y a la ausencia de noticias de él.
Comprendiendo Diego que el sacrificio de su amada era injusto si él moría en el campo de batalla, propuso establecer un plazo de espera durante el cual se guardarían ambos fidelidad mutua.
De mutuo acuerdo fijaron un plazo de cinco años, agotados los cuales Isabel quedaba libre, para que de esta manera no agotase su vida estérilmente.
La despedida debió ser enternecedora, y sucedió en la primavera del año 1212, año en que Diego de Marcilla se dirigió a Zaragoza para unirse al ejército del rey de Aragón don Pedro II y comenzar así su calvario.
Entre tanto, triste y sola, se quedaba Isabel en Teruel, oteando día tras día los lejanos horizontes, esperando.
Los días fueron pasando, las esperanzas se perdían e Isabel desvanecía cual flor marchita; ni siquiera los regalos de su padre para levantarle el ánimo le alegraban el espíritu. Y bien que se preocupaba de saber de Diego mediante las gentes venidas de Castilla a las cuales escuchaba con ansiedad sus relatos, pero era inútil, pues nadie sabía darle razón de él. Imaginando lo peor, ya no preguntaba a combatientes regresados ni a viajeros y mercaderes, sólo rezaba por él en Santa María de Mediavilla, San Pedro o el Salvador.
Así transcurrieron los días y los años, hasta que un día su padre tomó la determinación de obligarla a aceptar los galanteos de un turolense rico e ilustre muy del agrado del padre: don Pedro de Azagra. Isabel daba largas al asunto, pero su padre insistía cada vez más en el enlace matrimonial.
Habían pasado ya cuatro años y tal era la insistencia del padre, que Isabel aceptó el deseo paterno, pero con la condición de que lo cumpliría tras agotarse el plazo de espera que había pactado con Diego.
Por fin llegó la boda, y se celebró el mismo día en que se cumplían los cinco años, y justo el día en que Diego regresaba victorioso y habiendo conseguido la fortuna deseada.
Era ya pasada la media tarde cuando Diego, montado a caballo, subía a galope tendido por la cuesta de la Andaquilla. Cruzó el portal de Daroca y se dirigió a casa de los Segura con intención de ver a su amada.
Al llegar a la puerta no salía de su asombro al ver tanta gente y semejante jolgorio. Acercándose a un grupo de jóvenes, preguntó por la causa de tal regocijo. Los jóvenes le informaron que se trataba de la boda de la hija de Don Pedro de Segura.
Amargura, dolor, rabia y pena es lo que sintió en aquel momento, pero aunque resentido ante tal ingratitud tomó la determinación de entrar para entrevistarse con Isabel y comprobar que efectivamente era cierta la noticia que acababa de recibir.
Se adentró en salas y estancias hasta encontrar a su amada. Ella al verle lo miró y tras leer en su mirada la acusación y el reproche, cayó desvanecida. Ya recuperada, pidió permiso a los presentes para retirarse a solas por unos momentos. Él la siguió disimuladamente hasta la alcoba nupcial y allí intercambiaron mutuos reproches. Diego le prometió marcharse para siempre de Teruel, a cambio lo único que le pedió fue un beso de despedida. Pero fue un beso que Isabel, fiel a su matrimonio, le negó por tres veces. Ante tal crueldad Diego cayó muerto a los pies de Isabel.
Aterrorizada y sobrecogida ante aquella muerte repentina, quedó inmóvil sin saber qué hacer. Al momento reaccionó, se acercó a Diego e intentó reanimarlo, pensando que bien podía tratarse de un desvanecimiento, pero fue inútil: Diego acababa de morir.
Dada la tardanza de Isabel, su marido fue a buscarla. Al entrar en la estancia, quedó atónito al ver el cadáver. Al reconocer el difunto consideró que no era conveniente que los invitados se percatasen del suceso, así que organizó su plan: cuando los invitados ya se habían marchado y la quietud y las sombras de la noche invadían la villa, tomó el cuerpo de Diego, lo sacó de casa de los Segura y lo dejó abandonado en un callejón cerca de la casa de los Marcilla, cual si de un invitado poseido por el alcohol se tratase.
Al amanecer el nuevo día, don Martín de Marcilla volvía a ver a su hijo tras cinco años de ausencia, pero… sin vida. Amargo momento para unos padres que después de cinco años de espera tenían que recibir la visita de su hijo en cuerpo inerte.
En casa de los Segura nadie daba crédito a lo sucedido, pues bien se encargaron Isabel y su marido de guardar silencio. Mientras tanto, Teruel, vestido de luto, acudía a casa de los Marcilla para expresar su condolencia.
Don Martín resolvió celebrar los funerales de su hijo en la iglesia de San Pedro, y allí, sobre un catafalco, y sin cubrir, fue depositado el cuerpo de Diego.
Isabel, presa de los remordimientos y agobiada por la angustia, tomó un manto, cubrió su rostro para no ser reconocida y se sumó a la comitiva.
Al llegar a la iglesia, tras clavar la mirada en el cadáver de su amado, atravesó la nave y, deseosa de reparar el mal causado, se dispuso a dar a Diego el beso que le negó en vida. Arrojándose sobre el cadáver, unió su boca a la de su amado, proporcionándole un beso intenso. Este fue su primer y último beso, pues con él acababa de exhalar en ese mismo momento su último aliento vital, toda vez que quedaba unida para siempre al hombre a quien tanto había amado y a quien no había podido unirse en vida.
Las personas más próximas intentaron apartarla creyéndola desmayada sobre el difunto, pero fue inútil, y mayor fue la sorpresa al comprobar que se trataba de Isabel de Segura.
Por indicación expresa de algún pariente respetado, se acordó enterrarlos juntos en la misma sepultura. Y así se hizo, se les dio sepultura en la capilla de San Cosme y San Damián de la Iglesia de San Pedro, donde en 1555 fueron halladas sus momias junto con un documento que atestiguaba el suceso.
Y esta es la sencilla y tierna historia de los Amantes de Teruel.
Sus momias podemos visitarlas todavía en el " Nuevo Mausoleo de Los Amantes", un edificio totalmente nuevo ubicado al lado mismo de la iglesia de San Pedro.

La leyenda de LOS AMANTES DE TERUEL ha sido reescrita más de 20 veces por plumas tan prestigiosas como la de Tirso de Molina, que la han llevado a la poesía, a la novela y al teatro. El maestro Tomás Bretón inspirándose en la obra de Harzenbush la elevó a la dignidad de la ópera. Con libreto del propio Tomás Bretón y dividida en cinco actos, se estrenó en el Teatro Real de Madrid el 12 de febrero de 1889.
Fue adaptada al teatro por Rey de Artieda (1584), vertida en poema por Jerónimo de Huerta (1588) y en epopeya trágica por Juan Yagüe de Salas (1616), e inspiró la obra homónima de Juan Pérez de Montalbán(1638). La versión más célebre es el drama histórico de Juan Eugenio Hartzenbusch, escrita en 1836 y estrenada en 1837.
Cada año, y en honor a los Amantes, se conmemora en la ciudad la fiesta de las Bodas de Isabel de Segura o fiesta de Los Amantes durante el tercer fin de semana de febrero. Durante todo el fin de semana se representan en las calles historias y leyendas medievales, la principal es la que se refiere a Los Amantes de Teruel la cual se escenifica de jueves a domingo. Muchos turolenses participan en ella vistiéndose al estilo medieval y la ciudad adquiere un ambiente propio de aquella época, digno de visitar.
Fue adaptada al teatro por Rey de Artieda (1584), vertida en poema por Jerónimo de Huerta (1588) y en epopeya trágica por Juan Yagüe de Salas (1616), e inspiró la obra homónima de Juan Pérez de Montalbán(1638). La versión más célebre es el drama histórico de Juan Eugenio Hartzenbusch, escrita en 1836 y estrenada en 1837.
Cada año, y en honor a los Amantes, se conmemora en la ciudad la fiesta de las Bodas de Isabel de Segura o fiesta de Los Amantes durante el tercer fin de semana de febrero. Durante todo el fin de semana se representan en las calles historias y leyendas medievales, la principal es la que se refiere a Los Amantes de Teruel la cual se escenifica de jueves a domingo. Muchos turolenses participan en ella vistiéndose al estilo medieval y la ciudad adquiere un ambiente propio de aquella época, digno de visitar.
LOS RESTOS DE LOS AMANTES
Las momias de los Amantes de Teruel descubiertas en el año 1555 en una capilla de la iglesia de San Pedro, permanecieron visibles allí mismo hasta el año 1578 en que fueron enterradas de nuevo en la capilla de San Cosme y San Damián de la misma iglesia por orden de don Andrés Santos, obispo de Teruel.
El notario Yagüe de Salas, tras conocer la historia, mandó desenterrar los cuerpos y levantó acta notarial de los mismos así como de toda la historia. Su Protocolo Notarial será pues el documento imprescindible para el conocimiento de tal suceso e historia.
Durante el siglo XVII los cuerpos pudieron ser visitados por el público en la misma iglesia de San Pedro, hasta que por fin se decidió guardarlos en un armario fuera de la iglesia. Fue a comienzos del siglo XVIII cuando, al extenderse la noticia y comenzar a ser visitados por gentes venidas de otros lugares, fueron trasladados de nuevo a un anexo de la iglesia de San Pedro colocándolos esta vez en un panteón. Dado que el panteón no reunía ni las características ni el diseño que merecían los cuerpos de los Amantes, se decidió, a mediados del mismo siglo, recaudar fondos para la construcción de un nuevo panteón más digno. Fue el turolense Policarpio Serrano el encargado de realizar el templete de madera que acogería de nuevo los restos, en una sala del claustro de la iglesia de San Pedro, hasta el año 1902 en que fueron depositados en dos nuevos sarcófagos de madera tallada y con tapa de cristal en el mismo lugar que hoy reposan.
Llegada la guerra civil, las momias fueron trasladadas a los sótanos del convento de las Carmelitas de Teruel para su custodia y tras finalizar la guerra fueron devueltas a su anterior ubicación.
Por fin en el año 1955 , año del IV centenario del descubrimiento de las momias, el diario LUCHA de la ciudad de Teruel tomó la iniciativa de llevar a cabo una campaña a nivel nacional con el fin de recaudar fondos para la construcción de un mausoleo digno. Si bien la campaña no tuvo demasiado éxito económico si que se consiguió que Juan de Ávalos visitara la ciudad por invitación expresa de los promotores de la idea. Perplejo ante el horrendo espectáculo que ofrecían las momias, se comprometió a realizar personalmente un mausoleo digno. Pocos meses después de su visita regaló a la ciudad de Teruel su maravillosa obra: el mausoleo de alabastro y bronce en el que actualmente reposan los restos de Diego de Marcilla e Isabel de Segura cuyas manos no llegan a rozarse en símbolo de un amor no culminado.
Las momias de los Amantes de Teruel descubiertas en el año 1555 en una capilla de la iglesia de San Pedro, permanecieron visibles allí mismo hasta el año 1578 en que fueron enterradas de nuevo en la capilla de San Cosme y San Damián de la misma iglesia por orden de don Andrés Santos, obispo de Teruel.
El notario Yagüe de Salas, tras conocer la historia, mandó desenterrar los cuerpos y levantó acta notarial de los mismos así como de toda la historia. Su Protocolo Notarial será pues el documento imprescindible para el conocimiento de tal suceso e historia.
Durante el siglo XVII los cuerpos pudieron ser visitados por el público en la misma iglesia de San Pedro, hasta que por fin se decidió guardarlos en un armario fuera de la iglesia. Fue a comienzos del siglo XVIII cuando, al extenderse la noticia y comenzar a ser visitados por gentes venidas de otros lugares, fueron trasladados de nuevo a un anexo de la iglesia de San Pedro colocándolos esta vez en un panteón. Dado que el panteón no reunía ni las características ni el diseño que merecían los cuerpos de los Amantes, se decidió, a mediados del mismo siglo, recaudar fondos para la construcción de un nuevo panteón más digno. Fue el turolense Policarpio Serrano el encargado de realizar el templete de madera que acogería de nuevo los restos, en una sala del claustro de la iglesia de San Pedro, hasta el año 1902 en que fueron depositados en dos nuevos sarcófagos de madera tallada y con tapa de cristal en el mismo lugar que hoy reposan.
Llegada la guerra civil, las momias fueron trasladadas a los sótanos del convento de las Carmelitas de Teruel para su custodia y tras finalizar la guerra fueron devueltas a su anterior ubicación.
Por fin en el año 1955 , año del IV centenario del descubrimiento de las momias, el diario LUCHA de la ciudad de Teruel tomó la iniciativa de llevar a cabo una campaña a nivel nacional con el fin de recaudar fondos para la construcción de un mausoleo digno. Si bien la campaña no tuvo demasiado éxito económico si que se consiguió que Juan de Ávalos visitara la ciudad por invitación expresa de los promotores de la idea. Perplejo ante el horrendo espectáculo que ofrecían las momias, se comprometió a realizar personalmente un mausoleo digno. Pocos meses después de su visita regaló a la ciudad de Teruel su maravillosa obra: el mausoleo de alabastro y bronce en el que actualmente reposan los restos de Diego de Marcilla e Isabel de Segura cuyas manos no llegan a rozarse en símbolo de un amor no culminado.

Manos que no se rozan, serenidad profunda
con que un día la muerte vuestro rostro selló.
Dormid, dormid, Amantes: vuestro cuerpo circunda
la tierra turolense que vida y muerte os dio.
con que un día la muerte vuestro rostro selló.
Dormid, dormid, Amantes: vuestro cuerpo circunda
la tierra turolense que vida y muerte os dio.
Soñad vuestra esperanza, y el amor inmolado,
en un altar de gloria con fuego de dolor.
Dormid, dormid, Amantes, que un pueblo enamorado
hará que en vuestra tumba siempre brote una flor ...
Siempre brote una flor ...
en un altar de gloria con fuego de dolor.
Dormid, dormid, Amantes, que un pueblo enamorado
hará que en vuestra tumba siempre brote una flor ...
Siempre brote una flor ...
Desde un trono de estrellas que os acoge en el cielo
contempláis el respeto con el que os mira Teruel.
Sois ejemplo pernne, esperanza y consuelo
porque siempre habrá un Diego si existe una Isabel.
contempláis el respeto con el que os mira Teruel.
Sois ejemplo pernne, esperanza y consuelo
porque siempre habrá un Diego si existe una Isabel.
En el blanco sepulcro que Teruel ha labrado
con piedra de ilusiones y con cincel de amor,
dormid, dormid, Amantes, que un pueblo enamorado
hará que en vuestra tumba siempre brote una flor ...
Siempre brote una flor ...
con piedra de ilusiones y con cincel de amor,
dormid, dormid, Amantes, que un pueblo enamorado
hará que en vuestra tumba siempre brote una flor ...
Siempre brote una flor ...
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Interesante,
Leyendas
diumenge, 21 d’agost del 2011
El Timbaler del Bruc
El tamborilero del Bruc es una de las leyendas populares catalanas más populares. Los hechos datan de 1808, cuando Cataluña se encontraba asediada por los franceses.
Es la historia de un chiquillo, que gracias a su valentía, su tambor y sobretodo a su cabezonería, consiguió lo que ningún ejército ha conseguido jamás.
Cuanto hay de realidad o de ficción en esta leyenda, nunca se sabrá, como en toda leyenda… habrá un poco de todo no creéis? Aquí os dejo la historia, y espero que os guste.
El 9 de febrero de 1808 las tropas francesas entran a Cataluña por la Jonquera para dirigirse a Cádiz, allí tenían que organizarse para invadir Portugal, país que se mantenía neutral al bloqueo continental que estaba llevando a término Napoleón Bonaparte. Frente a la insistencia de los portugueses a no dejarse someter y al orgullo herido de los franceses, el ejército enemigo decidió invadir toda la península.
La inocencia de los catalanes de dejarlos pasar sin más, la pagaron muy cara. Les habían abierto las puertas y en un abrir y cerrar de ojos, la ciudad de Barcelona cayó frente a una fuerza de 6000 hombres franceses; a mediados del mes de febrero arrasaron la Ciutadella y el Castell de Montjuïc.
Sometieron al pueblo catalán a un asedio desmesurado, cortaron el comercio con el exterior que era la base de la economía, quemaron los campos de cultivo, incendiaron los monasterios, saquearon las iglesias… todo en nombre de la revolución y de un fuerte sentimiento anticlerical. Abusaron del pueblo catalán hasta la saciedad. Todo este conjunto de acontecimientos provocaron que el país se alzara y plantase cara, la guerra de verdad era ya inminente.
En abril de 1808 el comandante del ejército francés Guillaume Philippe Duhesme, ordena enviar tropas hacia Lleida y Zaragoza para poder castigar a los pueblos de Igualada y Manresa, a los primeros por su situación estratégica y a los segundos por la quema de papeles oficiales sellados por los franceses. Para poder llegar a Lleida, los franceses tenían que pasar por Abrera, la única manera de entrar al Bàges. Los franceses se acercaban y les hacía falta tiempo para prepararse.
El 4 de junio de 1808 hubo una tempestad y los franceses se vieron obligados a refugiarse en Martorell, aprovechándose de ésto y del desconocimiento de los invasores del terreno, las guerrillas prepararon una emboscada.
El 6 de junio de 1808 el ejército francés se dirigía desde el Bruc hacia el Coll de la Massana muy cerca de Montserrat, allí les sorprendieron. Después de la lucha se habían perdido muchos hombres, las guerrillas habían incendiado uno de sus cañones. Los franceses decidieron contraatacar y el 14 de junio tuvo lugar la segunda batalla del Bruc.
Fue la gota que colmó el vaso, la gente del Bruc cansada de los constantes abusos de los franceses, se fueron en su busca fusil en mano. Todos querían ir a la lucha, hombres, mujeres, ancianos y niños gritaban por su libertad.
Entre todos ellos, un joven nacido en Santpedor reclamaba su derecho a ir a la lucha, pero no podía ser por tener solo 17 años, que en aquella época era un adolescente. Desobedeció a sus mayores y sin fusil, ni palo, ni bastón decidió acompañarles con la única compañía de su tambor.
El joven, apartado del clamor de la batalla, tocaba su tambor para animar a sus compañeros de lucha. El sonido cada vez era más fuerte y resonaba debido a la profundidad de las montañas monserratinas; los franceses asustados ante la idea de que aquel sonido pertenecía a un gran ejército iniciaron su retirada.
El joven era Isidre Lluçà i Casanoves, nacido en Santpedor el año 1791 y muerto el año 1809. Es un heroe nacional, y gracias a su valor, a la ayuda de las montañas y a su tambor, derrotó a los ejércitos de napoleón Bonaparte.
Por otra parte, hay gente que dice que este chico nunca existió, de ahí lo de Leyenda del Tamboriler del Bruc.
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dimarts, 9 d’agost del 2011
El moscardón y el maestro
El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.
El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.
El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.
Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.
En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.
Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...
El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.
El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
- Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.
- ¿Por que lo dices? - contesto el primogénito.
- Porque al lanzar ese tajo al moscardón no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.
El otro hombre sonrió.
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diumenge, 7 d’agost del 2011
El vendedor de consejos
Un hombre rico acostumbraba ir al mercado, comprar la mercancía y luego arreglárselas para que se la llevasen a su casa sin que le costase nada el transporte.
Un día compró una caja llena de loza, encontró a un portador y le propuso que en vez de la paga que le correspondiera, le daría tres consejos que le serían útiles toda la vida.
El portador, dominado por la curiosidad, aceptó el contrato, pensando que el dinero se lo podrían dar otros trabajos.
Así pues, se cargó a la espalda la caja y echó a andar. Después de un rato, sintiéndose aplastado por el peso, le dijo al hombre rico que le diese el primer consejo. Aquel respondió:
.-Si alguien te dice que la esclavitud es mejor que la libertad, no lo creas.
Entonces comprendió el portador que aquel hombre quería engañarle, pero siguió adelante para saber cuáles serían los otros consejos. Poco después y sólo para coger fuerzas, le pidió el segundo consejo. El hombre rico contestó esta vez:
.-Si alguien te dice que es mejor la pobreza que la riqueza, no lo creas.
El portador se enojó, porque eran cosas que sabía de sobra, pero ya estaban llegando a la casa, así es que le pidió el tercer consejo. El cara dura embrollón respondió:
.-Si alguien te dice que es mejor el hambre que la hartura, no lo creas.
Esto era demasiado para el pobre portador sudoroso y jadeante. Desesperado, descargó la caja de golpe haciendo que cayera estrepitosamente al suelo. A las protestas del explotador, respondió:
.-Si alguien te dice que queda todavía una taza intacta, no lo creas.
Quien te prodiga consejos
buscando el propio interés,
no lo dudes,
nunca es un amigo verdadero.
dilluns, 1 d’agost del 2011
La pareja
Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.
- Nos amamos -empezó el joven.
- Y nos vamos a casar -dijo ella.
- Y nos queremos tanto que tenemos miedo.
- Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.
- Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.
- Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.
- Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?
El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.
- Hay algo… -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé… es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa -dijeron los dos.
- Lo que sea -ratificó Toro Bravo.
- Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Hay algo… -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé… es una tarea muy difícil y sacrificada.
- No importa -dijeron los dos.
- Lo que sea -ratificó Toro Bravo.
- Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La joven asintió en silencio.
- Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta… salgan ahora.
Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur… El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
- Volaban alto? -preguntó el brujo.
- Sí, sin duda. Cómo lo pediste… ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No -dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.
- No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
- Sí, sin duda. Cómo lo pediste… ¿y ahora? -preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?
- No -dijo el viejo.
- Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne -propuso la joven.
- No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.
El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.
El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
- Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Sois como un águila y un halcón; si os atais el uno al otro, aunque lo hagais por amor, no sólo vivireis a rastras, sino que además, tarde o temprano, empezareis a lastimaros uno al otro. Si quereis que el amor entre vosotros perdure, “volad juntos pero jamás atados”.
Leyenda India
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dimarts, 5 de juliol del 2011
A buena altura sobre el bosque y ocultos detrás de la densa pantalla de las nubes, el sol y el viento seguían su discusión, que sostenían desde tiempo inmemorial, sobre cuál de ambos era más fuerte.
-¡Claro que lo soy yo! -insistió el sol-. Mis rayos son tan poderosos que puedo chamuscar la Tierra hasta reducirla polvo.
-Sí, pero yo puedo inflar mis mejillas y soplar hasta que se derrumben las montañas, se astillen las casas convirtiéndose en leña y se desarraiguen los grandes árboles del bosque.
-Pero yo puedo incendiar los bosques con el calor de mis rayos -dijo el sol -y yo, hacer girar la vieja bola de la Tierra con un solo soplo -insistió el viento.
Mientras estaban sentados disputando detrás de la nube, y cada uno de ellos profería sus jactancias, salió del bosque un granjero. Vestía un grueso abrigo de lana y tenía calado sobre las orejas un sombrero.
-¡Te diré lo que vamos a hacer! -dijo el sol-. El que pueda de nosotros dos arrancarle el abrigo de la espalda al granjero, habrá probado ser el más fuerte.
-¡Espléndido! -bramó el viento y tomó aliento e hinchó las mejillas como si fueran dos globos.
Luego, sopló con fuerza… y sopló… y sopló. Los árboles del bosque se balancearon. Hasta el gran olmo se inclinó ante el viento cuando éste lo golpeó sin piedad. El mar formó grandes crestas en sus ondas, y los animales del bosque se ocultaron de la terrible borrasca.
El granjero se levantó el cuello del abrigo, se lo ajustó más y siguió avanzando trabajosamente.
Sin aliento ya, el viento se rindió desencantado. Luego, el sol asomó por detrás de la nube. Cuando vio la castigada tierra, navegó por el cielo y miró con rostro cordial y sonriente al bosque que estaba allá abajo. Hubo una gran serenidad y todos los animales salieron de sus escondites. La tortuga se arrastró sobre la roca que quemaba, y las ovejas se acurrucaron en la tierna hierba.
El granjero alzó los ojos, vio el sonriente rostro del sol y, con un suspiro de alivio, se quitó el abrigo y siguió andando ágilmente.
-Ya lo ves -dijo el sol al viento- A veces, quien vence es la dulzura.
FÁBULA ESOPO
dimarts, 14 de juny del 2011
La mariposa azul
Había un señor viudo que vivía con sus dos hijas, que eran muy curiosas e inteligentes. Las niñas siempre hacían muchas preguntas. A algunas de ellas él sabía responder, a otras no.
Como pretendía ofrecerles la mejor educación, mandó las niñas de vacaciones con un sabio que vivía en lo alto de una colina.
El sabio siempre respondía a todas las preguntas sin ni siquiera dudar. Impacientes con el sabio, las niñas decidieron inventar una pregunta que él no supiera responder.
Entonces, una de ellas apareció con una linda mariposa azul que usaría para engañar al sabio.
"¿Qué vas a hacer?" –preguntó la hermana.
"Voy a esconder la mariposa en mis manos y preguntarle al sabio si está viva o muerta"
"Si él dijese que está muerta, abriré mis manos y la dejaré volar. Si dice que está viva, la apretaré y la aplastaré. Y así, cualquiera que sea su respuesta, ¡será una respuesta equivocada!"
Las dos niñas fueron entonces al encuentro del sabio, que estaba meditando.
- "Tengo aquí una mariposa azul. Dígame, sabio, ¿está viva o muerta?"
Muy calmadamente el sabio sonrió y respondió:
"Depende de ti... Ella está en tus manos."
Como pretendía ofrecerles la mejor educación, mandó las niñas de vacaciones con un sabio que vivía en lo alto de una colina.
El sabio siempre respondía a todas las preguntas sin ni siquiera dudar. Impacientes con el sabio, las niñas decidieron inventar una pregunta que él no supiera responder.
Entonces, una de ellas apareció con una linda mariposa azul que usaría para engañar al sabio.
"¿Qué vas a hacer?" –preguntó la hermana.
"Voy a esconder la mariposa en mis manos y preguntarle al sabio si está viva o muerta"
"Si él dijese que está muerta, abriré mis manos y la dejaré volar. Si dice que está viva, la apretaré y la aplastaré. Y así, cualquiera que sea su respuesta, ¡será una respuesta equivocada!"
Las dos niñas fueron entonces al encuentro del sabio, que estaba meditando.
- "Tengo aquí una mariposa azul. Dígame, sabio, ¿está viva o muerta?"
Muy calmadamente el sabio sonrió y respondió:
"Depende de ti... Ella está en tus manos."
diumenge, 12 de juny del 2011
El sol y la luna
Sucede que el mundo aún no existía y el día que Dios decidió crearlo, le dio un toque final...el brillo.
Quedó decidido también que el Sol iluminaría de día y la Luna de noche, siendo así estarían obligados a vivir separados.
Les invadió una gran tristeza cuando se dieron cuenta que jamás se encontrarían...
La Luna se sintió que cada vez más angustiada. A pesar del brillo dado por Dios, fue tornándose solitaria.
El sol a su vez, había ganado un título de nobleza:"ASTRO REY", pero tampoco lo hizo feliz.
Dios viendo ésto, los llamó y les explicó:- No deben estar tristes, ambos ahora poseen brillo propio. Tú Luna, iluminarás las noches frías y calientes, encontrarás a los enamorados y serás protagonista de hermosas poesías. En cuanto a tí, Sol, sustentarás ese título porque serás el más importante de los astros, iluminarás la Tierra durante el día, proporcionarás calor al ser humano, y tu simple presencia, hará felices a las personas.
La Luna, se entristeció mucho, más con su terrible destino y lloró amargamante y el Sol, al verla sufrir tanto, decidió que no podría dejarse abatir más, ya que tendría que darle fuerzas y ayudarla a aceptar lo que Dios había decidido.
Aún así, su preocupación era tan grande, que resolvió hacer un pedido especial a Dios:- Ayuda a la Luna por favor, es frágil, no soportará la soledad.
Y Dios en su inmensa bondad creó, entonces, las estrellas para hacer compañía a la Luna.
La Luna siempre que está muy triste, recurre a las estrellas, que hacen mucho para consolarla, pero... casi nunca lo consiguen.
Hoy, ambos viven así, separados.
El Sol, finge ser feliz...la Luna no consigue disimular su tristeza.
El sol arde de pasión por la Luna y ella vive en las tinieblas de la añoranza.
Dicen que la orden de Dios era que la Luna debería de ser Luna LLena, pero cuando es infeliz, es Menguante, entonces no es posible apreciar su brillo, porque es mujer, y una mujer tiene fases.
Luna y Sol, siguen su destino; él, solitario pero fuerte, ella acompañada de estrellas, pero débil.
Los hombres intentan constantemente conquistarla, como si eso fuese posible. Algunos, han llegado hasta ella, pero han vuelto siempre solos. Nadie jamás consiguió traerla hasta la Tierra.
Sucede que Dios decidió que nungún amor en este mundo, fuese del todo imposible, ni siquiera el del Sol y la Luna. Fue entonces que creó "el eclipse".
Hoy, Sol y Luna viven esperando ese momento, esos instantes que les fueron concedidos y que tanto cuesta que suceda.
Cuando mires hacia el cielo, a partir de ahora y veas que el Sol cubre a la Luna, es que se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. Es a ese acto de amor al que se le dio el nombre de "eclipse".
El brillo de su éxtasis es tan grande, que se aconseja no mirar al cielo en ese momento. Tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor.
Tú ya sabías que en la Tierra existían el Sol y la Luna...también que existe el eclipse...pero ésta es la parte de la historia que tú no conocÍas, no?
Autor Anónimo.
dimarts, 7 de juny del 2011
El abad y los tres enigmas
Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes.
Cada fraile tenía una misión diferente, así había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario, es decir había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad.
Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo.
Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes:
1º) Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
2º) Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
3º) ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
El abad regresó al monasterio y sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada, pensar sólo le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba.
Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol.
Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio le oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría como contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo.
Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta:
- Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
- Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol -contestó rápidamente el frailecillo- sólo tardaría veinticuatro horas.
El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta:
- Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
El frailecillo respondió sin dudarlo:
- Quince monedas de plata.
Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó:
- ¿Por qué quince monedas?
- Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad.
Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho.
Entonces realizó la tercera y última pregunta:
- ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
- Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas.
DESCONOZCO SU AUTOR
dimarts, 31 de maig del 2011
Hilo de plata, hilo de araña
Hilo de plata, hilo de araña
[Cuento. Texto completo]
Se cuenta que un día el Buda se paseaba por los Cielos, a orillas del Lago de la Flor de Loto. En las profundidades de ese lago, Buda podía ver el Naraka (Infierno). Ese día observó a un hombre llamado Kantaka, quien muerto unos días antes, luchaba y sufría en este infierno. Buda, lleno de compasión, quería ayudar a todos aquellos que, a pesar de haber caído en el infierno, habían hecho una buena acción en su vida.
[Cuento. Texto completo]
Anónimo hindú
Se cuenta que un día el Buda se paseaba por los Cielos, a orillas del Lago de la Flor de Loto. En las profundidades de ese lago, Buda podía ver el Naraka (Infierno). Ese día observó a un hombre llamado Kantaka, quien muerto unos días antes, luchaba y sufría en este infierno. Buda, lleno de compasión, quería ayudar a todos aquellos que, a pesar de haber caído en el infierno, habían hecho una buena acción en su vida.
Kantaka había sido un ladrón y había llevado una vida depravada. Por eso se encontraba en el Naraka. Sin embargo una vez, había actuado generosamente: un día que daba un paseo, vio una gran araña y tuvo el deseo de aplastarla, pero detuvo su gesto, pensando súbitamente que podía ayudarla; la dejó con vida y continuó su camino.
Buda vio en esta acción generosa un buen espíritu y tuvo deseo de ayudarlo. Por eso arrojó a las profundidades del lago un hilo de araña largo que llegó hasta los infiernos, hasta Kantaka. Kantaka miró este nuevo objeto y constató que era una cuerda de plata muy fuerte. Pero no quiso creerlo y se dijo que sería sin lugar a dudas un hilo de araña que pendía y que sería poco probable subir por él. Pero como deseaba ardientemente salir de Naraka, intentaría el todo por el todo. Se aferró al hilo pensando que la escalada sería muy peligrosa ya que el hilo podría romperse de un momento a otro. Pero comenzó a subir... a subir... ayudándose con los pies y con las manos, haciendo grandes esfuerzos para no resbalar.
La escalada era larga. Cuando llegó a la mitad quiso mirar hacia abajo, a los infiernos, ya que seguramente estaría ya muy lejos. Arriba veía la luz y sólo deseaba llegar a ella. Inclinándose hacia abajo para mirar por última vez, vio una multitud de gentes que subía tras él en una cadena ininterrumpida desde las grandes profundidades de los infiernos. El pánico se apoderó de él: esta cuerda era lo bastante sólida justo para él; pero ante el peso de estos centenares de personas que subían por ella, seguramente cedería ¡y todos se encontrarían de nuevo en el infierno!¡Qué mala suerte!
-¡Esa gente debería quedarse en el infierno! ¿Por qué tienen que seguirme? -maldijo contra ellos.
En ese momento preciso, el hilo cedió muy exactamente a la altura de las manos de Kantaka y todos cayeron en las profundidades tenebrosas del lago. Al mismo tiempo, el sol de mediodía resplandecía sobre el lago por cuya orilla se paseaba el Buda.
dissabte, 23 d’abril del 2011
La leyenda de Sant Jordi
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Según la tradición popular, San Jorge era un militar romano nacido en el siglo III en la Capadocia (Turquía). El santo, que servía bajo las órdenes del emperador Diocleciano, se negó a ejecutar un edicto del emperador que le obligaba a perseguir a los cristianos y por esta razón fue martirizado y decapitado por sus coetáneos. Muy pronto se empezó a venerar como santo en la zona oriental del Imperio Romano y enseguida aparecieron historias fantásticas ligadas a su figura.La gesta de san Jorge y el dragón se hizo popular en toda Europa hacia el siglo IX bajo el nombre de "Leyenda áurea" y fue recogida por el arzobispo de Génova, Iacopo da Varazze, más conocido como Iacobus de Voragine, en 1264, en el libro 'Legenda sanctorum'. En esta versión, sin embargo, la acción transcurría en Libia.
La versión de la leyenda más popular en Cataluña explica que en Montblanc (Conca de Barberà) vivía un dragón terrible que causaba estragos entre la población y el ganado. Para apaciguarlo, se sacrificaba al monstruo una persona escogida por sorteo. Un día la suerte señaló a la hija del rey, que habría muerto de no ser por la aparición de un bello caballero con armadura que se enfrentó al dragón y lo mató. La tradición añade que de la sangre derramada nació un rosal de flores rojas.
Esta misma leyenda, con ligeras variaciones, se repite en las tradiciones populares de Inglaterra, Portugal y Grecia, entre otros países.
Resulta peculiar ver a todo el mundo paseando tranquilamente por la calle con una rosa y mirando grandes librerías al aire libre.
¿Qué pasa el 23 de Abril en Catalunya, en Valencia y en Mallorca?
Pues que es la Diada de Sant Jordi, el patrón de los Países Catalanes.
La tradición de la rosa y el libro es muy antigua y está muy arraigada en toda la sociedad y en todas las edades
Las mujeres reciben una rosa de su amado y ellos son recompensados con un libro.
Es usual regalar la rosa a todas aquellas personas que quieres.
La tradición del libro es sencilla de explicar; en este día se conmemora la muerte de dos grandes plumas de la Historia de la Literatura: Miguel de Cervantes y William Shakespeare.
Esta fecha está declarada por la Unesco como el día del libro. La historia de la rosa, es más compleja, pero está rodeada por una aureola de romanticismo que la hacen especial.
Todo nace a partir de una leyenda medieval:
Había una vez un monstruo que vivía en un lago al lado de una pequeña ciudad. Su presencia tenía atemorizada a toda la población y su aliento llegaba hasta el interior del recinto amurallado. Para evitar su ira y no tentar su ferocidad, los ciudadanos tenían que llevarle cada día dos ovejas.
Pero las ovejas se acabaron y el cruel animal amenazaba con atacar y arrasar toda la población.
Por eso el rey decidió que se le iban a entregar personas.
Mandó que todos los padres diesen a sus hijos, uno por uno, a la fiera.
Siguiendo un sistema de azar; pero un día, por este sistema, le tocó a la hija del rey.
Este, lleno de pesar, dijo al pueblo que repartiría todos sus bienes si la princesa era dispensada de su muerte segura.
El pueblo no lo quiso, incluso amenazaron con quemar el palacio real, por eso aceptó y libró a su hija a la bestia.
Cuando la princesa ya había hecho gran parte del camino sola, pasó por allí un caballero sobre un gran corcel blanco.
Este, viendo a la doncella desconsolada le preguntó qué le pasaba.
Ella se lo explicó y, cuando se percató de que el dragón se acercaba hacia donde estaban, el caballero tomó la lanza y se enfrentó con la cruel fiera.
Sant Jordi, que era el caballero, hirió gravemente la bestia, la ató con el ceidor de la princesa y lo pasearon por toda la ciudad como un perro indefenso para demostrar que estaba vencido.
Finalmente, el caballero le clavó con fuerza la lanza y lo mató definitivamente.
De su sangre, nació un rosal bellísimo, del cual cortó la rosa más hermosa para entregársela a la dama.
De aquí nace la tradición de la rosa como presente del día de Sant Jordi.
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dissabte, 16 d’abril del 2011
Historia del monasterio mágico
Un derviche humilde y silencioso solía concurrir todas las semanas a las comidas que ofrecía un hombre culto y generoso. Tales reuniones eran conocidas como Asamblea de los Cultos.
El derviche jamás intervenía en la conversación. Después de entrar, estrechaba las manos a cada uno de los presentes, se sentaba en un rincón y comía lo que se servía. Terminada la reunión se ponía de pie, decía unas pocas palabras de despedida y agradecimiento y tomaba su camino. Nadie sabía nada de él. No obstante, cuando apareció por primera vez, circularon todo tipo de rumores de que se trataba de un santo y durante un largo tiempo los demás comensales pensaron que debía ser, sin duda, un hombre santo y poseedor de conocimientos y aguardaban con placer el momento en que el derviche les impartiese algo de sabiduría. Incluso algunos se jactaban de que el extraño participara en esas reuniones de amigos, dando a entender que esa compañía les confería a ellos una especial distinción.
Sin embargo, como no se mantenía relación alguna con aquel hombre, poco a poco los invitados empezaron a sospechar que en realidad se tratase de un imitador o de un farsante. Algunos llegaron a sentirse incómodos por su presencia. Evidentemente él no hacía nada por armonizar con el ambiente y no aportaba siquiera un proverbio a las esclarecidas conversaciones que para ellos habían llegado a significar una parte entrañable de sus mismas vidas. Incluso algunos concurrentes no llegaban a percatarse de que el derviche estuviese presente, pues pasaba totalmente inadvertido.
Cierto día el derviche habló: – Yo os invito a todos a mi monasterio mañana por la noche. Cenaréis conmigo.
La inesperada invitación suscitó en todos un revuelo de opiniones. Algunos pensaron que el derviche, que vestía muy pobremente, debía ser un loco y que con toda certeza no podría ofrecerles nada. Otros supusieron que la conducta anterior había sido una prueba. Algunos se dijeron que, por fin, el derviche los compensaría la paciencia con que habían soportado tan pesada compañía. Hubo quienes se alertaron entre sí:
- ¡Cuidado! Podría ocurrir que busque tentarnos para someternos a su poder.
Pero la curiosidad indujo a todos, incluso al anfitrión, a aceptar la invitación y, a la noche siguiente, el derviche los condujo desde la casa hasta un monasterio escondido, de tal magnitud y magnificencia que quedaron atónitos.
El edificio estaba poblado de discípulos que practicaban toda clase de ejercicios y tareas. Los invitados transitaron por salas de contemplación donde gran número de sabios de distinguido aspecto se levantaron respetuosamente para saludar la proximidad del derviche con inclinaciones de cabeza.
El banquete con que fueron agasajados fue indescriptible y sobrepasó toda expectativa.
Los visitantes se sintieron anonadados. Todos le suplicaron que a partir de ese mismo instante los aceptase como discípulos.
Pero a todas esas peticiones el derviche respondía tan solo: – Esperad hasta mañana.
Llegó la mañana y los invitados, en lugar de despertar en las suntuosas camas de seda que se les habían brindado la noche anterior, se encontraron yaciendo tiesos y desnudos, dispersos por el suelo, en el interior de un pétreo recinto de una enorme y fea ruina, sobre una yerma ladera de montaña. Ni señales del derviche, de los bellos arabescos, de las bibliotecas, fuentes y alfombras.
- ¡Ese canalla infame nos ha traicionado con artes de brujería! – vociferaban los invitados, quienes alternativamente se lamentaban y felicitaban entre sí por sus sufrimientos y porque, finalmente, habían desenmascarado al villano, cuyos poderes sin duda se habían extinguido antes de que pudieran cumplirse vaya a saber qué pérfidos propósitos. Muchos atribuyeron la salvación a su propia pureza espiritual.
Pero lo que ellos ignoraban era que, por los mismos medios de que se había valido para introducirlos en aquella mágica experiencia del monasterio, el derviche les había inducido a creerse abandonados en medio de ruinas. La verdad era que no estaban, ni habían estado, ni en un sitio, ni en el otro.
En ese instante, como surgiendo de la nada, el derviche se presentó a sus invitados y les dijo: – Regresaremos al monasterio.
Hizo un movimiento con sus manos y todos se encontraron otras vez en los salones palaciegos. Entonces se sintieron arrepentidos de sus quejas, pues inmediatamente se convencieron de que las ruinas no habían sido más que la prueba y el monasterio la verdadera realidad. Algunos musitaron:
- Es una gran suerte que no haya oído nuestras críticas. Con sólo que nos enseñe este extraño arte, habrá valido la pena.
Pero el derviche movió nuevamente las manos y todos se encontraron otra vez en la mesa de la comida en común de la cual, en realidad, nunca se habían apartado.
El derviche continuaba sentado en su rincón habitual, comiendo su acostumbrado arroz con especias, sin decir palabra. Entonces, mientras lo contemplaban inquietos, todos oyeron su voz hablar dentro de sus propios pechos, aun cuando los labios del derviche estaban inmóviles: – Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el autoengaño y la realidad, nada real os podrá enseñar un derviche, sólo ilusiones. Aquellos cuyo alimento es autoengaño y fantasía sólo con engaño y fantasía pueden ser alimentados.
Todos los presentes en aquella ocasión siguieron frecuentando la mesa del hombre generoso, pero el derviche nunca volvió a hablarles.
Al cabo de un tiempo, los componentes de la Asamblea de los Cultos descubrieron que su rincón estaba siempre vacío.
El derviche jamás intervenía en la conversación. Después de entrar, estrechaba las manos a cada uno de los presentes, se sentaba en un rincón y comía lo que se servía. Terminada la reunión se ponía de pie, decía unas pocas palabras de despedida y agradecimiento y tomaba su camino. Nadie sabía nada de él. No obstante, cuando apareció por primera vez, circularon todo tipo de rumores de que se trataba de un santo y durante un largo tiempo los demás comensales pensaron que debía ser, sin duda, un hombre santo y poseedor de conocimientos y aguardaban con placer el momento en que el derviche les impartiese algo de sabiduría. Incluso algunos se jactaban de que el extraño participara en esas reuniones de amigos, dando a entender que esa compañía les confería a ellos una especial distinción.
Sin embargo, como no se mantenía relación alguna con aquel hombre, poco a poco los invitados empezaron a sospechar que en realidad se tratase de un imitador o de un farsante. Algunos llegaron a sentirse incómodos por su presencia. Evidentemente él no hacía nada por armonizar con el ambiente y no aportaba siquiera un proverbio a las esclarecidas conversaciones que para ellos habían llegado a significar una parte entrañable de sus mismas vidas. Incluso algunos concurrentes no llegaban a percatarse de que el derviche estuviese presente, pues pasaba totalmente inadvertido.
Cierto día el derviche habló: – Yo os invito a todos a mi monasterio mañana por la noche. Cenaréis conmigo.
La inesperada invitación suscitó en todos un revuelo de opiniones. Algunos pensaron que el derviche, que vestía muy pobremente, debía ser un loco y que con toda certeza no podría ofrecerles nada. Otros supusieron que la conducta anterior había sido una prueba. Algunos se dijeron que, por fin, el derviche los compensaría la paciencia con que habían soportado tan pesada compañía. Hubo quienes se alertaron entre sí:
- ¡Cuidado! Podría ocurrir que busque tentarnos para someternos a su poder.
Pero la curiosidad indujo a todos, incluso al anfitrión, a aceptar la invitación y, a la noche siguiente, el derviche los condujo desde la casa hasta un monasterio escondido, de tal magnitud y magnificencia que quedaron atónitos.
El edificio estaba poblado de discípulos que practicaban toda clase de ejercicios y tareas. Los invitados transitaron por salas de contemplación donde gran número de sabios de distinguido aspecto se levantaron respetuosamente para saludar la proximidad del derviche con inclinaciones de cabeza.
El banquete con que fueron agasajados fue indescriptible y sobrepasó toda expectativa.
Los visitantes se sintieron anonadados. Todos le suplicaron que a partir de ese mismo instante los aceptase como discípulos.
Pero a todas esas peticiones el derviche respondía tan solo: – Esperad hasta mañana.
Llegó la mañana y los invitados, en lugar de despertar en las suntuosas camas de seda que se les habían brindado la noche anterior, se encontraron yaciendo tiesos y desnudos, dispersos por el suelo, en el interior de un pétreo recinto de una enorme y fea ruina, sobre una yerma ladera de montaña. Ni señales del derviche, de los bellos arabescos, de las bibliotecas, fuentes y alfombras.
- ¡Ese canalla infame nos ha traicionado con artes de brujería! – vociferaban los invitados, quienes alternativamente se lamentaban y felicitaban entre sí por sus sufrimientos y porque, finalmente, habían desenmascarado al villano, cuyos poderes sin duda se habían extinguido antes de que pudieran cumplirse vaya a saber qué pérfidos propósitos. Muchos atribuyeron la salvación a su propia pureza espiritual.
Pero lo que ellos ignoraban era que, por los mismos medios de que se había valido para introducirlos en aquella mágica experiencia del monasterio, el derviche les había inducido a creerse abandonados en medio de ruinas. La verdad era que no estaban, ni habían estado, ni en un sitio, ni en el otro.
En ese instante, como surgiendo de la nada, el derviche se presentó a sus invitados y les dijo: – Regresaremos al monasterio.
Hizo un movimiento con sus manos y todos se encontraron otras vez en los salones palaciegos. Entonces se sintieron arrepentidos de sus quejas, pues inmediatamente se convencieron de que las ruinas no habían sido más que la prueba y el monasterio la verdadera realidad. Algunos musitaron:
- Es una gran suerte que no haya oído nuestras críticas. Con sólo que nos enseñe este extraño arte, habrá valido la pena.
Pero el derviche movió nuevamente las manos y todos se encontraron otra vez en la mesa de la comida en común de la cual, en realidad, nunca se habían apartado.
El derviche continuaba sentado en su rincón habitual, comiendo su acostumbrado arroz con especias, sin decir palabra. Entonces, mientras lo contemplaban inquietos, todos oyeron su voz hablar dentro de sus propios pechos, aun cuando los labios del derviche estaban inmóviles: – Mientras vuestra codicia os impida distinguir entre el autoengaño y la realidad, nada real os podrá enseñar un derviche, sólo ilusiones. Aquellos cuyo alimento es autoengaño y fantasía sólo con engaño y fantasía pueden ser alimentados.
Todos los presentes en aquella ocasión siguieron frecuentando la mesa del hombre generoso, pero el derviche nunca volvió a hablarles.
Al cabo de un tiempo, los componentes de la Asamblea de los Cultos descubrieron que su rincón estaba siempre vacío.
dijous, 24 de març del 2011
La cueva de la mora
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, uuna tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo,renuncié a subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era un subterráneo abierto a pico.
No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
—¡Penetrar en la cueva de la Mora! —me dijo, como asombrado al oír mi pregunta—. ¿Quien había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
—¡Un ánima! —exclamé yo, sonriéndome—. ¿El ánima de quién?
— El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy a referir a mis lectores.
II
Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su estraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su defensa.
Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.
III
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo:
—¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!
Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras angustiosas:
—¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y, conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los labios, preguntó a la mora:
—¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo, salvarte conmigo?
La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.
Gustavo Adolfo Bécquer
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