diumenge, 13 de febrer del 2011

Las cartas de amor

Las Cartas de amor mi amor
Son en el fondo ridículas

Las cartas de amor cuando hay amor
Son siempre ridículas

Porque los que se aman si en verdad se aman
Se dicen y escriben palabras de amor ridículas

Porque el amor el amor verdadero
Te hace pensar en forma ridícula

Y te convierte finalmente
En una persona ridícula.
¿Pero quien alguna vez no ha sido ridículo?
¿Quien no ha dicho te amo te adoro mi cielo mi sol
Y ha suplicado hasta el ridículo?

Plebeyo o señor sabio o bruto en cuestiones de amor
Son todos ridículos
Sólo los que nunca han amado los que nunca han creído
Se han salvados de gestos ridículos

Los que por miedo al ridículo
Dicen que el amor es algo ridículo

Y viven así en su mundo ridículo
Todos juntos sin ningún amor atrapados
Entre objetos y proyectos ridículos
Hablando de sus triunfos ridículos

Haciendo discursos ridículos
Comportándose de un modo ridículo

Presumiendo de sus atributos ridículos
Vanagloriándose de su machismo ridículo
Ridiculizando el amor con argumentos ridículos
Pero el amor es sabio no es tonto


Nunca anida en pensamientos ridículos
Vuela por sobre sus ideales ridículos
Y se posa finalmente en corazones ridículos

Como el tuyo y el mío que no se cansan nunca
De hacer el ridículo.

 


Ultimo deseo

Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos:1 – Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los mejores médicos de la época.2 – Que los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas), fueran esparcidos por el camino hasta su tumba, y…3 – Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos.Uno de sus generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuáles eran sus razones.Alejandro le explicó:1 – Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos NO tienen, ante la muerte, el poder de curar.
2 – Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.
3 – Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, cuando se nos termina el más valioso tesoro que es el tiempo.
Al morir nada material te llevas, aunque creo que las buenas acciones son una especie de cheques de viajero.
“EL TIEMPO” es el tesoro más valioso que tenemos porque ES limitado. Podemos producir más dinero, pero no más tiempo. Cuando le dedicamos tiempo a una persona, le estamos entregando una porción de nuestra vida que nunca podremos recuperar, nuestro tiempo es nuestra vida. EL MEJOR REGALO que le puedes dar a alguien es tu tiempo.

El alma tenías

El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
-soñaba altos muros-
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.
 

Augusto

Augusto se había criado en un hogar austero. No pobre, ni siquiera humilde, pero sin dudas austero. Sus padres habían sido gente de trabajo, de aquellos que creen que el trabajo no sólo sirve para vivir, sino por sobre to...do, para asegurarse una vejez digna.

Hacían un culto del sacrificio y el temor a no tener nada en un futuro. Augusto no supo jamás lo que era recibir un par de zapatillas, sino hasta que las que estaba usando ya no resistiesen los embates del tiempo y el tamaño de sus pies. No fue fácil crecer en ese ambiente. Un niño desea cosas que no tienen por qué tener que ver con la necesidad de tenerlas. En su hogar, la necesidad y la obligación, desplazaron al placer y a muchos sueños también. “Para que quieres una pelota nueva si tienes la que te regalamos hace cinco años”. Todavía escuchaba la voz de su padre y podía sentir cómo, tantos años atrás, corrían tímidamente un par de lágrimas por su mejilla. “La ropa es mejor holgada, para que sirva el año que viene también” decía su madre cada vez que era imprescindible comprar alguna prenda. Todavía veía a ese niño en pantalones con marcas de dobladillos que evidenciaban no sólo su crecimiento, sino el tiempo que hacía que ese pantalón había sido comprado.

“Pide a los reyes cosas necesarias, no juguetes que pasan de moda”. Todavía tenía en su mente ese tipo de frases que escuchaba cada año. Aún podía sentir la presión que hacía sobre la lapicera para no escribir en su cartita aquello que realmente deseaba con el corazón ¿Qué le importaba a Augusto niño lo que era necesario? Él quería juguetes, autos, pelotas ¿Por qué no podía pedirles a los reyes lo que se le antojara? ¿Qué tenían que ver ellos con la necesidad de las cosas? Augusto soñaba con barcos, desde muy pequeñito, pero jamás tuvo uno. Los barcos de juguete eran caros y más valía gastar dinero en algo de mayor utilidad.

El niño que fue quería navegar de verdad, sentir el viento sobre su rostro y el agua salpicando sus cabellos. Pidió infinitas veces a sus padres que lo llevasen a navegar, pero era algo costoso en aquellos días y por ende, imposible de conceder. Augusto creció en ese ambiente y sabido es que uno puede escapar sólo en parte de su historia, de las frases escuchadas con frecuencia y menos aún, de los sueños que fue imposible cumplir. Nunca tuvo un libro nuevo, ni su ansiado barco y había aprendido a sacar punta a los lápices con tal pericia que le duraban mucho más tiempo del que deseaba. – “Viejo se es mañana” decía siempre su padre. Hay que guardar para cuando ya no se pueda trabajar. Un día, sin saberlo, decidió que era inútil sufrir por esa vida austera y acotada y se amigó con ella. Comenzó él a prolongar la vida útil de las cosas, a considerar que no hacía falta comprar libros nuevos para la facultad cuando podía adquirirlos usados “total los libros dicen lo mismo, sean nuevos o usados” solía decir. Augusto se transformó en un joven hecho a imagen y semejanza de sus padres. Consiguió un trabajo y más allá de pagar sus estudios, ahorraba todo lo que podía. El mañana lo obsesionaba. El no tener una vejez digna, no poder mantenerse cuando fuese anciano se habían convertido en una amenaza de la que no salió ileso. Se fue endureciendo, de a poco fue olvidando aquellas lágrimas de niño, la lapicera apretada para escribir la cartita a los reyes y sobre todo el sueño de tener un barco. No se trataba de tener o no el dinero suficiente para comprarlo. Augusto era un exitoso profesional. Sin embargo, aquel sueño que de niño había sido tan importante, ahora de grande, se había transformado en algo postergable y casi superficial. Su familia insistía para que cumpliese esa asignatura pendiente, pero jamás accedió. – Hay que pensar en el mañana, no gastaré dinero en un barco – repetía una y otra vez. Sus hijos tenían la misma vida acotada que él había tenido. Olvidó cómo se sentía esa vida de cosas usadas y anhelos no cumplidos y se las hizo vivir también a ellos.

No pudo escapar del mandato familiar y arrastró a su familia a sobrevivir una vida que bien podría haber sido vivida a pleno. Con el paso de los años, la obsesión por el mañana y la vejez fue haciéndose cada vez más fuerte. La jubilación, el retiro, el ahorro, la pensión, eran palabras cada vez más frecuente en el vocabulario de Augusto. Era joven. Apenas si rondaba los cuarenta, pero parecía que en su horizonte ya no había proyectos, ni sueños, sólo recaudos para el futuro. – “Viejo se es mañana” - repetía a sus hijos, tal como su padre hiciera con él. Cierto día, despertó angustiado. Sentía tristeza y desazón. Necesitaba algo que ni él mismo sabía bien qué era. Llovía, el cielo estaba gris y el viento castigaba los árboles. Salió de su casa sin rumbo fijo y de repente se encontró, casi sin saber cómo, en el puerto. Se detuvo a mirar como navegaban aquellos barcos que habían transportado sus sueños de niño y una lágrima se confundió con las gotas de lluvia.

Un impulso desconocido lo arrojó dentro de una embarcación y se encontró rogándole al dueño que lo llevase a navegar. – No es día para navegar – dijo el dueño del barco. – Sólo unos minutos, se lo ruego – insistió Augusto. El dueño del barco accedió. Soltó amarras y en poco tiempo estaban en medio del río. Augusto fue feliz, luego de mucho tiempo y muchos años, fue feliz, pero no era un día para navegar y menos aún para cumplir sueños postergados. Dicen que los sueños jamás deben postergarse pues no se sabe en qué oportunidad pueden llegar a cumplirse. Cada vez llovía más y las ráfagas de viento no eran caricias, sino látigos. La embarcación se dio vuelta y los hombres nada pudieron hacer. El día siguiente, encontraron el cuerpo de Augusto flotando en el río. El viento rozaba su rostro, el agua salpicaba sus cabellos y una sonrisa podía entenderse en su expresión. El sol brillaba como nunca. En la proa de la embarcación, justo al lado del cuerpo de Augusto y como una burla del destino podía leerse un cartel de bronce que decía: “Mañana”.

Romance de la viuda enamorada

 
Siempre pegada a tu muro
y al filo de tus almenas;
siempre rondando el castillo
de tu amor; siempre sedienta
de una sed mala y amarga
de desengaño y arena.

¿Por qué te querré yo tanto?
¿Por qué viniste a mi senda?
¿Quién hizo brillar tus ojos
en la noche de mi pena?
¿Qué lluvia de mal cariño
quiso convertirme en yedra,
que va creciendo y creciendo
pegada a tu primavera?

¡Ay, qué montaña de amor
tengo sobre mi cabeza!
¡Ay, qué río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!

Yo estaba en mis campos hondos,
allí en Castilla la Vieja,
durmiéndome entre molinos
y coplas rubias de siega
y era mi vida una noria
monótona y polvorienta.

Mis hijos venían del campo
con sus camisas abiertas
y en el pulso de sus hombros
reclinaba mi cabeza.
Así, un día y otro día,
allí en Castilla la Vieja...

Una tarde (por los nardos
subía la primavera...)
una tarde vi tu sombra
que venía por la senda
dentro de un traje de pana,
tres vueltas de faja negra
y una voz dura y redonda
lo mismo que una pulsera.

-Buenas tardes, ¿Hay trabajo?
-Sí- te dije toda llena
de un escalofrío lento
que me sacudió las venas
y que me quitó de encima
diez años de vida muerta,
bordando en mi enagua oscura
una rosa dulce y tierna.

-Está bien- fueron tus gracias,
y, doblando la chaqueta,
te sentastes a mi lado
en el borde de la senda.

Vive este amor de silencio
y entre silencio se quema,
en una angustia de horas
y en un sigilo de puertas.
El pueblo ya lo murmura
en una copla que rueda
todo el día por el campo
y, de noche, en la taberna.

Dicen que si soy vïuda,
y sacan el muerto a cuestas;
dicen que si por mis hijos
me debía dar vergüenza...

Dicen, tantas cosas, tantas
que las paredes se llenan
de vidrios y maldiciones
y hasta a veces de blasfemias.

Mi hijo el mayor (veinte años,
dulce y moreno) con pena
me habló esta mañana: -Madre,
ese traje no te sienta,
ni esas flores, ni ese pelo,
ni ese pañuelo de hierbas...
Yo no me atreví a mirarlo
y me sentí muy pequeña,
como si fuese mi madre
la que hablándome estuviera.

-Por nosotros, tú no debes
vestirte de esa manera...

¡Ay, por vosotros! Os di
todo el trigo de mi era;
todavía de vosotros
mi cintura tiene huellas
¡Sangre mía que anda y vive
y a mí me va haciendo vieja!

¿Pero es que yo ya no tengo
derecho a querer? ¿Qué ciega
ley me prohíbe que al sol
deje mis rosas abiertas?
¿Y que me mire al espejo
y que me vista de fiesta
y que en mi jardín antiguo
florezca la primavera...?

¡Ay, qué montaña de amor
tengo sobre la cabeza!

¡Ay, qué río de suspiros
pasa y pasa por mi lengua!

¡Canten, hablen, cuenten, digan,
pueblo, niños, hombres, viejas,
que yo de tanto quererle
no sé si estoy viva o muerta!

¡Quiero y quiero y quiero y quiero!
Están en flor mis macetas;
cien ruiseñores heridos
cantan amor en mis venas
y me duele la garganta
y está mi voz hecha piedra
de tanto decir: "¡Te quiero
como a ninguno quisiera!"


Refranes

A canto de pájaro y a gracia de niño no invites a ningún amigo.
A canto de sirenas oídos de pescadores.
A capa vieja no le dan oreja.
A carne de lobo diente de perro.
A carne de lobo, hambre de can.
A carne dura, diente de perro.
A carne mala, buena salsa.
A carnero castrado no le tientes el rabo.
A casa de tu hermana, una vez a la semana.
A casa de tu hermano no irás cada verano.
A casa de tu tía, más no cada día.
A casa del amigo rico, irás siendo requerido, y a casa del necesitado, irás sin ser llamado.
A casa del cura, ni por lumbre vas segura.
A casa sinvergüenza, todo el mundo es suyo.
A casa vieja, portada nueva.
A catarro gallego, tajada de vino.
A cautela, cautela y media.
A celada de bellacos, más vale por los pies que por las manos.
A cena de vino, desayuno de agua.
A clérigo hecho fraile, no le fíes tu comadre.
A comer, sé tu el primero; a pelear, el postrero.
A como come el mulo, caga el culo.
A consejo ido, consejo venido.
A consejo ruin, campana de madera.
A cordero extraño no agasajes en tu rebaño.
A cualquier dolor, paciencia es lo mejor.
A cualquiera se le muere un tío.
A cuenta de los gitanos, roban muchos castellanos.
A cuenta del tío rico trabajaba Perico
A dineros pagados, brazos quebrados.
A Dios de rodillas, al rey de pie, y al demonio en el canapé.
A Dios rogando y con el mazo dando.
A Dios y a su altar, lo mejor has de dar.
A Dios, llamaron tú.
A Dios, lo mejor.
A Dios, nada se le oculta.
A donde entra mucho vino todos los vicios hacen camino.
A donde las dan, allí las toman.
A donde se cree que hay chorizos, no hay clavos donde colgarlos.
A donde te duele, ahí te daré.
A dónde vas a ir que más valgas.
A donde vas bien A donde más se tiene.
A dos días buenos, cientos de duelos.
A embestida de hombre fiero, pies, para que os quiero!
A enemigo que huye, puente de plata.
A enfermedad ignorada, pocas medicinas y a estudiarla.
A escote nada es caro.
A ese precio, no habría ya vara en la tienda.
A espalda vuelta, no hay respuesta.
A fácil perdón, frecuente ladrón.
A falta de caballos, troten los asnos.
A falta de corazón, buenas las piernas son.
A falta de faisán, buenos son rábanos con pan.
A falta de gallina, bueno es caldo de habas.
A falta de hechiceros lo quieren ser los gallegos.
A falta de hombres buenos, a mi padre hicieron alcalde.
A falta de manos, buenos son pies.
A falta de olla, pan y cebolla.
A falta de pan, buenas son tortas.
A falta de trigo, venga centeno.
A falta de vaca, buenos son pollos con tocino.
A falta vieja, vergüenza nueva.
A feria vayas que más valgas.
A ferias y fiestas, con pollinos y mujeres ajenas.
A fin de año, remienda tu paño.
A flores nuevas, afeite perdido.
A fortuna adversa no hay casa enhiesta.
A fuego y a boda va la aldea toda.
A fuerza de constancia y fina intriga, un elefante desfloró a una hormiga.
A fuerza de duros caen los más fuertes muros.
A fuerza de martillar, el herrador deja de herrar.
A fuerza de probaturas perdió el virgo la Juana.
A fullero viejo, flores nuevas.
A galgo mojado, liebre enjuta.
A galgo viejo echadle liebre y no conejo.
A gallego pedidor, castellano tenedor.
A gata vieja, rata nueva.
A gato escaldado una vez nomás lo atrapan.
A golpe dado no hay quite.
A golpe de mar, pecho sereno.
A gracias de niño y canto de pájaros, no convides a tu amigo.
A gran arroyo, pasar postrero.
A gran calva, gran pedrada.
A gran pecado, gran misericordia.
A gran solicitud, gran ingratitud.
A gran subida, gran caída.
A grandes cautelas, otras mayores.
A grandes males, grandes remedios.
Si, quiero que entres en mis sueños,
en mi tienes un lugar;
te abro las puertas de mi alma,
deseo te puedas quedar.

...En mi instala los besos
en el mas bello rincón,
toma de mi los que quieras,
quiero llenarte de amor.

Yo necesito tus brazos,
me hace falta tu calor,
tómame y aprieta fuerte
y así dame de tu amor.

Sueños de hadas,
lírica en flor,
universos de esperanzas,
arco iris de color,
presenciando nuestro amor.

Juego, me río, te toco,
tu me haces ser así.

Caigo en ti y así te beso,
deseo hacerte feliz.

Si deseas ten mis manos
quédate aquí junto a mi.

Una ternura y te salvo,
quiero que seas para mi.

Magia en mi alma,
gran sensación,
muchas hadas de colores
presenciando mi ilusión.

Lluvia de besos,
canción de amor,
yo quiero entrar en tu vida,
déjame ser tu pasión.

Sueños y versos,
así es mi amor,
bailemos bajo la luna,
quiero ser siempre tu amor.

Duende del Bosque 

Enya




dissabte, 12 de febrer del 2011

Me sobra el corazón

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.               

Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos de mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.               

No puedo con mi estrella.
Y busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.               

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.               

Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.               

Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?               

Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?               

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.               

Me sobra corazón.

Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.               

No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día. 
   
Miguel Hernández   
        
                                     


Ahora que ya te fuiste

NOCTURNO VII

Ahora que ya te fuiste, te diré que te quiero.
Ahora que no me oyes, ya no debo callar.
Tú seguirás tu vida y olvidarás primero...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar.

Hay un amor tranquilo que dura hasta la muerte,
y un amor tempestuoso que no puede durar.
Acaso aquella noche no quise retenerte...
y ahora estoy recordándote a la orilla del mar.

Tú, que nunca supiste lo que yo te quería,
quizás entre otros brazos lograrás olvidar...
Tal vez mires a otro, igual que a mí aquel día...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar.

El rumor de mi sangre va cantando tu nombre,
y el viento de la noche lo repite al pasar.
Quizás en este instante tú besas a otro hombre...
Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar...

Y yo aquí, recordándote, a la orilla del mar...

José Ángel Buesa


El buen hombre

 Cierto día, un padre y su hijo, venían por la dehesa de cuidar el ganado con su burrito.
En el camino el padre se sentó encima del burro, mientras el hijo tiraba de el.
Cuando se cruzaron con una señora y viendo la estampa, ésta dijo:

.-¿ Pero como un padre, puede obligar a su hijo a tirar del burro, mientras el va cómodo a lomos de este ?. ¡¡Es vergonzoso que un padre consienta tal cosa !!.

Ellos dos se miraron avergonzados, y se cambiaron los puestos.

Siguiendo el camino, estando el hijo sobre la bestia, y el padre tirando de el., se cruzaron con un arriero que viendo la estampa dijo:

.-¿ Pero como un padre puede ir a pie tirando de un burro, teniendo un hijo tan fuerte y joven?. ¡¡ Es vergonzoso que un hijo consienta tal cosa !!.

Ellos se volvieron a mirar avergonzados, encontrando como única solución a las criticas, ir los dos a pie.

Continuando el sendero, se les cruzó un peregrino que les dijo:

¡¡ Me parece increíble, que teniendo un animal de tan buen porte, tengan los amos que ir a pie pudiendo ir a lomos de este !!.

El padre y el hijo se volvieron a mirar, sin saber una vez mas el que decir al respecto, creyendo que ir los dos en los lomos del burro, seria una buena idea.

Ya a mitad de camino, estando los dos a lomos del animal, se cruzó un cura, que viendo la estampa les dijo:

.-¿ No les da vergüenza ?, ¡¡ que un pobre animal, ya mayor, tenga que soportar el maltrato de sus amos, teniéndolos que llevar a lomos, desde vaya usted a saber donde !!
 
MORALEJA: Haz lo que creas que es correcto.No hagas caso a la opinión de los demás,podrías acabar llevando el burro a cuestas. 
 
 

The Promise





Alma desnuda



Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
Dice al invierno que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice: libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega.

Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.
 

Alfonsina Storni

 

Refranes

A abad sin ciencia y sin conciencia, no le salva la inocencia.
A abril alabo si no vuelve el rabo.
A amante que no es osado, dale de lado.
A amo ruin, mozo malsín.
A amor mal correspondido, ausencia y olvido.
A amor y fortuna, resistencia ninguna.
A año tuerto, labrar un huerto.
A árbol caído, todo son piedras.
A asno lerdo, arriero loco.
A ayer, lo conocí; pero a mañana nunca lo vi.
A balazos de plata y bombas de oro, rindió la plaza el moro.
A barba moza, vergüenza poca.
A barba muerta, obligación cubierta.
A barbas honradas, honras colmadas.
A barco nuevo, capitán viejo
A beber me atrevo, porque a nadie debo y de lo mío bebo.
A bestia comedora, piedras en la cebada.
A bestia loca recuero modorro.
A bestia loca, recuerdo modorro.
A bicho que no conozcas, no le pises la cola.
A bien dar o mal dar, por no pedir no ha de quedar.
A bien obrar bien pagar.
A bien te salgan, hija, estos arremangos.
A bloque, la casa en roque.
A bocado harón espolada de vino.
A bocado harón, vino por espolón.
A bodas y a niño bautizado, no vayas sin ser llamado.
A borracho fino, primero agua y luego vino.
A borregos recién esquilados, no les mande Dios viento helado.
A borrico desconocido, no le toques la oreja.
A buen amo, mejor criado.
A buen andar o mal andar, comer y guardar.
A buen año y malo, molinero y hortelano.
A buen capellán, mejor sacristán.
A buen comedor, quitárselo de delante.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.
A buen gato, buen rato.
A buena hambre no hay pan duro.
A buen señor, buena demanda.
A buen sueño no hay cama dura.
A buena barbechera, mejor sementera.
A buena confesión, mala penitencia.
A buena fe y sin mal engaño, para mi quiero el provecho y para ti el daño.
A buena fiesta, mala nueva.
A buena hora pidió el rey gachas.
A buena suela, mala pieza.
A buenas ganas, huelgan las salsas.
A buenas horas mangas verdes.
A buenos ocios malos negocios.
A buey viejo no le cates majada, que él se la cata.
A buey viejo no se le saca paso.
A buey viejo pasto tierno.
A buey viejo, cencerro nuevo.
A burra nueva, cincha amarilla.
A burra vieja, albarda nueva.
A burro desconocido, no le toques la oreja.
A burro negro no le busques pelo blanco.
A burro viejo, poco verde.
A caballero nuevo, caballo viejo.
A caballo ajeno, espuelas propias.
A caballo brioso toca: o frenarlo o se desboca.
A caballo corredor y hombre reñidor poco le dura el honor.
A caballo corredor, cabestro corto.
A caballo de alquiler: mucha carga y mal comer.
A caballo de presente, no se le repara el diente.
A caballo grande, grandes espuelas.
A caballo nuevo jinete viejo.
A caballo que se empaca, darle estaca.
A caballo que vuela, ¿para qué la espuela?.
A caballo regalado no se le mira el diente.
A cabellos enredados, piojos por descontado.
A cada cabeza su seso.
A cada cajón, su aldabón.
A cada cañada le llega su añada.
A cada cerdo le llega su San Martín.
A cada día bástale su maestría, y a cada momento, su pensamiento.
A cada guaraguao le llega su pitirre.
A cada pajarillo le gusta su nidillo.
A cada pajarillo parécele bien su nido.
A cada paje, su ropaje.
A cada parte hay tres leguas de mal camino.
A cada paso, un gazapo.
A cada pez le llega su vez.
A cada puerco le llega su San Martín.
A cada puerta, su dueña.
A cada renacuajo dio Dios su cuajo.
A cada santo le llega su día de fiesta.
A callarse ranas, que va a predicar el sapo.
A cama chica, echarse en medio.
A can que lame ceniza, no le debes confiar la harina.

La felicidad es un trayecto



Un hombre de negocios de vacaciones, estaba en el muelle de un pueblecito caribeño cuando llegó un pequeño bote con un pescador.

Dentro del bote había varios peces de buen tamaño. El empresario elogió al pescador por la calidad del pescado y le preguntó si había tardado mucho en conseguir aquella pesca.
El pescador respondió que muy poco tiempo.
El empresario volvió a preguntar porqué no permanecía más tiempo y sacaba mas pescado.

El pescador le dijo que tenía suficiente para satisfacer las necesidades de su familia, a lo que el empresario volvió a preguntar ¿Y qué hace usted con el resto de su tiempo?

El pescador dijo, "duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, hecho la siesta con mi señora María, voy por las noches al pueblo donde tomo alguna copa y veo a mis amigos, tengo una vida "placentera y ocupada".

El empresario le replicó, vera, buen hombre, yo podría ayudarle.

Debería emplear mas tiempo en la pesca y con los ingresos demás, comprar un barco mas grande, con los ingresos del barco mas grande podría comprar varios barcos y eventualmente tendría una flota de barcos pesqueros. En vez de vender el pescado a un intermediario lo podría hacer directamente a un procesador y eventualmente abrir su propia procesadora. Debería controlar la producción, el procesamiento y la distribución. Debería salir de este pequeño pueblo e ir a La Capital, donde manejaría su empresa en expansión.

El pescador entonces le preguntó, - ¿Pero, cuánto tiempo tardaría todo eso?
A lo cual el empresario le respondió, "quizás entre 15 y 20 años".

"¿y luego que?"

El americano se río y dijo que esa era la mejor parte. "Cuando llegase la hora podría vender las acciones de su empresa. Se volverá rico, tendrá muchos millones.


"Ahhh, muchos millones ...y; ¿luego que?"
Dijo el empresario. "Con todo eso se puede retirar. Mudarse a un pueblecito en la costa donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, ocuparse de sus hijos, echarse la siesta con su mujer, acercarse por las noches al pueblo para tomar algo y hablar con los amigos".

El pescador respondió: "¿Y no es eso lo que tengo ya?"

La felicidad, es un trayecto, no un destino.

Anónimo 
 

divendres, 11 de febrer del 2011

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío


Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina? 
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.

Miguel Hernández 


Caminante no hay camino

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse…
Nunca perseguí la gloria.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”
Golpe a golpe, verso a verso…
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”
Golpe a golpe, verso a verso…
Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”
Golpe a golpe, verso a verso. 

Antonio Machado

Estoy enamorada


Quiero beber los besos de tu boca
Como si fueran gotas de rocio
Y ahí en el aire dibujar tu nombre
Junto con el mío

Quiero un acorde dulce de guitarra
Hacia locuras en tus sentimientos
En el sutil abrazo de la noche
Sepas lo que siento

Que estoy enamorada
Y tu amor me hace  grande
Que estoy enamorada
Y que bien, que bien me hace amarte

Dentro de ti quedarme en cautiverio
Para sumarme el aire que respiras
Y en cada espacio unir mis ilusiones
Junto con tu vida

Que si naufragio me quede en tu orilla
Que de recuerdos solo me alimente
Y que despierte del sueño profundo
Solo para verte

Que estoy enamorada
Y tu amor me hace  grande
Que estoy enamorada
Y que bien, que bien me hace amarte

Voy a encender el fuego, de tu piel callada
Mojare tus labios de agua  apasionada
Para que tejamos sueños de la nada

Que estoy enamorada
Y tu amor me hace  grande
Que estoy enamorada
Y que bien, que bien me hace amarte

Que estoy enamorada
Y tu amor me hace  grande
Que estoy enamorada
Y que bien, que bien me hace amarte


Thalia

                                        

El poder las palabras



Los Retoños del Ombu


Era un pueblo muy pequeño. Tan pequeño que no figuraba en los grandes mapas nacionales. Tan pequeño que tenía sólo una diminuta plaza, y que en su única plaza tenía un solo árbol.

Pero la gente amaba a ese pueblo, amaba a su plaza y amaba a su árbol: un enorme ombú que estaba justo en la mitad de la plaza... ... y también en la mitad de la cotidianeidad de los habitantes del pueblo: Todas las tardes, a eso de las 7, después del trabajo, hombres y mujeres se cruzaban en la plaza, recién bañados, peinados y vestidos dando un par de vueltas alrededor del ombú.

Durante años los jóvenes, los padres de los jóvenes y los padres de los padres se habían cruzado diariamente bajo el ombú. Allí se habían cerrado negocios importantes, tomado decisiones del municipio, arreglado casamientos y recordado a los muertos, por los años de los años.

Un día algo diferente y maravilloso comenzó a pasar: en una raíz lateral, saliendo de la nada, brotó una ramita verde con sus dos únicas hojitas apuntando al sol. Era un retoño. El primer retoño que el ombú había dado desde que se lo conocía.


Después de la conmoción, se creó una comisión que organizó un festejo para brindar por el nuevo hecho.

Para sorpresa de los organizadores, no todos en el pueblo concurrieron al brindis, habían quienes decían que el retoño traería complicaciones.

El caso es que algunos días después de aparecido el primer retoño, empezó a brotar otro. Y en un mes, más de una veintena de nuevas manchitas verde claro asomaron en las ya grises raíces del ombú.

La alegría de unos y la indiferencia de otros había de durar poco.

El aviso lo dio el guardia de la plaza. Algo le pasaba al viejo ombú. Sus hojas estaban más amarillentas que nunca, eran débiles y se caían con facilidad. La corteza del tronco otrora carnosa y tierna, se había vuelto reseca y quebradiza. El guardián dio su diagnóstico: El ombú estaba enfermo y quizás moriría.

Esa tarde, en el paseo vespertino se planteó la discusión. Algunos empezaron a decir que todo esto era culpa de los retoños. Sus argumentos eran concretos: todo estaba bien antes de que aparecieran.

Los defensores de los retoños decían que una cosa era independiente de la otra y que los retoños eran el futuro si algo le pasaba al viejo ombú.

Así, planteadas las posiciones, se formaron dos grupos claramente divididos. Uno que ponía el acento en el viejo ombú y otro que lo ponía en los nuevos retoños.

Sin saber cómo, la discusión se hizo cada vez más acalorada y los grupos cada vez más separados. Recién entrada la noche acordaron llevar el tema a la reunión vecinal del día siguiente, para calmar los ánimos.

Pero los ánimos no se calmaron. Al día siguiente, los defensores del ombú (como empezaron a llamarse) dijeron que la solución del problema era volver atrás. Los retoños estaban quitándole fuerzas al viejo ombú y actuando como parásitos del árbol. Había, por lo tanto, que destruir a los retoños.

Los defensores de la vida, como ya se habían bautizado, escucharon azorados, porque también ellos se habían reunido antes para encontrar una solución. Había que hachar el viejo ombú, que en realidad ya había cumplido su ciclo. Este, lo único que hacía era quitarle el sol y agua a los recién nacidos. Además, era inútil defender al ombú porque de todas maneras el viejo árbol estaba potencialmente muerto.

La discusión terminó en una pelea y la pelea en una gresca, donde no faltaron gritos, insultos y patadas. La policía disolvió el escándalo mandando a cada uno a su casa.

Los defensores del ombú se reunieron esa noche y decidieron que la situación era desesperada, los estúpidos adversarios no iban a entender razones y por lo tanto se debía actuar. Armados con tijeras de podar, palas y picos decidieron atacar: con los retoños ya destruidos, otra sería la situación a negociar.

Llegaron a la plaza casi alegres. Al acercarse al árbol, vieron que un grupo de personas apilaban maderas alrededor del ombú. Eran los defensores de la vida que planeaban prenderle fuego. Ambos grupos de defensores se trenzaron otra vez, pero ahora sus manos estaban armadas de odio, resentimiento e instinto de destruir.

Varios retoños fueron pisoteados y dañados durante la pelea. El viejo ombú también sufrió severos daños, en su tronco y en sus ramas. Más de veinte defensores de ambos bandos terminaron la noche internados, con más o menos gravedad, en el hospital del pueblo.

La mañana siguiente encontró en la plaza un panorama distinto:

Los defensores del ombú habían levantado un cerco alrededor del árbol y lo custodiaban permanentemente cuatro personas armadas.

Los defensores de la vida, por su parte, habían cavado un foso y puesto alambre de púas alrededor de los retoños que quedaban, dispuestos a repeler cualquier ataque.

La situación en el resto del pueblo también se había tornado insoportable. Cada grupo, en su afán de conseguir más apoyo, había politizado la decisión y cada habitante debía tener posición tomada: defendía al ombú y por lo tanto era enemigo de los defensores de la vida o defendía los retoños y por lo tanto, debía odiar a muerte a los defensores del árbol.

La discusión final se iba a hacer ante el juez de paz, a la sazón el pastor del pueblo en la pequeña iglesia, el siguiente domingo.

Dividido el público por una soga, los dos bandos intercambiaron agresiones. El griterío era terrible y nadie se hacía escuchar.

De pronto se abrió la puerta y por el pasillo, seguido por la mirada de ambos bandos, avanzaba apoyado en su bastón “El viejo”.

“El viejo”, que debía tener más de cien años, cuando era un jovencito había fundado ese pueblo, diagramó sus calles, loteó los terrenos y por supuesto, plantó el árbol. “El viejo” era respetado por todos y su palabra conservaba la claridad que la acompañó toda su larga vida.

El anciano rechazó los brazos que se ofrecían para ayudarlo y con dificultad subió al estrado y les habló:

¡Imbéciles! –dijo- ustedes se llaman a sí mismos “defensores del ombú”, “defensores de la vida”; “defensores...”!

Ustedes son incapaces de defender nada, porque su única intención es lastimar a todos los que piensen diferente.

Ustedes no se han dado cuenta de su error y están tan equivocados unos como otros. El ombú no es una piedra. Es un ser viviente y como tal, tiene un ciclo vital. Este ciclo incluye dar vida a los que continuarán su misión, es decir incluye preparar a los retoños para hacer de ellos nuevos ombúes.

Pero los retoños, estúpidos, son sólo retoños. Y por ello no podrían vivir si el ombú se muere, y la vida del ombú no tendría sentido si no fuera capaz de prolongarse en nueva vida.

Prepárense “defensores de la vida”, entrénense y ármense. Pronto será la hora de prenderle fuego a la casa de sus padres con ellos dentro, pronto envejecerán y empezarán a estorbar el camino.

Prepárense “defensores del ombú”, practiquen con los retoños. Deben estar preparados para pisotear y matar a sus hijos, cuando estos quieran reemplazarlos o superarlos.

¡Ustedes se llaman a ustedes “los defensores”!

Ustedes lo único que quieren es destruir... y no se dan cuenta de que destruyendo, destruirán también inexorablemente todo aquello que creen defender.

¡Reflexionen! No tienen mucho tiempo.

Y dicho esto, bajó lentamente del estrado y caminó hacia la puerta, en medio del silencio de todos.

... Y se fue.