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dissabte, 9 de febrer del 2013

HAY QUE TENER UN AMANTE

Muchas personas tienen un amante y otras quisieran tenerlo. Y también están las que no lo tienen, o las que lo tenían y lo perdieron. Y son generalmente estas dos últimas, las que vienen a mi consultorio para decirme que están tristes o que tienen distintos síntomas como insomnio, falta de voluntad, pesimismo, crisis de llanto o los más diversos dolores.

Me cuentan que sus vidas transcurren de manera monótona y sin expectativas, que trabajan nada más que para subsistir y que no saben en qué ocupar su tiempo libre. En fin, palabras más, palabras menos, están verdaderamente desesperanzadas.

Antes de contarme esto ya habían visitado otros consultorios en los que recibieron la condolencia de un diagnóstico seguro:"Depresión" y la infaltable receta del antidepresivo de turno.

Entonces, después de que las escucho atentamente, les digo que no necesitan un antidepresivo; que lo que realmente necesitan, ES UN AMANTE

Es increíble ver la expresión de sus ojos cuando reciben mi veredicto. Están las que piensan: ¡Cómo es posible que un profesional se despache alegremente con una sugerencia tan poco científica!. Y también están las que escandalizadas se despiden y no vuelven nunca más

A las que deciden quedarse y no salen espantadas por el consejo, les doy la siguiente definición

:Amante es: "Lo que nos apasiona". Lo que ocupa nuestro pensamiento antes de quedarnos dormidos y es también quien a veces, no nos deja dormir. Nuestro amante es lo que nos vuelve distraídos frente al entorno. Lo que nos deja saber que la vida tiene motivación y sentido.

A veces a nuestro amante lo encontramos en nuestra pareja, en otros casos en alguien que no es nuestra pareja. También solemos hallarlo en la investigación científica, en la literatura, en la música, en la política, en el deporte, en el trabajo cuando es vocacional, en la necesidad de trascender espiritualmente, en la amistad, en la buena mesa, en el estudio, o en el obsesivo placer de un hobby...En fin, es "alguien" o "algo" que nos pone de "novio con la vida" y nos aparta del triste destino de durar.

Y que es durar? - Durar es tener miedo a vivir. Es dedicarse a espiar como viven los demás, es tomarse la presión, deambular por consultorios médicos, tomar remedios multicolores, alejarse de las gratificaciones, observar con decepción cada nueva arruga que nos devuelve el espejo, cuidarnos del frío, del calor, de la humedad, del sol y de la lluvia.Durar es postergar la posibilidad de disfrutar hoy, esgrimiendo el incierto y frágil razonamiento de que quizás podamos hacerlo mañana.

Por favor no te empeñes en durar, búscate un amante, se vos también un amante y un protagonista... de la vida.Pensá que lo trágico no es morir, al fin y al cabo la muerte tiene buena memoria y nunca se olvidó de nadie.

Lo trágico, es no animarse a vivir; mientras tanto y sin dudar, búscate un amante...

La sicología después de estudiar mucho sobre el tema descubrió algo trascendental:

"Para estar contento, activo y sentirse feliz, hay que estar de novio con la vida".

JORGE BUCAY


dilluns, 19 de setembre del 2011

Nueve vacas


Dos amigos marineros viajaban en un buque carguero por todo el mundo, y andaban todo el tiempo juntos. Así que, esperaban la llegada a cada puerto para bajar a tierra, encontrarse con mujeres, beber y divertirse. Un día llegan a una isla perdida en el Pacífico, desembarcan y se van al pueblo para aprovechar las pocas horas que iban a permanecer en tierra.
En el camino se cruzan con una mujer que está arrodillada en un pequeño río lavando ropa.
Uno de ellos se detiene y le dice al otro que lo espere, que quiere conocer y conversar con esa mujer. El amigo, al verla y notar que esa mujer no es nada del otro mundo, le dice que para qué, si en el pueblo seguramente iban a encontrar chicas más lindas, más dispuestas y divertidas.
Sin embargo, sin escucharlo, el primero se acerca a la mujer y comienza a hablarle y preguntarle sobre su vida y sus costumbres. Cómo se llama, qué es lo que hace, cuantos años tiene, si puede acompañarlo a caminar por la isla. La mujer escucha cada pregunta sin responder ni dejar de lavar la ropa, hasta que finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el jefe o patriarca del pueblo.
El hombre la mira y le dice: "Está bien. LLévame ante tu padre. Quiero casarme con vos".
El amigo, cuando escucha esto, no lo puede creer. Piensa que es una broma, un truco de su amigo para entablar relación con esa mujer. Y le dice: "Para qué tanto lío? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. Para qué tomarse tanto trabajo?".
El hombre le responde: "No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano".
Su amigo, más sorprendido aún, siguió insistiendo con argumentos tipo: "Vos estás loco?", "Qué le viste?", "Qué te pasó?", "Seguro que no tomaste nada?" y cosas por el estilo.
Pero el hombre, como si no escuchase a su amigo, siguió a la mujer hasta el encuentro con el patriarca de la aldea.
El hombre le explica que habían llegado recién a esa isla, y que le venía a manifestar su interés de casarse con una de sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costubre era pagar una dote por la mujer que se elegía para casarse.
Le explica que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 vacas, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 vacas, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.
El marino le explica que entre las mujeres de la tribu había elegido a una que vió lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le podría costar 3 vacas.
"Está bien" respondió el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas".
El padre de la mujer, al escucharlo, le dijo: "Ud. no entiende. La mujer que eligió cuesta tres vacas, mis otras hijas, más jovenes, cuestan nueve vacas".
"Entiendo muy bien", respondió nuevamente el hombre, "me quedo con la mujer que elegí y pago por ella nueve vacas".
Ante la insistencia del hombre, el padre, pensando que siempre aparece un loco, aceptó y de inmediato comenzaron los preparativos para la boda, que iba a realizarse lo antes posible.
El marinero amigo no lo podía creer. Pensó que el hombre había enloquecido de repente, que se había enfermado, que se había contiagiado una rara fiebre tropical. No aceptaba que una amistad de tantos años se iba a terminar en unas pocas horas. Que él partiría y su mejor amigo se quedaría en una perdida islita de Pacífico.
Finalmente, la ceremonia se realizó, el hombre se casó con la mujer nativa, su amigo fue testigo de la boda y a la mañana siguiente, partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.
El tiempo pasó, el marinero siguió recorriendo mares y puertos a bordo de los barcos cargueros más diversos y siempre recordaba a su amigo y se preguntaba: qué estaría haciendo?, cómo sería su vida?, viviría aún?.
Un día, el itinerario de un viaje lo llevó al mismo puerto donde años atrás se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él, por verlo, abrazarlo, conversar y saber de su vida.
Así es que, en cuanto el barco amarró, saltó al muelle y comenzó a caminar apurado hacia el pueblo.
Donde estaría su amigo?, Seguiría en la isla?, Se habría acostumbrado a esa vida o tal vez se habría ido en otro barco?.
De camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, en un espectáculo magnífico.
Entre todos, llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Todos cantaban hermosas canciones y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas.
El marinero se quedó quieto, parado en el camino hasta que el cortejo se perdió de su vista. Luego, retomó su senda en busca de su amigo.
Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo.
El marinero no paraba de preguntar: Y cómo te fue?, Te acostumbraste a vivir aquí?, Te gusta esta vida?, No querés volver?. Finalmente se anima a preguntarle: Y como está tu esposa?.
Al escuchar esa pregunta, su amigo le respondió: "Muy bien, espléndida. Es más, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños".
El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, pregunto: "Entonces, te separaste?, No es misma mujer que yo conocí, no es cierto?.
"Si" dijo su amigo, "es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás".
"Pero, es muchísimo más hermosa, femenina y agradable. cómo puede ser?", preguntó el marinero.
"Muy sencillo" respondió su amigo. "Me pidieron de dote 3 vacas por ella, y ella creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella nueve vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de nueve vacas. La amé como a una mujer de nueve vacas. Y ella se transformó en una mujer de nueve vacas".
Cuando alguien nos valora y nos estimula, con sinceridad y amor, obramos cambios impensados.

(Jorge Bucay)  
       

diumenge, 14 d’agost del 2011

Me gustaría ser agua







Estoy sentado, escribiendo frente a la ventana. Llueve. Veo caer el agua, jugar y salpicar… cierro los ojos.
Me gustaría ser agua…
Soy el agua de la lluvia. Caigo sobre los sembrados. Me aman las plantas a las que calmo la sed. Me ama la tierra a la cual mantengo viva y fértil; me aman los hombres que viven en esa tierra y de esa tierra. Me odian los veraneantes de la playa, me odian los animales desamparados que vagan por las calles…
Soy el agua en un estanque. Aquí estoy, esperando ser utilizada. Sirvo para refrescar a los campesinos y para bañar a los animales. No soy apta para ser bebida porque estoy sucia y contaminada, demasiado tiempo quieta.
Soy el agua de las lágrimas de un niño.
Soy la expresión más auténtica de la emoción, soy el reclamo de los únicos afectos incondicionales. Soy el símbolo de la alegría y de la pena.
Soy el agua de un río caudaloso.
Soy el hogar de miles de peces, soy el movimiento de la naturaleza, soy el ruido del bosque y la pradera. Soy el dulce que será sal mañana, cuando llegue al mar.
Soy el agua de una fuente cristalina, soy la bañera de un montón de pajaritos, soy el trago que cancela la sed del caminante, soy la transparencia de la claridad del día. Soy el símbolo más claro del fluir y de la vida.
 A veces soy vapor y a veces hielo.
 En todas estas formas de ser: soy útil, soy inútil y hasta a veces soy dañina.
Porque nunca trato de ser lo que no soy. Porque admito ser la parte y no el todo. Porque soy muchas cosas y una sola. Porque no soy más de lo que soy.
Pero tampoco menos.
Jorge Bucay


divendres, 11 de febrer del 2011

Los Retoños del Ombu


Era un pueblo muy pequeño. Tan pequeño que no figuraba en los grandes mapas nacionales. Tan pequeño que tenía sólo una diminuta plaza, y que en su única plaza tenía un solo árbol.

Pero la gente amaba a ese pueblo, amaba a su plaza y amaba a su árbol: un enorme ombú que estaba justo en la mitad de la plaza... ... y también en la mitad de la cotidianeidad de los habitantes del pueblo: Todas las tardes, a eso de las 7, después del trabajo, hombres y mujeres se cruzaban en la plaza, recién bañados, peinados y vestidos dando un par de vueltas alrededor del ombú.

Durante años los jóvenes, los padres de los jóvenes y los padres de los padres se habían cruzado diariamente bajo el ombú. Allí se habían cerrado negocios importantes, tomado decisiones del municipio, arreglado casamientos y recordado a los muertos, por los años de los años.

Un día algo diferente y maravilloso comenzó a pasar: en una raíz lateral, saliendo de la nada, brotó una ramita verde con sus dos únicas hojitas apuntando al sol. Era un retoño. El primer retoño que el ombú había dado desde que se lo conocía.


Después de la conmoción, se creó una comisión que organizó un festejo para brindar por el nuevo hecho.

Para sorpresa de los organizadores, no todos en el pueblo concurrieron al brindis, habían quienes decían que el retoño traería complicaciones.

El caso es que algunos días después de aparecido el primer retoño, empezó a brotar otro. Y en un mes, más de una veintena de nuevas manchitas verde claro asomaron en las ya grises raíces del ombú.

La alegría de unos y la indiferencia de otros había de durar poco.

El aviso lo dio el guardia de la plaza. Algo le pasaba al viejo ombú. Sus hojas estaban más amarillentas que nunca, eran débiles y se caían con facilidad. La corteza del tronco otrora carnosa y tierna, se había vuelto reseca y quebradiza. El guardián dio su diagnóstico: El ombú estaba enfermo y quizás moriría.

Esa tarde, en el paseo vespertino se planteó la discusión. Algunos empezaron a decir que todo esto era culpa de los retoños. Sus argumentos eran concretos: todo estaba bien antes de que aparecieran.

Los defensores de los retoños decían que una cosa era independiente de la otra y que los retoños eran el futuro si algo le pasaba al viejo ombú.

Así, planteadas las posiciones, se formaron dos grupos claramente divididos. Uno que ponía el acento en el viejo ombú y otro que lo ponía en los nuevos retoños.

Sin saber cómo, la discusión se hizo cada vez más acalorada y los grupos cada vez más separados. Recién entrada la noche acordaron llevar el tema a la reunión vecinal del día siguiente, para calmar los ánimos.

Pero los ánimos no se calmaron. Al día siguiente, los defensores del ombú (como empezaron a llamarse) dijeron que la solución del problema era volver atrás. Los retoños estaban quitándole fuerzas al viejo ombú y actuando como parásitos del árbol. Había, por lo tanto, que destruir a los retoños.

Los defensores de la vida, como ya se habían bautizado, escucharon azorados, porque también ellos se habían reunido antes para encontrar una solución. Había que hachar el viejo ombú, que en realidad ya había cumplido su ciclo. Este, lo único que hacía era quitarle el sol y agua a los recién nacidos. Además, era inútil defender al ombú porque de todas maneras el viejo árbol estaba potencialmente muerto.

La discusión terminó en una pelea y la pelea en una gresca, donde no faltaron gritos, insultos y patadas. La policía disolvió el escándalo mandando a cada uno a su casa.

Los defensores del ombú se reunieron esa noche y decidieron que la situación era desesperada, los estúpidos adversarios no iban a entender razones y por lo tanto se debía actuar. Armados con tijeras de podar, palas y picos decidieron atacar: con los retoños ya destruidos, otra sería la situación a negociar.

Llegaron a la plaza casi alegres. Al acercarse al árbol, vieron que un grupo de personas apilaban maderas alrededor del ombú. Eran los defensores de la vida que planeaban prenderle fuego. Ambos grupos de defensores se trenzaron otra vez, pero ahora sus manos estaban armadas de odio, resentimiento e instinto de destruir.

Varios retoños fueron pisoteados y dañados durante la pelea. El viejo ombú también sufrió severos daños, en su tronco y en sus ramas. Más de veinte defensores de ambos bandos terminaron la noche internados, con más o menos gravedad, en el hospital del pueblo.

La mañana siguiente encontró en la plaza un panorama distinto:

Los defensores del ombú habían levantado un cerco alrededor del árbol y lo custodiaban permanentemente cuatro personas armadas.

Los defensores de la vida, por su parte, habían cavado un foso y puesto alambre de púas alrededor de los retoños que quedaban, dispuestos a repeler cualquier ataque.

La situación en el resto del pueblo también se había tornado insoportable. Cada grupo, en su afán de conseguir más apoyo, había politizado la decisión y cada habitante debía tener posición tomada: defendía al ombú y por lo tanto era enemigo de los defensores de la vida o defendía los retoños y por lo tanto, debía odiar a muerte a los defensores del árbol.

La discusión final se iba a hacer ante el juez de paz, a la sazón el pastor del pueblo en la pequeña iglesia, el siguiente domingo.

Dividido el público por una soga, los dos bandos intercambiaron agresiones. El griterío era terrible y nadie se hacía escuchar.

De pronto se abrió la puerta y por el pasillo, seguido por la mirada de ambos bandos, avanzaba apoyado en su bastón “El viejo”.

“El viejo”, que debía tener más de cien años, cuando era un jovencito había fundado ese pueblo, diagramó sus calles, loteó los terrenos y por supuesto, plantó el árbol. “El viejo” era respetado por todos y su palabra conservaba la claridad que la acompañó toda su larga vida.

El anciano rechazó los brazos que se ofrecían para ayudarlo y con dificultad subió al estrado y les habló:

¡Imbéciles! –dijo- ustedes se llaman a sí mismos “defensores del ombú”, “defensores de la vida”; “defensores...”!

Ustedes son incapaces de defender nada, porque su única intención es lastimar a todos los que piensen diferente.

Ustedes no se han dado cuenta de su error y están tan equivocados unos como otros. El ombú no es una piedra. Es un ser viviente y como tal, tiene un ciclo vital. Este ciclo incluye dar vida a los que continuarán su misión, es decir incluye preparar a los retoños para hacer de ellos nuevos ombúes.

Pero los retoños, estúpidos, son sólo retoños. Y por ello no podrían vivir si el ombú se muere, y la vida del ombú no tendría sentido si no fuera capaz de prolongarse en nueva vida.

Prepárense “defensores de la vida”, entrénense y ármense. Pronto será la hora de prenderle fuego a la casa de sus padres con ellos dentro, pronto envejecerán y empezarán a estorbar el camino.

Prepárense “defensores del ombú”, practiquen con los retoños. Deben estar preparados para pisotear y matar a sus hijos, cuando estos quieran reemplazarlos o superarlos.

¡Ustedes se llaman a ustedes “los defensores”!

Ustedes lo único que quieren es destruir... y no se dan cuenta de que destruyendo, destruirán también inexorablemente todo aquello que creen defender.

¡Reflexionen! No tienen mucho tiempo.

Y dicho esto, bajó lentamente del estrado y caminó hacia la puerta, en medio del silencio de todos.

... Y se fue.




dimecres, 9 de febrer del 2011

Un relato de amor

Se trata de dos hermosos jóvenes que se pusieron de novios cuando ella tenía trece y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado al lado de una montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había aprendido a ser leñador desde la infancia. Ella era rubia, de pelo muy largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los ojos celestes, hermosos y maravillosos..

La historia cuenta que habían noviado con la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para ayudar a que ambos se casaran.

Les regalaron una cabaña, con una parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación.

Y vivieron allí durante todos los días de un invierno, un verano, una primavera y un otoño, disfrutando mucho de estar juntos. Cuando el día del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo para demostrarle a él su profundo amor. Pensó hacerle un regalo que significara esto. Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un pulóver tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido pulóveres en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo…

Decidió bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar por las calles. Sin embargo, por mucho que caminara no encontraba nada que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que, semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras pensando que se acercaba la fecha del aniversario.

Al pasar por una joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir.

Desde chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda, se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche.

Ella pensó: "Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel reloj." Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no podía esperar tanto.

Salió del pueblo un poco triste, pensando qué hacer para conseguir el dinero necesario para esto. Entonces pensó en trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que, al pasar por la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: "Se compra pelo natural". Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.

El dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No dudó. Le dijo a la peluquera:

- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?

- Seguro – fue la respuesta.

- Entonces en tres días estaré aquí.

Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa. No dijo nada.

El día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo.

Se hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando llegó a su casa, cocinó y esperó que se hiciera la tarde, momento en que él solía regresar.

A diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba, esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después para explicárselo.

Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él había comprado… vendiendo el reloj de oro del abuelo.

Si ustedes creen que el amor es sacrificio, por favor, no se olviden de esta historia.

"El amor no está en nosotros para sacrificarse por el otro, sino para disfrutar de su existencia."


Autor: Jorge Bucay